¿Qué es la santidad o qué es la perfección? ¿Qué importancia tienen?
Dios ordenó: «Porque yo, el Señor, soy su Dios. Conságrense y manténganse santos, porque yo soy santo» (Levítico 11)
Jesús enfatizó: «Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto» (Mateo 5:48).
Pedro reiteró: «Pero así como aquel que los llamó es santo, sean también ustedes santos en todo lo que hagan; pues está escrito: «Sean santos, porque yo soy santo»».
En nuestra generación actual, la santidad podría parecer algo del pasado. La perfección suele definirse como una piel sin imperfecciones, un cuerpo de silueta impecable, una inteligencia sobresaliente, estar dotado de talentos y habilidades superiores a los demás, poseer ahorros de cifras astronómicas, gozar de popularidad —evidenciada por el número de seguidores, «corazones» y «me gusta» en los medios digitales—, vivir con comodidades y facilidades, realizar viajes de lujo…
La gente de esta época tiende a perseguir el éxito en lugar de la santidad, sin saber que el verdadero éxito trasciende lo que nuestros ojos pueden ver, sentir o comprender. El éxito consiste en tener el nombre escrito en el cielo. Esta debería ser nuestra meta, más que la riqueza o la fama. Jesús planteó la pregunta: «¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su propia alma?» (Mateo 16:26).
Recuerdo que, durante la catequesis de mi infancia, el catequista nos decía que no podemos entrar en el cielo a menos que seamos santos. Puede que no lleguemos a ser canonizados, pero lo cierto es que la santidad es indispensable. En la promoción vocacional, siempre decimos que la primera llamada de Dios para todos es vivir una vida santa, ya sea como sacerdote, religioso, casado o soltero. No puedo olvidar una homilía en la que el sacerdote expresó: «La mayor tragedia de la vida no es padecer cáncer o sufrir un accidente mortal; es saber que venimos de Dios y que, al final, no podemos volver a Él porque nos hemos desviado del camino o hemos decidido no creer».
En el despiadado mundo actual, marcado por el agotamiento, el estrés y las crisis de salud mental, la gente ha dejado de considerar una vida de santidad. Como señala el padre Mike Schmitz, «a la gente le gusta ser feliz al margen de Dios…», lo que a la larga los deja infelices e inquietos. Son señales claras de una verdad innegable: por más que lo neguemos, lo necesitamos, y solo en Él encontramos nuestra plenitud.
Sabemos que la vida de santidad no es patrimonio exclusivo de religiosos y sacerdotes, ni de esos elegidos que siempre están en la iglesia rezando todas las novenas, conociendo a todos los santos, memorizando las letanías y asistiendo a todos los grupos de oración; sabemos que es algo mucho más profundo. A muchas personas les cuesta identificarse con este tipo de vida, pero lo más triste es cuando un estilo de vida aparentemente piadoso aleja a la gente del Señor porque la santidad brilla por su ausencia entre los propios religiosos, sacerdotes y cristianos. Cristo debe verse reflejado en nosotros. Más allá de los rituales y las prácticas religiosas, es necesaria una vida que dé testimonio del Señor.
Se nos pide una vida santa, y no es algo inalcanzable. Somos bendecidos al contar con santos a quienes admirar, pues ellos son la prueba de que las personas comunes también pueden alcanzar la santidad. La Madre Angélica, fundadora de EWTN, afirmó en uno de sus videos que es posible lograr una vida santa. Se trata simplemente de hacer lo correcto, en el momento oportuno, con Él y para Él. Por ejemplo: si es hora de comer, hay que hacerlo bien y con gratitud; si es hora de dormir, hay que descansar en paz, sin trasnochar hasta altas horas de la madrugada navegando por internet o jugueteando con dispositivos electrónicos; como estudiantes, si toca estudiar, hay que hacerlo con dedicación; si toca jugar, hay que jugar bien… San Juan Bosco decía: «Saltad, gritad, haced lo que queráis, pero no pequéis». Si trabajas, hazlo con diligencia; si ves una pila de platos sucios, ocúpate de ellos…
Nuestro propio Padre Luis Amigó expresó: «La santidad se alcanza recorriendo un camino arduo de virtud y unión con Dios mediante la misericordia activa, el amor redentor y el seguimiento del modelo de Jesús, el Buen Pastor».
Como Hermana Terciaria Capuchina y misionera, siempre ha sido un desafío estar a la altura del carisma de nuestro padre fundador: vivir una vida de santidad y virtudes, arraigada en Dios y orientada hacia Él, encarnando su misericordia y su amor redentor. El ejemplo de Jesús como Buen Pastor —que no espera a que las ovejas vengan a Él, sino que acude incluso a los precipicios para buscar a la oveja perdida— debe ser también mi propio camino. No debo olvidar que tenemos la misión de ser colaboradores del Buen Pastor, Ser Zagales del Buen Pastor. Jesús asumió voluntariamente su misión. Fue el primer misionero: dejó la gloria del cielo para estar con nosotros, para hacerse uno con nosotros, asumió nuestra humanidad y nos enseñó cómo ser verdaderamente seres humanos; es decir, criaturas capaces de amar, entendiendo el amor no solo como un sentimiento, sino como la capacidad de negarse a sí mismo por el bien del ser amado. Jesús nos mostró su amor en toda su perfección, entregando su vida hasta la muerte. Puede parecer una tarea titánica, pero ¿acaso debería rendirme? El ejemplo de Jesús ha llevado a nuestros modelos de fe —nuestros santos— a interpretar en sus propias vidas el camino misionero de amor de Dios y a transmitirlo a nosotros, recordándonos, en un lenguaje que podemos comprender, que debemos amar sin medida. Como diría sucintamente San Francisco de Sales: «La medida del amor es amar sin medida». Esto es lo que se nos pide, esta es Su voluntad para nosotros; por tanto, rendirse no es una opción. Puede haber contratiempos, pero con Su gracia y nuestra cooperación, nada es imposible. Tengamos la certeza de que Él siempre estará ahí para fortalecernos.
Otra exhortación proviene de Santa Teresa de Calcuta, quien dijo: «No todos podemos hacer grandes cosas, pero cada uno de nosotros puede hacer cosas pequeñas con gran amor». Del mismo modo, Santa Teresita de Lisieux, con su «Pequeño Camino», nos enseña que incluso recoger un pequeño papel por amor puede ser una ofrenda agradable a Dios, por la salvación de las almas y por los pecados del mundo y los nuestros propios. Se trata de vivir en Su presencia, haciendo todo «para la gloria de Dios» (1 Cor 10, 31).
El cumplimiento de la misión no conoce límites de tiempo ni de espacio; no es necesario ir muy lejos para trabajar por Su Reino. Para participar de la santidad en la vida de Cristo —el primer y último misionero—, el mejor momento es ahora, el mejor lugar es aquí y el mejor destinatario es la persona que está a nuestro lado.
Sharon Garzon,tc