La vida consagrada caminando en esperanza

El pasado dos de febrero, fiesta de la presentación del Señor en el templo, la Iglesia celebró la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

Una Iglesia sin vida consagrada es una Iglesia empobrecida. No porque las personas consagradas sean más buenas o más santas, sino porque la vida consagrada manifiesta la riqueza y abundancia de carismas y de estilos de vida que hay en el cuerpo de Cristo. Y esas personas, con su forma peculiar de vivir, no sólo por su voto o promesa de castidad, sino por el conjunto de su vida, señalan la meta a la que está llamado todo cristiano, esa meta en la que Dios será todo en todas las cosas, o sea, el determinante de toda la realidad y, por eso, ya no hará falta tomar mujer ni marido, porque todos estaremos colmados por el amor de Dios y por el amor sin límites y sin mentiras de los hermanos.

El lema de este año es: “la vida consagrada, caminando en esperanza”. Es un buen lema. Una de las cosas que más necesita la gente, y también los consagrados, es esperanza. Sin esperanza la vida se vuelve triste, pierde fuerza, no tiene alma. Hoy algunos miden la vitalidad de la vida consagrada a partir de los números: ¿cuántos novicios tiene la congregación? Grave error, porque los números no significan gran cosa y siempre dan uno u otro resultado según con que otros números se los compara. Quién sostiene la esperanza es Dios. Según cuál sea nuestra relación con Él, así será de intensa nuestra esperanza. Por eso, lo importante en la vida consagrada es la fidelidad. También la misión. Y, por supuesto, en el caso de la vida religiosa, la comunidad. Pero todo esto está sostenido por nuestra fe en Dios.

Caminando que es gerundio. O sea, el camino es permanente. Caminando en la fe, en la fraternidad, en la misión, en el servicio a los hermanos. Caminando significa también actualizar el carisma, ponerlo en consonancia con las necesidades actuales de la Iglesia y de la sociedad. Las obras pasan, el carisma permanece. El carisma es creativo, busca siempre caminos nuevos. Un carisma que no se actualiza se muere. La repetición puede ser la mayor de las infidelidades. Caminando en esperanza. Los caminantes necesitan esperanza, tener garantías de que de su camino es el bueno porque conduce a la meta deseada.

Esperanza porque sabemos que, a pesar de nuestros límites y nuestra pequeñez, el Señor no nos abandona. La vida consagrada es semejante a una semilla que parece muy pequeña, pero los buenos labradores saben que un día se convertirá en un árbol frondoso. Si solo miramos a la semilla, nos desanimamos. Si nos imaginamos el árbol frondoso, caminamos alegres y seguimos avanzando aunque, a veces, el camino sea duro.

CAMINANDO EN ESPERANZA

No vamos solos.

Cristo nos une. Con él. Entre nosotros.

Y con tantos que viven, lloran, aman, anhelan,

crecen, luchan y esperan.

Cada vez más descalzos e inseguros.

Cada vez más cerca de la cruz y lejos

de los pedestales.

Cada vez más libres de modas e inercias.

Cada vez más capaces de reírnos

de nuestras pretensiones

y tomar en serio las suyas.

Unos, aún vacilantes,

dando los primeros pasos,

otros exigidos por el ritmo

de jornadas intensas,

y algunos, ya bien gastados,

vislumbrando la meta —que es abrazo—.

Juntos. Caminando en esperanza.

Hombres y mujeres de Dios,

consagrados a una misión,

a un anhelo,

al proyecto de quien nos invitó

a compartir su camino.

Amén.

Fuente: Nihil Obstat DOMINICOS

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