“El nos ha elegido en Cristo “para que fuésemos santos e irreprochables a sus ojos” (Ef 1,4)
El designio del Padre es Cristo, y nosotros en él. En último término, es Cristo amando en nosotros, porque «la santidad no es sino la caridad plenamente vivida». Por lo tanto, «la santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya». Así, cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo.
Para reconocer cuál es esa palabra que el Señor quiere decir a través de un santo, no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas. No todo lo que hace un santo es siempre perfecto, lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona.
“La santidad es tanto el origen como la plenitud de la misión cristiana. No se puede proclamar verdaderamente a Cristo sin haber sido transformado primero por Él, y el propósito último de la misión es ayudar a los demás a participar de esa misma santidad y comunión con Dios”. Un encuentro personal con Jesús se refiere a la experiencia transformadora de una persona al encontrarse con Jesucristo de una manera profunda y capaz de cambiar su vida. Tales encuentros son momentos cruciales en la fe cristiana y a menudo conducen a la conversión y a una fe más profunda.
San Francisco de Asís dijo una vez: «Predica el Evangelio en todo momento, pero utiliza palabras solo si es necesario». Para él y para la tradición franciscana, la santidad no es meramente un estado jurídico o abstracto; es una participación dinámica en el vaciamiento de sí mismo (kenosis) y en el amor extravagante de Dios, hecho visible en Jesucristo.
Los santos misioneros franciscanos demuestran que la evangelización se hace fecunda no principalmente mediante métodos extraordinarios, sino a través de la comunión con Cristo y de vidas transformadas por Él (Contemplación); se vive en relaciones marcadas por la minoridad, la humildad, la pobreza alegre y el amor mutuo (Fraternidad); y desborda naturalmente hacia el anuncio, el servicio compasivo, el diálogo y la búsqueda de la paz (Misión).
En la tradición franciscana, la santidad nunca es un estado estático de perfección privada; más bien, es la fuente vital, la meta y el motor de la misión. Las vidas de los santos Junípero Serra, Francisco Solano, Bernardino de Siena y Fidelis de Sigmaringen demuestran que la auténtica acción apostólica brota enteramente de una profunda unión personal con Dios. Sin la santidad como raíz, la misión se degrada en mero activismo; con ella, los esfuerzos humanos ordinarios se convierten en cauces de la gracia divina.
Junípero Serra trabajó incansablemente, recorriendo a pie California para fundar misiones y proclamar el Evangelio *ad gentes*. Su profundo deseo interior de compartir el don de Cristo, sostenido por una profunda devoción mariana (a Nuestra Señora de Guadalupe), fue la fuente de su vida santa. El objetivo de Serra no era la mera colonización, sino sembrar la fe en un nuevo mundo, demostrando que el celo apostólico nace de un corazón consumido por el amor de Dios. Su vida misionera es fruto del encuentro con Cristo.
Francisco Solano se esforzó arduamente por llevar el Evangelio a los pueblos indígenas de América del Sur, al tiempo que exhortaba a los colonos españoles corruptos a recuperar la integridad de su bautismo. La fuente de su santidad residía en comprender que una vida cristiana incoherente constituye el mayor obstáculo para la evangelización. Su misión se cimentaba en la integridad personal y en una entrega radical de sí mismo, recordando a la Iglesia que la santidad debe preceder al mensaje: nuestras vidas han de ser, ante todo, dignas de nuestro bautismo. Para él, la integridad del testimonio revestía una importancia fundamental.
Bernardino de Siena predicaba ante multitudes de 30.000 personas, reformaba ciudades italianas desgarradas por los conflictos y popularizaba la devoción al Santísimo Nombre de Jesús. Actuaba como un «dínamo humano», pero su torbellino de actividad se alimentaba enteramente de la contemplación diaria. Es un contemplativo dinámico: demostró que una vida de intensa labor pública no excluye la oración profunda; por el contrario, su servicio incansable era simplemente la contemplación desbordándose en acción.
Fidel de Sigmaringa: Defendió a los pobres como «el abogado de los pobres», atendió a los enfermos durante las epidemias y predicó en medio de un peligro mortal hasta su martirio. Vivía en constante temor a la tibieza espiritual, anclando su vida en una fidelidad inquebrantable a su «Capitán coronado de espinas». Su misión se nutría de la oración nocturna, demostrando que la defensa de la justicia y la generosidad absoluta hacia los débiles son frutos de una entrega total a Dios.
A través de estas vidas diversas, emerge una verdad singular: la misión es la santidad en movimiento. Estos santos franciscanos nos recuerdan que nuestra meta última es la unión con Dios, y que nuestra misión es, sencillamente, hacer visible ese amor ante un mundo quebrantado.
El testimonio de los santos misioneros franciscanos nos recuerda que el futuro de la misión no depende principalmente de mejores estrategias, mayores recursos o programas más eficaces. Depende de hombres y mujeres que se dejan transformar continuamente por el Espíritu Santo y por un encuentro profundo con Cristo Crucificado, quien habló a Francisco desde la cruz de San Damián: «Ve, reconstruye mi Iglesia». Tales testigos continúan hoy la misión de San Francisco: reconstruir la Iglesia, no ante todo mediante estructuras, sino a través de vidas configuradas con Cristo y vividas para Él.
Este es un llamado poderoso para todos nosotros. Nos invita a volver continuamente a las fuentes de nuestra identidad. La vocación misionera franciscana es una invitación a convertirnos en aquello que proclamamos, pues solo los corazones formados por la contemplación pueden llegar a ser instrumentos de paz. Solo quienes han experimentado la misericordia de Dios pueden convertirse en canales de su misericordia. Por último, la santidad no es solo la fuente de la misión, sino también su meta; pues la alegría más profunda del misionero no reside en los logros, sino en ver vidas transformadas por la gracia de Dios: al encontrarse con Cristo, crecer en comunión con Él y participar de la santidad a la que todos estamos llamados.
Sr. Mapin Pineda, TC