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El sentido de la vida

Abrir los ojos y respirar cada día es un regalo, y encontrar el sentido a nuestra existencia es algo a lo que definitivamente aspiramos. Vivir con propósito requiere un trabajo consciente y permanente con nosotros mismos. 

Cada uno tiene una historia personal y desde mi experiencia he llegado a comprender, que el propósito de la vida no es un lugar al cual llegar o una meta por alcanzar, es un camino que se recorre de manera muy personal. Algunas veces ese camino es llano pero muchas otras es un camino escabroso, por el cual hay que aprender a transitar para crecer. 

A pesar de que en ocasiones, no encontramos sentido a lo que estamos viviendo, con certeza puedo asegurar que en cada vivencia Dios ha tenido un propósito especial que me ha hecho trascender. 

Pensar en mi origen, la familia a la que pertenezco, las personas con las que he tenido que interactuar, mi trabajo, las pérdidas materiales y humanas que he enfrentado, problemas de salud y todo lo que encierra mi historia personal hasta este momento… han generado en mí un sentimiento de gratitud que me ha permitido descubrir principalmente en los momentos difíciles, paz y fortaleza. 

A inicios del año 2019, recibí el diagnóstico de un cáncer de mama y, aunque fue una noticia inesperada y desconcertante, tuve la oportunidad en muchos momentos de experimentar el amor y cuidado de Dios (soy una persona de fe). Por ejemplo, en el hospital que recibí el tratamiento encontré un lugar acogedor y un ambiente cálido, con un personal médico comprometido y de gran sensibilidad humana, lo cual permitió que mi situación de enfermedad fuera mucho más llevadera, al punto de lograr en mí la convicción de que a pesar de la circunstancia, era afortunada y esto a su vez ayudó en gran manera a mi proceso de sanidad y crecimiento personal.

Todo este proceso me ha permitido replantearme el valor del sentido de mi vida y con ello buscar el propósito al que he sido llamada, esforzándome ahora mayormente a dejar de lado prejuicios, temores, inseguridades y todo lo que obstaculice mi espíritu libre. 

Vivir en libertad para mí, es disfrutar de cada día como si fuera el último, porque cada momento, cada día es único e irrepetible. Sentirme agradecida y satisfecha con lo que tengo, disfrutar del amor que recibo y poder amar a los demás, apreciando cada detalle y convencida de que, aunque no podemos elegir lo que nos ocurre, sí podemos elegir cómo enfrentarlo. 

También he llegado a comprender que una vida bien vivida tiene que ver con servir a otros.  A menudo dejamos de hacer favores a los demás porque estamos demasiado ocupados, como si temiéramos perder el tiempo; pero ayudar a quienes se cruzan en nuestro camino, lejos de quitarnos algo, nos enriquece. El tiempo que invertimos en servir a otros no se desperdicia, sino que se transforma. Estoy segura que ayudar a nuestros semejantes nos ayuda a nosotros mismos, porque nuestra existencia adquiere mayor sentido y resulta una excelente forma de crecimiento personal.

Cuando descubrimos el sentido de nuestra vida y vivimos de manera apasionada por lo que hacemos y cuando somos capaces de transmitirlo día a día, todo cambia.  Mejora nuestra autoestima, nos sentimos útiles y valiosos, optimistas y positivos; esto provoca un efecto transformador, no sólo en nosotros mismos sino también en las personas que están a nuestro alrededor, pues se genera un efecto multiplicador que beneficia a todo el entorno. 

Así que ánimo, estamos en este mundo para ser felices, no ;cuando despiertes cada mañana, respira, sonríe y agradece a Dios por la vida y todo lo que ella te regala. 

GABRIELA MORA ABARCA

(Psicóloga del Colegio “Nuestra Señora de Desamparados”, Costa Rica)

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Francisco: El Jubileo de 2025 signo de renacimiento, de esperanza y confianza

El Santo Padre ha enviado una Carta a Monseñor Rino Fisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Dicasterio al cual se le confía la organización del Jubileo de 2025, y la responsabilidad de encontrar las maneras apropiadas para que el Año Santo se prepare y se celebre con fe intensa, esperanza viva y caridad operante.

