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Celebremos agradeciendo y honrando

El próximo 22 de marzo celebramos el Día mundial del Agua y el 22 de abril el Día mundial de la Tierra, dos elementos vitales en nuestra existencia.

Sobre ellos, encontramos escritos de toda índole que nos presentan una amplia gama de conceptos, realidades, valoraciones y desafíos. En este contexto me pregunto ¿qué se podría decir que no haya sido dicho? Y viene a mi mente acentuar la forma cómo nos acercamos, contemplamos y actuamos frente al agua y a la tierra.

La Biblia en el capítulo I del libro del Génesis, nos narra cómo fueron formados cada uno de los elementos de la Creación, pero en los versículos 9 y 10 del citado capítulo, nos habla específicamente de la tierra y las aguas: “Dijo Dios acumúlense las aguas de por debajo del firmamento en un solo conjunto y déjese ver lo seco; y así fue. Y llamó Dios a lo seco tierra y al conjunto de mares lo  llamó mares y vio Dios que era bueno”; termina el texto con una expresión muy significativa “vio Dios que era bueno”. Esta frase la encontramos al concluir cada acto creador y nos remite a la relación de lo creado con el Creador, es decir, todas las cosas son buenas porque su Creador es bueno y su bondad se materializa en cada criatura, de ahí que todo esté signado con un sello;  “ser buenos”, esa es su esencia.

Del mismo modo en cada criatura podemos contemplar el bien, lo bueno y transportarnos a su origen, o sea a Dios; así lo comprendió san Francisco de Asís, patrono mundial de la ecología quien llamó a todo cuanto existe “hermano”, “hermana”,  porque procedían de las mismas manos y del mismo amor. Así lo entendieron también los primeros pueblos que habitaron la tierra; en su cosmovisión encontramos una gran riqueza cultural que nos muestra cómo ellos concebían y se relacionaban con el entorno y vemos un denominador común: entre los primeros habitantes (pueblos indígenas) y la tierra hay una relación de simbiosis, de unión filial, de unidad y no de dominación. La tierra es un recurso colectivo y no tiene valor individual, generalmente se sienten hijos de la tierra y para referirse a ella la nombran como madre.

¿Qué nos queda a nosotros hoy, habitantes del siglo XXI? Tomar conciencia de la forma cómo miramos y nos relacionamos con el entorno porque estamos lejos de esa mirada fraterna, hemos aprendido a ver las cosas, las personas, las realidades desde una mirada utilitarista, comercial, hemos aprendido a dominar, acaparar, explotar, pensando egoístamente y buscando siempre el provecho propio; el progreso, las industrias, el consumismo y la contaminación dejan huellas de dolor y muerte en todo ser viviente, poniendo a un lado el valor del cuidado, del respeto y de la solidaridad ecológica y /o fraternidad universal.

El papa Francisco en la encíclica Laudato Sí nos dice que: “El agua potable y limpia representa una cuestión de primera importancia, porque es indispensable para la vida humana y para sustentar los ecosistemas terrestres y acuáticos” (cf. LS 28). Y nos advierte además, que “en muchos lugares la demanda supera a la oferta sostenible, con graves consecuencias a corto y largo término… grandes sectores de la población no acceden al agua potable segura, o padecen sequías que dificultan la producción de alimentos. En algunos países hay regiones con abundante agua y al mismo tiempo otras que padecen grave escasez (cf. LS 28). También evidencia preocupación por “la calidad del agua que afecta a los más pobres, que provoca muchas muertes todos los días y enfermedades relacionadas con la contaminación” (cf. LS 29). De igual manera, otra amenaza contra el agua y la tierra es la tendencia a privatizar convirtiéndolo en mercancía” (cf.  LS 30).

Pero, volvamos la mirada nuevamente a los primeros habitantes y no me refiero a pueblos que ya no existen, sino a aquellos que permanecen en un estado más natural y que luchan por conservar su tierra y sus costumbres;  ellos que viven en armonía con su entorno y en territorios comunes, nos enseñan el carácter sagrado de la naturaleza y su relación con la vida y el modo de sobrevivir.  Nos invitan a acercarnos al agua y a la tierra con una actitud humilde y contemplativa; solo entonces como discípulos podremos aprender de su riqueza aspectos tan necesarios para la vida cotidiana tales como, la capacidad de fluir del agua, fecundar, limpiar y colaborar con otros elementos para ser alimento, medicina y bendición; de la tierra, la firmeza, la capacidad de contener, acoger, proteger, proveer e intercambiar, transformar y dar con generosidad.

La pandemia generada por la Covid 19 ha sido un llamado de atención y una oportunidad para reflexionar sobre el valor de la vida, los vínculos, la naturaleza y las sanas costumbres. Preguntémonos, ¿cómo podemos agradecer al Padre creador el agua y la tierra? ¿De qué modo podemos honrar su existencia? ¿Qué acciones debemos implementar para el uso fraterno y respetuoso de estos dos elementos?

