Mensaje de Cuaresma 2026

Con el Miércoles de Ceniza abrimos las puertas a un tiempo de gracia, a un camino de conversión que se marca no solo con signos externos, sino con gestos concretos de solidaridad, justicia y conciencia. La ceniza que recibimos sobre nuestra frente nos recuerda con humildad que somos frágiles, pero también profundamente amados, llamados a rehacer nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos.

La Cuaresma nos hace memoria de los cuarenta años en que el pueblo de Dios peregrinó por el desierto, aprendiendo a confiar, a desprenderse y a descubrir que la verdadera libertad no llega sin antes reconocer los propios límites. “Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer… para afligirte y probarte, y conocer lo que había en tu corazón” (Dt 8,2). El desierto fue escuela de humanidad antes que tierra prometida, porque no hay liberación de estructuras si primero no acontece la liberación en el interior de cada persona.

El Evangelio del Miércoles de Ceniza (cf. Mt 6,1-6.16-18) nos invita a vivir la oración, el ayuno y la limosna desde la autenticidad, lejos de toda apariencia: “Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Jesús nos desplaza de una religiosidad centrada en lo visible hacia una espiritualidad que transforma el corazón y las relaciones.

Por eso, el ayuno que Dios nos pide no se reduce a prácticas piadosas que pueden encerrarnos en el individualismo o en la autorreferencialidad. La Palabra es clara:
“¿No será más bien este el ayuno que yo quiero: desatar las cadenas injustas, compartir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo?” (Is 58,6-7).
El ayuno cuaresmal tiene rostro social, nombre propio, historia concreta. Es justicia, dignidad restaurada, presencia cercana con quien ha sido olvidado, invisibilizado o excluido.

Esta Cuaresma 2026 es una oportunidad para revisar nuestras prácticas y también nuestros paradigmas. Tal vez algunas tradiciones han acentuado más el escrúpulo que la misericordia, más la norma que el Evangelio, más el temor que la esperanza. Hoy el Señor nos llama a romper con aquello que no genera vida, para volver a lo esencial: el amor que reconcilia, la fe que humaniza, la conversión que se vuelve compromiso.

San Pablo nos lo recuerda con fuerza: “Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2 Co 6,2). No mañana, no después, sino ahora.

Que este camino cuaresmal nos encuentre dispuestos a dejarnos transformar; que nuestras comunidades sean espacio de reconciliación y ternura social; que cada gesto, por pequeño que parezca, abra sendas de Reino.

Caminemos juntos hacia la Pascua con un corazón renovado, convencidos de que la verdadera conversión siempre florece en fraternidad.

Feliz camino de Cuaresmal

Hna. Sandra Milena Velásquez Bedoya

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