Renato Martínez – Ciudad del Vaticano

“El próximo Jubileo puede ayudar mucho a restablecer un clima de esperanza y confianza, como signo de un nuevo renacimiento que todos percibimos como urgente”, lo escribe el Papa Francisco en su Carta dirigida a Monseñor Rino Fisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Dicasterio al cual se le confía la organización del Jubileo ordinario del año 2025, que tiene como lema “Peregrinos de la Esperanza”.

El Jubileo, un don especial de gracia

En su Misiva – firmada en San Juan de Letrán, el 11 de febrero de 2022, Memoria de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes – el Santo Padre recuerda que, el Jubileo ha sido siempre un acontecimiento de gran importancia espiritual, eclesial y social en la vida de la Iglesia. “Desde que Bonifacio VIII instituyó el primer Año Santo en 1300 —con cadencia de cien años, que después pasó a ser según el modelo bíblico, de cincuenta años y ulteriormente fijado en veinticinco—, el pueblo fiel de Dios ha vivido esta celebración como un don especial de gracia, caracterizado por el perdón de los pecados y, en particular, por la indulgencia, expresión plena de la misericordia de Dios”.

“Los fieles, generalmente al final de una larga peregrinación, acceden al tesoro espiritual de la Iglesia atravesando la Puerta Santa y venerando las reliquias de los Apóstoles Pedro y Pablo conservadas en las basílicas romanas… Dando testimonio vivo de su fe perdurable”.

Vivir el Año Santo en todo su significado pastoral

Asimismo, el Papa Francisco señala que, el Gran Jubileo del año 2000 introdujo la Iglesia en el tercer milenio de su historia. San Juan Pablo II lo había esperado y deseado tanto, con la esperanza de que todos los cristianos, superadas sus divisiones históricas, pudieran celebrar juntos los dos mil años del nacimiento de Jesucristo, Salvador de la humanidad.  “Ahora que nos acercamos a los primeros veinticinco años del siglo XXI – afirma el Pontífice – estamos llamados a poner en marcha una preparación que permita al pueblo cristiano vivir el Año Santo en todo su significado pastoral”.

“En este sentido una etapa importante ha sido el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que nos ha permitido redescubrir toda la fuerza y la ternura del amor misericordioso del Padre, para que a su vez podamos ser sus testigos”.

Dos años de sufrimientos y limitaciones

Sin embargo, el Santo Padre recuerda que, en los dos últimos años no ha habido país que no haya sido afectado por la inesperada epidemia que, además de hacernos ver el drama de morir en soledad, la incertidumbre y la fugacidad de la existencia, ha cambiado también nuestro estilo de vida. Como cristianos, señala el Papa, hemos pasado juntos con nuestros hermanos y hermanas los mismos sufrimientos y limitaciones. Nuestras iglesias han sido cerradas, así como las escuelas, fábricas, oficinas, tiendas y espacios recreativos. Todos hemos visto limitadas algunas libertades y la pandemia, además del dolor, ha despertado a veces la duda, el miedo y el desconcierto en nuestras almas. Los hombres y mujeres de ciencia, con gran rapidez, han encontrado un primer remedio que permite poco a poco volver a la vida cotidiana.

“Confiamos plenamente en que la epidemia pueda ser superada y el mundo recupere sus ritmos de relaciones personales y de vida social. Esto será más fácil de alcanzar en la medida en que se actúe de forma solidaria, para que las poblaciones más desfavorecidas no queden desatendidas, sino que se pueda compartir con todos los descubrimientos de la ciencia y los medicamentos necesarios”.

El Jubileo puede ayudar a restablecer la esperanza

De ahí deriva la invitación del Papa Francisco a “mantener encendida la llama de la esperanza que nos ha sido dada, y hacer todo lo posible para que cada uno recupere la fuerza y la certeza de mirar al futuro con mente abierta, corazón confiado y amplitud de miras”. Por ello, afirma el Pontífice, el próximo Jubileo puede ayudar mucho a restablecer un clima de esperanza y confianza, como signo de un nuevo renacimiento que todos percibimos como urgente. Por esa razón elegí el lema Peregrinos de la Esperanza. Todo esto será posible si somos capaces de recuperar el sentido de la fraternidad universal, si no cerramos los ojos ante la tragedia de la pobreza galopante que impide a millones de hombres, mujeres, jóvenes y niños vivir de manera humanamente digna. Pienso especialmente en los numerosos refugiados que se ven obligados a abandonar sus tierras. 