HNA. BILMA NARCISA FREIRE CHAMORRO, TC

 

 
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La visita del Papa Francisco a Iraq: un abrazo y un testimonio

El día 5 de marzo, el Papa Francisco emprendió su viaje a Iraq, cuna de la civilización entre los ríos Tigris y Éufrates, tierra de origen de Abraham, lugar significativo para las tres grandes religiones monoteístas: Judaísmo, Cristianismo e Islam.

En el año 2000, el Papa Juan Pablo II quiso visitar este país, pero tuvo que suspender su viaje porque las autoridades no se lo permitieron y el Papa Francisco ha sido el primer Pontífice que ha llegado a Iraq. Emprendió su viaje definiéndose “peregrino y penitente», teniendo como objetivo llevar a este pueblo, que ha sufrido tanto, un mensaje de esperanza y fraternidad que brota del Evangelio y encontrarse con una Iglesia martirizada. 

El viaje, preparado con todo detalle, se desarrolló en un ambiente que, humanamente hablando, definiríamos  poco propicio por la situación sanitaria que impuso restricciones a la participación de la gente, pero la Providencia de Dios permitió que todo se realizara sin incidentes y dejó una huella imborrable, no solo en los cristianos sino en toda la comunidad iraquí.

Uno de los aspectos sobre los cuales el Papa insistió mucho, en este país donde conviven varias  religiones y ha sido escenario de diversos conflictos, es el de la reconciliación y la paz. Comparando el mosaico de confesiones religiosas que caracteriza este país con una alfombra cuya belleza se refleja al entrelazarse hilos de distintos colores (las alfombras son una artesanía típica de esta área del Oriente Medio), el Santo Padre reafirmó que, para que «los diversos componentes étnicos y religiosos puedan encontrar el camino de la reconciliación y de la convivencia y colaboración pacífica” se necesita una firme voluntad de diálogo.

En la celebración eucarística en rito caldeo que el Papa presidió en la catedral de Bagdad, al comentar el texto de las Bienaventuranzas, puso en evidencia que los cristianos están llamados a trabajar por la paz junto con los creyentes de otras religiones, sembrando semillas de reconciliación y convivencia fraterna para hacer renacer la esperanza.  Y confió esta tarea sobre todo a los jóvenes, probados continuamente en su paciencia por todo lo que han vivido y viven en su tierra para que, junto con los ancianos, cultiven el bien y rieguen con la esperanza a su pueblo iraquí, y lo hagan día tras día porque “el mundo se cambia con el testimonio de cada momento” que encarna la sabiduría de Jesús.

Fijando la mirada sobre la visita del Papa Francisco a Iraq, no podemos dejar de valorar su capacidad de integración en la realidad cultural del país y en su capacidad de subrayar lo que une más que lo que separa. La referencia a la artesanía de las alfombras y al cultivo de la sabiduría que caracterizan al pueblo iraquí, así como la celebración en rito caldeo que presidió, quizá sin entender gestos y palabras pero valorándolos, son un caluroso abrazo y un significativo testimonio para el mundo. Las autoridades del país ya han recibido el mensaje y, como primer gesto, en memoria del histórico encuentro entre el Papa Francisco y el Ayatolá Ali al Sistani, uno de los principales líderes religiosos chiíes, han declarado el 6 de marzo como el Día Nacional de la Tolerancia y la Coexistencia.

La tierra iraquí, es un poco la tierra madre de todas nuestras culturas… Que nuestro mundo globalizado, donde con demasiada frecuencia las diferencias son el origen de los conflictos, aprenda de este acontecimiento histórico una gran lección de vida que vale para todos.

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En memoria de las víctimas del Covid-19

En el mes de marzo de 2020, hace justamente un año,  se empezó a oír hablar del Coronavirus por todo el mundo. Hasta entonces había corrido la noticia de que este virus se estaba expandiendo en China y se había dado también algún caso en Europa, pero nadie podía imaginar que el Covid-19, iba a terminar causando una pandemia que iba a condicionar y transformar la vida en todo el mundo.

Italia fue uno de los primeros países más azotados por la enfermedad, tanto por el número de contagios como por la agresividad del virus que empezó a cobrarse un número cada día más alto de víctimas. El Gobierno italiano dispuso inmediatamente medidas drásticas imponiendo un completo lockdown, creando plataformas online para el trabajo y las clases escolares, invirtiendo en la atención sanitaria y en la investigación para combatir la infección y sus consecuencias, buscando igualmente la manera de contener el daño económico que estas medidas iban causando en muchos ámbitos. Sin embargo, el País tuvo que atravesar este tiempo como una “pesadilla”, la gente se mantenía encerrada en sus casas, envuelta en un gran silencio, roto solamente por las sirenas de las ambulancias que llevaban a los enfermos más graves a los hospitales, llorando a sus muertos trasladados al cementerio en camiones del Ejército y en la más completa soledad, desorientada además por las noticias muchas veces contradictorias que se iban difundiendo.

