Testimonio del Envío

Cada persona, y todos en general, tenemos fechas memorables en nuestra vida: unas relacionadas con nuestra propia historia y otras con acontecimientos que, por su significado, se vuelven especialmente importantes. Algunas celebran la vida presente; otras hacen memoria de hechos que marcaron la historia.

De este modo, el mes de julio de cada año genera un gran movimiento en la Iglesia del Vicariato Apostólico de Aguarico en torno al aniversario de la ofrenda de la vida de nuestros hermanos Mons. Alejandro Labaka y la Hna. Inés Arango. Con meses de anticipación, una comisión se encarga de organizar y promover distintas actividades que permiten acercarse a la vida y al testimonio de estos dos misioneros, hoy reconocidos como venerables de la Iglesia universal. Entre todas ellas, una resulta especialmente convocante: la caminata presencial y virtual que da inicio cada 9 de julio.

Yo crecí en la Amazonía. Guardo en mi memoria, tanto intelectual como afectiva, las imágenes de la selva originaria, con su fauna y su flora intactas. También he sido testigo de la transformación de esta región de nuestro país. Se perciben signos de progreso, pero también evidentes señales de maltrato hacia la vida en todas sus formas. En este contexto, la peregrinación que se realiza desde Quito, la capital del Ecuador, hasta la catedral de Coca, donde reposan los cuerpos de Alejandro e Inés, resulta profundamente novedosa y profética.

Es una experiencia de fe porque implica oración, contemplación y conversión; una experiencia fraterna porque quienes participan forman una comunidad que caminan y, aun sin conocerse previamente, se reconocen como hermanos. Además, a lo largo del recorrido reciben constantes gestos de acogida, inclusión y solidaridad. Es también una experiencia profética, porque al caminar se toma conciencia de la realidad de la destrucción de la creación y de las graves consecuencias que esta tiene para la vida de las personas. Sus cantos, consignas y mensajes constituyen un anuncio de Jesucristo y de su Evangelio, al mismo tiempo que una denuncia del poder destructivo del mal, tanto personal como social.

He tenido la oportunidad de participar en el inicio de la caminata, durante la Eucaristía de envío de los peregrinos. Las palabras no alcanzan a expresar plenamente lo vivido, pero puedo describirlo como una experiencia fundante. A los pies de la Virgen, en el Santuario de Guápulo, se reúnen numerosas personas provenientes de distintos lugares, cercanos y lejanos. Llegan con entusiasmo, disposición y el equipaje necesario para emprender el camino.

Todo está preparado: el templo permanece abierto, los guiones cuidadosamente organizados para dar solemnidad a la celebración, las distintas comisiones ocupan sus lugares y, frente al altar, los signos hablan por sí solos de la vida y el legado de los misioneros Alejandro e Inés. Las pancartas recuerdan el lema de este año: «Con Alejandro e Inés somos testigos de la justicia y la paz».

Poco a poco se multiplican los encuentros, los abrazos, los saludos, las sonrisas y los rostros iluminados por la alegría. Se intercambian palabras cargadas de ilusión, expectativa, temores, decisiones y esperanza.

La Eucaristía, centro de nuestra fe y celebración de la familia cristiana, se vive con profundo fervor y una participación activa de todos. La homilía hace memoria de lo que se conmemora, mientras que las distintas intervenciones invitan a contemplar a Alejandro e Inés como auténticos testigos del amor de Cristo. Finalmente, llega el momento del envío, acompañado de la bendición y de las recomendaciones necesarias para el camino.

Y parten los caminantes. Comienza su travesía. En la despedida quedan los buenos deseos y los abrazos que volverán a encontrarse cuando lleguen a Coca. Allí, ante las tumbas de nuestros hermanos, esos abrazos se mezclarán con lágrimas de gratitud a Dios, la mejor manera de decirle: ¡Gracias por todo lo vivido y por todos los que lo han hecho posible! Pero, sobre todo, gracias por regalarnos a Alejandro e Inés, hermanos que, como una luz, iluminan el caminar de la Iglesia. A ellos nos encomendamos y les pedimos que intercedan por las necesidades de todos.

Hna. Bilma Freire Chamorro.

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