“Ojalá que las voces de los pobres sean escuchadas en este tiempo de preparación al Jubileo que, según el mandato bíblico, devuelve a cada uno el acceso a los frutos de la tierra: «podrán comer todo lo que la tierra produzca durante su descanso, tú, tu esclavo, tu esclava y tu jornalero, así como el huésped que resida contigo; y también el ganado y los animales que estén en la tierra, podrán comer todos sus productos» (Lv 25,6-7)”.

No descuidemos el cuidado de nuestra Casa común

Por lo tanto, el Obispo de Roma indica que, la dimensión espiritual del Jubileo, que nos invita a la conversión, debe unirse a estos aspectos fundamentales de la vida social, para formar un conjunto coherente. Sintiéndonos todos peregrinos en la tierra en la que el Señor nos ha puesto para que la cultivemos y la cuidemos (cf. Gn 2,15), no descuidemos, a lo largo del camino, la contemplación de la belleza de la creación y el cuidado de nuestra casa común. Espero que el próximo Año Jubilar se celebre y se viva también con esta intención. 

“De hecho, un número cada vez mayor de personas, incluidos muchos jóvenes y adolescentes, reconocen que el cuidado de la creación es expresión esencial de la fe en Dios y de la obediencia a su voluntad”.

Fe intensa, esperanza viva y caridad operante

Así, el Papa Francisco confía a Monseñor Fisichella la responsabilidad de encontrar las maneras apropiadas para que el Año Santo se prepare y se celebre con fe intensa, esperanza viva y caridad operante. El Dicasterio que promueve la nueva evangelización sabrá hacer de este momento de gracia una etapa significativa para la pastoral de las Iglesias particulares, tanto latinas como orientales, que en estos años están llamadas a intensificar su compromiso sinodal. En esta perspectiva, la peregrinación hacia el Jubileo podrá fortificar y manifestar el camino común que la Iglesia está llamada a recorrer para ser cada vez más claramente signo e instrumento de unidad en la armonía de la diversidad. Será importante ayudar a redescubrir las exigencias de la llamada universal a la participación responsable, con la valorización de los carismas y ministerios que el Espíritu Santo no cesa de conceder para la edificación de la única Iglesia. 

“Las cuatro Constituciones del Concilio Ecuménico Vaticano II, junto con el Magisterio de estos decenios, seguirán orientando y guiando al santo pueblo de Dios, para que progrese en la misión de llevar el gozoso anuncio del Evangelio a todos”.

El año 2024 una gran “sinfonía” de oración

El Santo Padre también precisa en su Carta que, la Bula de convocación, que será publicada en su momento, contendrá las indicaciones necesarias para la celebración del Jubileo de 2025. En este tiempo de preparación, me alegra pensar que el año 2024, que precede al acontecimiento del Jubileo, pueda dedicarse a una gran “sinfonía” de oración; ante todo, para recuperar el deseo de estar en la presencia del Señor, de escucharlo y adorarlo. Oración, para agradecer a Dios los múltiples dones de su amor por nosotros y alabar su obra en la creación, que nos compromete a respetarla y a actuar de forma concreta y responsable para salvaguardarla. Oración como voz “de un solo corazón y una sola alma” que se traduce en ser solidarios y en compartir el pan de cada día. Oración que permite a cada hombre y mujer de este mundo dirigirse al único Dios, para expresarle lo que tienen en el secreto del corazón. Oración como vía maestra hacia la santidad, que nos lleva a vivir la contemplación en la acción. 

“En definitiva, un año intenso de oración, en el que los corazones se puedan abrir para recibir la abundancia de la gracia, haciendo del “Padre Nuestro”, la oración que Jesús nos enseñó, el programa de vida de cada uno de sus discípulos”.