La experiencia fue tan fuerte y dramática que el Gobierno italiano instituyó, para el 18 de marzo de cada año, la Jornada nacional en memoria de las víctimas del Coronavirus, con el fin de mantener y renovar la memoria de todas las personas fallecidas por causa de esta pandemia, jornada que se celebrará por primera vez este año 2021.

Nos ha parecido significativo informar sobre esta iniciativa a través de nuestra página porque, como sabemos, el contagio por Coronavirus sigue difundiéndose por el mundo, continuando aún en esta ola de dolor y de muerte que azota a la humanidad y que ha afectado también a nuestra Familia religiosa de Hermanas Terciarias Capuchinas. En los meses de julio y agosto de 2020 y más recientemente en enero de 2021  despedíamos, con las estrictas medidas sanitarias impuestas en estos casos, a las primeras hermanas fallecidas en la Congregación por el virus, en Colombia y en España. Pero desde el inicio de la pandemia ha habido hermanas contagiadas en diversos países; además de los ya citados, en El Salvador, Guatemala, Costa Rica, Polonia, Eslovaquia… Igualmente hemos acompañado el dolor de diversas hermanas por la muerte de sus padres, hermanos, familiares. Y el número se multiplica cuando pensamos en tantos amigos, bienhechores, colaboradores de nuestras obras, personas conocidas con quienes compartíamos la vida… Nos solidarizamos con el dolor de todos quienes lean estas líneas, personas de cerca o de lejos, conocidas o no. El sufrimiento nos hace más hermanos.

En este mes “aniversario del comienzo de la pandemia”, invitamos a hacer memoria de las personas que nos han dejado, víctimas del virus y, en sintonía con el tiempo de Cuaresma, a reavivar nuestro compromiso de oración para que cese esta pandemia y podamos vivirla como una experiencia de crecimiento en la fe y purificación de todo lo que nos impide entender y vivir el verdadero sentido de nuestra vida que, en el misterioso proyecto de Dios, renace y adquiere nueva fuerza cuando atraviesa el valle del dolor y de la oscuridad.

 

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25 años de presencia TC en Corea del Sur

El día 25 de marzo nuestra presencia en Corea del Sur cumple 25 años. Las restricciones de carácter sanitario no permiten celebrar presencialmente este aniversario, pero no podemos dejar que esta fecha pase, sin que las hermanas y los amigos que leerán esta noticia se unan a la Congregación para agradecer a Dios todo lo que hemos vivido en esta tierra geográficamente muy lejana de los lugares donde está la mayoría de nuestras comunidades.

Esta nueva fundación en Corea surgió como respuesta a la inquietud de fortalecer nuestra presencia en Asia, donde ya estábamos en Filipinas, y al mismo tiempo acercarse a China, el país donde nuestras Hermanas desarrollaron su misión durante 20 años (1929 – 1949), siendo expulsadas por la situación política del País adversa a la Iglesia.

Promotoras de la fundación en Corea fueron las Hnas. Mª Elena Echavarren Sorbet que entonces era la Superiora general y su Consejo. En su primer viaje a Seúl, la Hna. Mª Elena ayudada y asesorada por otras congregaciones religiosas, pudo conocer algo de este país y de las exigencias de una presencia misionera, encontrándose además con el Obispo Mons. William McNaughton, estadounidense, misionero de Maryknoll, quien se manifestó disponible para acoger a las Hermanas en su Diócesis de Inchón.

Hacia mitad del mes de marzo del año 1996 viajaron a Seúl las cuatro hermanas designadas para la fundación en tierras coreanas, cada una de ellas procedente de otra misión “ad gentes”: Martha Patricia Ramírez Vergara, colombiana, misionera en Benín,  Ángela María Martínez Sierra, colombiana, misionera en Filipinas, Carmen Margarita Avendaño Cubillos, colombiana, misionera en Tanzania y Cecilia Pasquini, italiana, misionera en Tanzania.  Y el día 25 de marzo, con una sencilla e íntima Eucaristía, la comunidad empezó su andadura en esta tierra del Extremo Oriente rica de tradiciones culturales y religiosas donde, sin embargo, los cristianos y más aún los católicos son una significativa minoría.

Durante los primeros seis meses de su estadía en Corea, para poder recibir clases de coreano en una universidad de Seúl, las hermanas se hospedaron en distintas comunidades religiosas de esta ciudad: Hnas. Martha Patricia y Ángela María con las Hermanas Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza y Hnas. Carmen Margarita y Cecilia con las Hijas de María Auxiliadora (Salesianas). Más tarde pudieron ir a vivir juntas en un pequeño apartamento que las Religiosas de los Mártires coreanos pusieron gratuitamente a su disposición hasta que, en junio de 1998, se trasladaron a Bucheón, en la Diócesis de Inchón, donde empezaron su misión. Los primeros años se caracterizaron por la fuerte exigencia del estudio de la lengua y del proceso de integración en una realidad social y cultural totalmente nueva, pero la ilusión misionera con que cada una se abría a la gracia de Dios que hace posible todo, les permitió seguir adelante con entusiasmo e incluso con humor.

