La pastoral familiar como testimonio de fraternidad, solidaridad y diálogo entre generaciones, culturas y religiones

“La atención y el acompañamiento a las familias, acogiendo su diversidad y complejidad en el mundo actual, haciendo de la pastoral familiar el eje transversal de todas nuestras pastorales.”  (XXIII Capítulo General N.º 5, Núcleo: Cuidado de nuestro carisma, Acción N.º 4)

“Caminar con las familias” es una misión desafiante y profundamente enriquecedora para nosotras, las Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia. No podemos prescindir de ella, ya que en cada obra apostólica que realizamos —con las niñas en nuestros centros, con nuestros estudiantes en las escuelas, con los enfermos y ancianos, con las jóvenes en nuestra residencia, con nuestros becarios, con nuestro personal y colaboradores laicos, incluso con los miembros del Movimiento Laical Amigoniano y con nuestras propias hermanas— no tratamos únicamente con individuos aislados, sino también con las personas más cercanas a ellos, que influyen en quiénes son y en quiénes pueden llegar a ser.

Por ello, es importante fortalecer nuestra identidad tanto individualmente como en comunidad. Tenemos como modelo a la Sagrada Familia de Nazaret: Jesús, María y José, cuyo amor, espíritu de oración, apertura a la voluntad de Dios y vida familiar debemos imitar. Tenemos a San Francisco de Asís, cuya pobreza, humildad, sencillez, alegría, confianza en la providencia divina, actitud de conversión continua y fraternidad universal intentamos encarnar en nuestra vida cotidiana. Tenemos al Padre Luis Amigó, quien nos exhorta a ver y aceptar a nuestras hermanas como un don de Dios, “a mantener una unión cercana, pues en ella está el secreto de la fuerza… a sostenernos mutuamente, sobrellevando mutuamente los naturales defectos”.

No podemos dar lo que no tenemos. Lo que vivimos y experimentamos se manifiesta en nuestras palabras y acciones. Las personas que nos rodean pueden percibir nuestro ser y nuestro actuar… nuestro ser debe reflejarse en nuestro hacer, y nuestro hacer debe alimentarse de nuestro ser.

¿Cómo podemos comprender los problemas de conducta de las niñas en nuestros centros si no conocemos las experiencias que viven en sus propias familias o en sus familias sustitutas? ¿Cómo podemos conocer mejor a nuestros estudiantes si no dialogamos con sus padres? ¿Cómo podemos sanar a los enfermos y consolar a los ancianos si no atendemos sus necesidades espirituales y emocionales, influidas en gran medida por sus familias más cercanas? ¿Cómo podemos apoyar y animar a nuestras hermanas y colaboradores si somos totalmente indiferentes a lo que ha sucedido y sucede en sus familias? ¿Cómo podemos fortalecer el compromiso de nuestros laicos amigonianos si ignoramos las realidades y desafíos que viven sus familias?

Por ello, acompañar a las personas con quienes trabajamos directamente significa también acompañar simultáneamente a sus respectivas familias; ofrecer formación significa, dar sentido y orientación a las personas significativas en sus vidas; tocar sus vidas a través del testimonio de nuestras relaciones personales con Dios, con nuestras hermanas y con las demás personas que encontramos.

Reflejamos e irradiamos el amor, la alegría y el respeto que vivimos en nuestras comunidades/fraternidades, aunque tengamos distintas edades, temperamentos, formación y culturas y buscamos llevar paz y reconciliación con quienes tienen creencias y religiones diferentes.

Escuchar… estar presentes y disponibles… acompañar… ofrecer toda la ayuda que podamos brindar, dar testimonio del amor de Dios, de lo que la fe y la oración pueden hacer, compartir nuestras vulnerabilidades y dificultades, dar esperanza de que después de cada tormenta el sol volverá a salir: estas son algunas maneras prácticas que podemos ofrecer de forma natural, porque forman parte de nosotras, de aquello que vivimos en nuestro camino tanto personal como comunitario.

Y como mujeres consagradas, acercar a las personas y a sus familias a una relación más profunda con un Dios amoroso y misericordioso es nuestra principal tarea, ayudándoles a comprender que Dios debe estar en el centro de sus relaciones.

Al final, aunque parezca que somos nosotras quienes “damos” a las familias, la verdad es que “recibimos” mucho de ellas, aprendemos de ellas y junto con ellas. Esto nos da la oportunidad de salir de nuestra zona de confort y vivir con sencillez y solidaridad junto a nuestro pueblo, especialmente con quienes viven en las periferias.

La pastoral familiar es una ocasión para compartir quiénes somos y lo que tenemos. Cada esfuerzo tiene valor, porque “la familia es el mayor tesoro de cada país” (mensaje del Papa Francisco a las familias filipinas, 16 de enero de 2015), y todo esfuerzo pastoral tiene una importancia fundamental, porque el futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia.

Hna. Editha O. Dellosa

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