Han pasado 25 años y la presencia de las Hermanas Terciarias Capuchinas en Corea ha crecido y hoy presta su servicio de evangelización y atención a las exigencias del lugar en un centro de preescolar en el mismo Bucheón y un hogar de protección de niñas en Jeonju. El testimonio de vida de las hermanas ha atraído a nuestra Congregación a algunas jóvenes coreanas, contando actualmente con una hermana coreana de votos perpetuos y otras en proceso de formación.

Agradecemos a Dios nuestro caminar en esta tierra coreana e invocamos su bendición para que sigamos haciendo presente el carisma de nuestra vida terciaria capuchina con ilusión y fidelidad.

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Hermana Lucila Muñoz Duque: un siglo de vida

El 3 de marzo, hace justamente unos días, nuestra Hna. Lucila Muñoz Duque, nacida en Medellín-Colombia, cumplía 100 años de existencia.

Con este motivo, las hermanas de la Provincia “Nuestra Señora de la Divina Providencia” a la que pertenece, hicieron un hermoso video que compartimos en la página web congregacional, dando gracias a Dios por la vida de esta hermana a la que Dios le ha permitido llegar a esta edad disfrutando de una gran calidad de vida, con una enorme lucidez que se aprecia perfectamente en la historia, en los acontecimientos y experiencias que ella misma nos comparte. Además, otras hermanas que han vivido o viven con ella en estos momentos, dan testimonio de los muchos valores y dones con los que el Señor la revistió y que supo cultivar y poner al servicio de los demás, de su fidelidad y entrega a Dios en la Congregación, de su saber hacer…

¡FELICITACIONES, Hermana Lucila!. Todas sus hermanas de la Congregación nos unimos a su oración agradecida al Padre por el don inmenso de la vida. Que Él le siga bendiciendo.

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José con corazón de padre: una misión encomendada

La vida de José transcurría en Nazaret, una pequeña aldea judía, donde todos eran bien conocidos por la misma comunidad  en medio de la realización de las diferentes  tareas laborales, artesanales, agrícolas, religiosas y de compromisos sociales.  José, al igual que todos los jóvenes de su tiempo, ha vivido un proceso de formación,  crecimiento y madurez que lo han orientado en la búsqueda de la realización de su proyecto de vida, hacia la plenitud del amor, según la ley y tradiciones propias de su cultura judía.

Dios, en sus inescrutables designios, elige a José desde siempre para una misión grande, ser el esposo de María y el padre de Jesús durante su vida terrena. Por tanto, entra a participar en el servicio de la economía de la salvación, dotado con las facultades y las gracias especiales para cumplir su misión.

En este tiempo, el Espíritu acontece a nuestro favor como Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia. ¿Cuánta fuente de inspiración y referencia se puede tener desde este gran santo, para la vivencia de nuestra espiritualidad y carisma?  Es por ello que retomamos algunos aspectos de su vida como iluminación a nuestros desafíos.  

1. Defensor y custodio de la vida

Situación crucial que pone a prueba a José. Se había comprometido con María, una joven casta y de profunda fe. Pero un día se enteró de que estaba embarazada. Para protegerla de un vergonzoso escándalo, planeó repudiarla en secreto.  Sin embargo, tras el anuncio en sueños, el ángel le pide que “no tenga miedo de llevar a María como esposa a su casa” (Mt 1:18-21). Con valentía de  hombre, acepta su misión, confía en Dios y toma el desafiante camino de la fe, acoge y abraza a María como esposa y en ella al Hijo que tiene en sus entrañas.

En otro momento, el ángel del Señor le revela a José los peligros que amenazan a Jesús y María, obligándolos a huir a Egipto y luego a instalarse en Nazaret. Con discreción, con humildad, con ternura, con una entrega fecunda y en fidelidad, vive el misterio de este acontecer; en silencio sufre la exclusión, la persecución, la emigración a tierra extranjera, aunque no lo comprende, siempre en sintonía con su Dios y, en actitud de escucha orante, va dando respuesta pronta y asertiva  a las diferentes circunstancias dadas desde el desposorio hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años.   

Por lo tanto, José es un referente para vivir nuestro compromiso.

Defender con actitud profética  la vida en todas sus manifestaciones. Ser portadoras de paz y esperanza ante el sufrimiento provocado en las diferentes manifestaciones, situaciones de exclusión y negación de la dignidad humana.

(Cf. Documento final XXII Capítulo general –  1.3. Acciones renovadoras)

 2. En su rol de padre que salvaguarda su identidad en unidad con el ser y el acontecer

Hablar de la vida de José en  Nazaret es hablar de una vida normal, aceptar una historia, una cultura, una familia, unas relaciones; es descubrir que la fidelidad a lo cotidiano es la fidelidad a Dios, es vivir en el anonimato común de la mayoría de las personas de su pueblo, es buscar lo que Dios quiere, hacer proyectos y renunciar a ellos, buscando siempre el proyecto de Dios; es aprender a leer los signos del Reino en el mundo.

Reconocemos en José un hombre religioso, de oración, fiel cumplidor de los preceptos de Dios, quien inicia a su hijo Jesús en la piedad y en las tradiciones religiosas de su pueblo. José, protector de una  familia, descubre por su fortaleza espiritual, grandeza de corazón y capacidad intuitiva,  que en  cada uno de los tres, en esa familia de Nazaret, está el gran secreto de Dios, el misterio del Padre eterno en sus vidas. José, hombre de silencio fecundo, entra en la dinámica de la contemplación y asume con paciencia, asombro y respeto los planes providentes que vienen de lo alto y se hace instrumento dócil al querer de Dios.

Este aspecto humano divino que se percibe en José, es una prioridad  en nuestro ser  de Terciarias Capuchinas, conscientes de que la fidelidad a lo cotidiano es la fidelidad a Dios, que quiere que seamos presencia de Reino. Estamos llamadas a contemplar a Dios abiertas a la novedad de cada día para descubrir, “a través de la fe, su presencia en las personas, en los acontecimientos y en la creación entera” (cf.  Const. 42).

3. Protector de la familia

A José se le ha encomendado el cuidado de la Sagrada Familia y la vivencia del plan de Dios en ella, para llevarla adelante. En su vida familiar se desempeña como un esposo, un  padre, amable, tierno, obediente; propicia la comunión familiar, en el amor, en la ayuda mutua, en una vida de aprendizajes, de sorpresas y preocupaciones familiares como cualquier familia de su tiempo, no solo al interior sino de proyección a sus coterráneos. “Una vez que cumplieron todo lo que ordenaba la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía, se desarrollaba y se hacía cada día más sabio; y la gracia de Dios estaba con él” (Lc 2,39-40).

Del mismo modo, nosotras hemos recibido a través de nuestro nombre el legado de la labor apostólica con la familia y lo  tenemos como prioridad  (Cf. Const. 61).

Conocer y acompañar las diferentes situaciones y realidades de la familia en el entorno de nuestra misión.

San José nos enseñe y acompañe en la respuesta ante las diferentes exigencias propias de la misión encomendada por el Padre Luis Amigó y mucho más ahora, cuando la vida nos confronta frente a la vulnerabilidad y desequilibrio de la sociedad donde estamos inmersas.           

HNA. MARÍA ELENA LOPERA SIERRA, tc

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El dolor puede abrir nuevos horizontes

El 11 de febrero de cada año, la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Enfermo, instituida por el Papa Juan Pablo II en 1992. La fecha tiene una evidente coincidencia con la memora litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, que la tradición católica venera como mediadora de gracias e incluso de milagros de curaciones; todos los años, el Papa dirige en este día su mensaje no solo a los cristianos sino a todo el mundo y propone una reflexión con el fin de reavivar la sensibilidad del hombre por el mundo del dolor y la enfermedad.  

El Mensaje del Papa para la Jornada del Enfermo de este año, cuyo tema es “La relación de confianza, fundamento del cuidado del enfermo”, pone en evidencia la importancia de las relaciones personales entre el enfermo, su familia y el personal médico que le atiende, porque le permiten vivir la experiencia de la enfermedad sin sentirse solo y abandonado. Por otro lado, reflexionando sobre el sentido del sufrimiento, el Papa hace referencia a Job, ese personaje bíblico tocado por el dolor en su propia carne y en su propio espíritu, subrayando que, a pesar del abandono e incomprensión que sufrió y de los gritos de angustia que elevó hacia Dios, logró reconocer que Él había estado presente a lo largo de toda su vivencia de dolor, devolviéndole después la salud y los bienes perdidos, abriéndose delante de él, un “nuevo horizonte” de vida.

La naturaleza humana no logra percibir la presencia de Dios en el dolor y en la muerte.  La religión cristiana que ha impregnado culturas y tradiciones en todo el mundo, presenta a Dios como un padre bueno y, si bien la pasión, muerte y resurrección de Cristo han revelado la dimensión salvífica del dolor, el cristiano se resiste a asumir que Dios permita el sufrimiento inocente, la muerte prematura, la violencia y todo aquello que pone en peligro la vida. Amenazado y aplastado por el sufrimiento, el creyente también puede dirigirse a Dios invocando su ayuda y la liberación del mal, pero también gritando con ira e incluso, alejándose de Él.

Los seguidores de otras religiones viven el dolor según sus convicciones; algunos logran mantener una actitud pasiva y resignada o sacar de su cuerpo y de su alma las energías positivas que pueden contrastar aquellas negativas que provocan dolor, pero es indudable que, sea cual sea la creencia religiosa, el dolor y la muerte son experiencias duras que hacen correr muchas lágrimas sobre el rostro de quien está enfermo y de sus seres queridos.

Las lágrimas regaron también el rostro de Jesús frente al misterio de la muerte de su amigo Lázaro (cf. Jn 11,32-36) y durante su oración en el Huerto de los Olivos, lágrimas que nos recuerda el autor de la carta a los Hebreos (cf. Hb 5,7), manifestación  de su plena humanidad, enseñándonos  que la fe y la confianza en Dios, que el Hijo seguramente poseía en sumo grado, no son “anestésicos” que reducen o anulan el sufrimiento humano, pero pueden ayudar al hombre a enfrentar el dolor desde la certeza de que Dios no lo abandona. Es el “nuevo horizonte” que la fe abre frente al hombre que sufre, y del cual habla el Papa Francisco en su Mensaje para la Jornada del Enfermo de este año.

El dolor físico y moral juega un gran papel en la formación humana y espiritual del hombre, y la historia revela que todos aquellos que consideramos “grandes” han sido probados en “el crisol” del dolor (cf. Sab 3,6). La fragilidad física debida a la enfermedad, a la oscuridad interior que resta gusto a la vida y a todas aquellas situaciones que conducen al hombre a redimensionar una percepción de sí mismo demasiado alta, lo llevan a reubicarse en su verdad de ser humano, creatura hecha de barro que solo el soplo de Dios puede hacer “grande” (cf. Gen 2,7). El dolor rompe la vasija de barro que lleva en su interior, el espíritu del Creador, pero nunca puede ahogar este mismo espíritu que genera fuerza en la debilidad (cf. 1Cor 1,25) y reviste al hombre de vida nueva (cf. 2Cor 13,4).

En el dolor, Dios actúa y renueva al hombre. La fe cristiana ilumina el misterio del dolor desde la Palabra de Dios y el ejemplo de Cristo pero, muchas veces, incluso personas ajenas al mensaje cristiano encuentran fortaleza en él y descubren algo positivo en su falta de salud o en la limitación que afecta su existencia.

Con relación a esto, recuerdo a un niño que encontré en mi peregrinación a Lourdes. El pequeño, confinado en una silla de ruedas, se encontraba con su madre frente a la Gruta y ella le animó a que rezara a la Virgen para que le devolviera la posibilidad de caminar, correr y jugar a la pelota como sus amigos; para su sorpresa, el chiquito, echando la mirada a su alrededor y viendo a otros niños y adultos postrados en sus camillas, respondió a su madre que iba a rezar para que la Virgen ayudara más bien a esos enfermos porque, al menos, él podía jugar a la pelota utilizando sus manos. Este pequeño, quizá inconscientemente, dio un gran testimonio de cómo la gracia de Dios puede reorientar nuestras exigencias hacia lo verdaderamente esencial y sostenernos en el camino del dolor.

Independientemente de nuestra fe y madurez humana, Dios está siempre presente cuando atravesamos el río del sufrimiento y, discretamente como hace Él cuando entra en relación con sus criaturas, nos sostiene con su mano y no permite que nos hundamos en el mar del dolor y de la muerte. En estas circunstancias, el descubrir su presencia es una experiencia profunda y regeneradora, una inyección de esperanza y fortaleza que abraza también a quienes, con amor, acompañan al enfermo en su sufrimiento.

Lamentablemente, nuestra sociedad tiende a evitar toda experiencia de dolor y todo lo que recuerda la existencia del sufrimiento, que en cualquier momento nos alcanza a todos, y lo que es peor, se atreve incluso a suprimir el dolor, interviniendo violentamente con acciones que apagan la vida y que no son moralmente correctas.

En su Mensaje, el Papa Francisco recuerda que “una sociedad es tanto más humana cuanto más sabe cuidar a sus miembros frágiles y que más sufren, y sabe hacerlo con eficiencia animada por el amor fraterno”; recuerda también  que “la salud es un bien común primario” e invita a los que ocupan cargos de responsabilidad política y social a priorizar la inversión de recursos en el cuidado y la atención a las personas enfermas y estimula a todos a caminar hacia esta meta, procurando que nadie se quede solo, excluido o abandonado.

En sintonía con la encíclica social “Fratelli tutti”, la Jornada Mundial del Enfermo celebrada este año, en plena pandemia, hace un llamamiento a los hombres de buena voluntad a potenciar las actitudes de cercanía a los más frágiles, siendo para ellos, como lo fue el Buen Samaritano, “un bálsamo muy valioso, que brinda apoyo y consuelo”  y exhorta a levantar la mirada hacia Dios para que, como Job, podamos descubrir su rostro manifestado en la fragilidad de los que sufren. Esto reavivará la fortaleza y la esperanza de la humanidad herida. 

HNA. CECILIA PASQUINI, TC

cecilia@terciariascapuchinas.org

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Saber descubrir la verdad que bulle dentro de mi hermana

La Revista Vida Religiosa publicó el pasado 14 de enero un artículo de Dolores Aleixandre, con el título COMPOSTURA, que tal vez no sea ajeno a nosotras y nos puede ayudar a pensar si de verdad vivimos esta misma realidad en nuestra propia persona, en nuestras comunidades. Acabamos de celebrar el 2 de febrero la Jornada de la Vida consagrada y nos parecía interesante facilitar esta reflexión en nuestra página. Vivamos a fondo ese acompañamiento mutuo que estamos trabajando en nuestro Proyecto “Crecimiento y Transformación” y que sin duda nos facilitaría intentar intuir lo que pasa en lo profundo del corazón de quienes viven a nuestro lado, más allá de las apariencias, del cumplimiento de las normas, de esa “compostura” a la que se refiere la autora. A continuación es Dolores Aleixandre la que habla:

“Fui con mi comunidad a un retiro para hacer el proyecto comunitario del año y a las afueras del pueblo en el que estábamos, había un álamo enorme caído junto al camino. Debía haber caído la víspera porque las ramas estaban aún llenas de hojas verdes, aunque el tronco estaba hueco y las raíces al aire. Me ha venido la imagen al oír un comentario sobre la salida de una religiosa joven: “Y a su comunidad le pilló por sorpresa, no habían notado nada que hiciera pensar que estaba en crisis”. La asociación con el árbol caído parece evidente: esa joven religiosa se parecía a un tronco hueco que, al no recibir savia de las raíces, no tenía consistencia y se vino abajo. Punto final, nos quedamos tan anchos.

¿Y si hubiera otras explicaciones posibles, solo que más incómodas? Cómo preguntarnos, por ejemplo, si el tronco vacío no sería esa comunidad, tan miope como para no haber detectado ninguna señal de alarma en uno de sus miembros. Otra variante posible: detectar en nosotros síntomas de esa compostura (hoy sería el “postureo”) que siempre acecha en la vida consagrada: una habilidad generada al amparo de las estructuras que nos permite comportarnos externamente con corrección, según unos “códigos convenidos”, unos hábitos adquiridos, unos horarios cumplidos y unas cuantas frases estereotipadas. Una vida de plástico, adaptada y ordenada, como la cinta estirada que señala la página de las Vísperas de la segunda semana. Eso “por fuera”. Por dentro bulle quizá un mundo paralelo: lo que de verdad pensamos, sentimos y deseamos, oculto en lo escondido de la recámara hasta que un día “sale del armario” y los demás lo ven. Es una posibilidad tan “de siempre”, que el Nuevo Testamento usa el adjetivo dipsichós, “persona de dos mentes”, doble, dividida (St 1,8).

La amenaza se acentúa en la etapa que vivimos, en medio de tantos procesos de reestructuraciones, fusiones y rea-justes en marcha. Inmersos en esa agitación, asoma una pregunta esencial: ¿qué está ocurriendo en realidad con los sujetos reestructurados, reconfigurados, unidos, agrupados, fusionados o rea-justados que somos? Porque lo que de verdad importa con tanto tinglado es si cada uno está recibiendo o no la savia de vida y de sentido que necesita para vivir.

En el encuentro de Zaqueo con Jesús aparece de alguna manera lo de la doblez: «Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres…». Buena ocasión la de comienzo de año para preguntarnos qué está haciendo cada uno con esa otra “mitad” que se reserva. Porque a lo largo de nuestra vida hemos ido seguramente entregando, con edificante compostura, la mitad de lo que somos y tenemos, pero ¿no tendremos allá en lo profundo otra mitad que aún escondemos?

La presencia del Huésped que se cuela en nuestra casa nos hace posible saludar confiadamente a esos “agentes de disminución” que están llamando a nuestra puerta y colándose por nuestro tejado. A poco que consintamos a su trabajo, ellos se encargan de despejar esos rincones de doblez en que nos refugiamos, y nos urgen a entregar también esa otra mitad que tan ávidamente tratamos de retener.

Ojalá nos decidamos a tirarla por la ventana, y con ella también los restos de tanta engañosa y tonta compostura”.

 Dolores Aleixandre – Revista Vida  Religiosa (14 enero 2021)

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Diplomado en protección de menores

El día 19 de enero, al filo de la medianoche, llegaba al aeropuerto de Fiumicino de Roma nuestra Hna. Priscila Brenes Granados, quien enriquecerá con su presencia nuestra comunidad de la Curia general durante los próximos meses.

Hna. Priscila pertenece a la Provincia “Ntra. Sra. de Guadalupe”, es de Costa Rica pero desde hace 5 años realiza su misión en México, concretamente en la comunidad de Tabasco, trabajando como directora en la Casa Hogar Oasis de Paz donde las hermanas acogen, acompañan y forman a niñas desprotegidas, cuyos derechos han sido vulnerados.

A través de la CLAR (Conferencia Latinoamericana de Religiosos), la Provincia “Ntra. Sra. de Guadalupe” recibió la invitación con una beca de estudio, para que una hermana pudiera realizar el Diplomado en Protección de Menores, organizado por el “Centre for Child Protection” de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. El curso dará comienzo el 8 de febrero y concluirá sobre mediados de junio 2021.

El objetivo del Diplomado es promover la protección de menores a nivel académico y profesional, a través de un programa formativo que tiene como principios, primero las víctimas, desde una visión cristiana del ser humano en la propia cultura y con perspectiva multidisciplinaria, alimentados e inspirados en la espiritualidad cristiana y el Evangelio.

Entre las competencias y habilidades a adquirir se señalan las siguientes:

  • Reconocer las señales de abuso en las víctimas y de riesgo en los abusadores.
  • Ayudar y apoyar a las víctimas de abuso y a las víctimas secundarias.
  • Reflexionar sobre las implicaciones espirituales y teológicas del abuso.
  • Incluir la espiritualidad en los objetivos y medidas de protección.
  • Crear redes de protección en sus países, iglesias locales, comunidades religiosas y otros círculos.
  • Ayudar a los líderes de la Iglesia a tratar las denuncias de manera adecuada.
  • Identificar los instrumentos para una intervención adecuada.
  • Adaptar la puesta en marcha de líneas guía/directrices para la protección de menores específicas en cada contexto.
  • Impartir cursos de formación sobre protección de menores y prevención en escuelas, parroquias, casas de formación, etc.

Le deseamos a Hna. Priscila que este tiempo sea fecundo, le ayude a crecer humana y espiritualmente y le aporte elementos válidos que iluminen y estimulen la tarea apostólica que realiza junto con su comunidad en favor de los menores más vulnerables a quienes sirven y acompañan. ¡Bienvenida!

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Celebración de la jornada de la vida consagrada en la Curia general

Desde hace 25 años e instaurada por el Papa Juan Pablo II, se celebra cada 2 de febrero, fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, la jornada de la Vida Consagrada, una fecha que nos invita a poner ante el Señor el camino de entrega y servicio vividos por tantos hombres y  mujeres consagradas, presencia viva de Cristo en medio de nuestro mundo y, al mismo tiempo, nos impulsa a seguir llevando adelante la misión recibida, compartiendo cada día con nuestros hermanos y hermanas la luz del Señor Resucitado, que alumbra toda oscuridad.

El lema de la XXV Jornada de la Vida Consagrada de este año 2021 ha sido: «La vida consagrada, parábola de fraternidad en un mundo herido». En el mensaje enviado con este motivo por la Congregación para los Institutos de  Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica a todos los consagrados, encontramos una referencia constante a la Encíclica Fratelli Tutti escrita por el Papa Francisco, para la que se inspiró en san Francisco de Asís y en la que nos invita a actuar juntos, a reavivar en todos “una aspiración mundial a la fraternidad”, “a soñar juntos” (n. 8) para que “frente a diversas y actuales formas de eliminar o de ignorar a otros, seamos capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social” (n. 6). Esta Encíclica, es un don precioso para toda forma de vida consagrada que, sin esconder las muchas heridas de la fraternidad, puede encontrar en ella las raíces de la profecía.

En nuestra comunidad de Roma, celebramos la Eucaristía en este día de fiesta, en la Jornada de la Vida Consagrada, unidas a nuestros Hermanos Terciarios Capuchinos de la Curia general, renovando nuestra consagración al Señor, en la Iglesia, dentro de nuestra familia carismática, al servicio de los descartados, de los más vulnerables, de los heridos y abandonados al borde de las cunetas de la existencia.

Los signos que nos acompañaron en la celebración querían plasmar el lema mismo de este día:

  • una lámpara encendida, urgidos a ser esa luz que nosotros recibimos del Señor, “luz para alumbrar a las naciones”, en las realidades que nos toca vivir;
  • una madeja de lana que al cruzarse va creando una red, entrelazando la fraternidad, pidiendo a María, experta tejedora, nos acompañe en nuestro seguimiento y entrega como consagrados, dando gracias por el don de los hermanos;
  • una lámina que recogía algunas de esas heridas de nuestro mundo, junto a María, la Virgen oferente, nuestra Madre de los Dolores, con el alma traspasada por una espada, sintiéndonos comprometidos a ser bálsamo, presencia compasiva y misericordiosa para nuestros hermanos y hermanas a quienes acompañamos y servimos.

Al concluir la liturgia de la Palabra, con nuestras lámparas encendidas, renovamos nuestro compromiso de vivir en obediencia, en pobreza y en castidad, pidiéndole al Señor que Él sea siempre el Todo de nuestra vida, dando así credibilidad a nuestro anuncio misionero, como hombres y mujeres de solidaridad, comunión y amor por los otros.

Finalizada la Eucaristía, compartimos la mesa en un ambiente de auténtica alegría y fraternidad. En palabras de nuestro Padre Fundador, Luis Amigó, ¡gracias sean dadas a Dios por todo!