Pidiendo a la Virgen María que acompañe a la Iglesia en el camino de preparación al acontecimiento de gracia del Jubileo, el Papa Francisco concluye su Misiva agradeciendo a Monseñor Rino Fisichella y a sus colaboradores, a quienes imparte su Bendición Apostólica.

https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2022-02/papa-francisco-carta-jubileo-monsenor-rino-fisichella-2025-inici.html

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24/7 en Familia

Cuando se piensa en la familia, es fácil recordar miles de situaciones que acompañamos, escuchamos y que incluso vivimos dentro de nuestros propios entornos familiares. Nuestra espiritualidad, justamente enraizada en el seno de la Familia de Nazaret nos reclama esa presencia, esa palabra y ese gesto siempre oportuno y necesario en un escenario tan importante como es el entorno familiar en la vida humana.

Se ha querido llamar este artículo 24/7 EN FAMILIA, para representar analógicamente que la vivencia familiar involucra la totalidad del ser. Entrar y salir, matizar el tiempo en casa con el tiempo fuera, es lo propio de la vida y a lo que usualmente se suele llamar cotidianidad, y se compone de actividades, hábitos, costumbres, idiosincrasias y formas de llevar adelante las obligaciones, rutinas, tiempo de esparcimiento y afecto. Lo cotidiano está armado de una infinidad de pequeños detalles que se vuelven naturales hasta tal punto que se hacen imperceptibles, se tornan tan invisibles y corrientes que pueden llegar a automatizarse.

Solo cuando por alguna razón, se atraviesan situaciones realmente cruciales como es el caso de la pandemia para estos tiempos; también cuando se vive un accidente, una pérdida, o cualquier otro evento que interrumpe el rumbo de la vida cotidiana, se constata que estamos apegados a nuestras costumbres.

Entrar y salir como ya se ha dicho, fue lo común de nuestra vida, pero ¿qué pasa cuando por obligación no se puede salir o simplemente la vida impone precipitada y hostilmente cambiar hábitos y ritmos de vida?

Cada familia tiene sus fortalezas y valores de los que sentirse orgullosa; ellos son motivo para experimentar gratitud e incluso satisfacción. Pero también puntos débiles, zonas difíciles de conflicto y problemáticas con las que lidiar. Por tanto, en estos tiempos es mejor darse una tregua de lo pendiente y de lo que querrán modificar y dar paso a la paciencia, comprensión y alegría.

Para todos los seres humanos la familia es el elemento identitario que marca y define casi por completo su modo de estar en el mundo, sus valores, manera de relacionarse e incluso, sus opciones de conciencia. Ya sea porque se ha tenido el privilegio de crecer en una familia vinculante que ofrece una base segura como apoyo a la autoafirmación del yo en la etapa infantil, preadolescente y/o juvenil, porque ofrece respaldo a los ideales de vida, seguridad emocional y solvencia económica a las necesidades vitales de un ser humano. O en su defecto, porque en ella se prescinde de todo lo anterior y por ello se enfrenta la vida con miedo, desamparo, rabia o dolor. 

La pertenencia siempre será una necesidad vital que urge suplir no solo en orden a lo material sino, además, que proporciona contención emocional. Se puede ser padres, hijos o hermanos; en cualquier rol que se esté ubicados será necesario experimentarse parte de una familia 24/7, es decir, de tiempo completo, y sin perder de vista la individualización y el proyecto personal, encontrar allí la solidez humana que garantiza una vida llena de sentido y de valor.

No se puede hablar aún de la pandemia en tiempo pasado, porque es evidente que aún se está enfrentando a un cúmulo de situaciones y amenazas con las que este hecho histórico ha cambiado el ritmo cotidiano de la vida. Pero algo sí se puede decir al respecto: situaciones como ésta, ya han dado la oportunidad de releer e interpretar muchos aspectos de la vida, que las costumbres y rutinas no permitían notar. 

“Los humanos con frecuencia somos así; en las situaciones más difíciles solemos encontrar recursos que ni sospechábamos que teníamos, y también es frecuente que en los momentos de horror surja lo maravilloso, como esas flores que crecen en las piedras” (Rodríguez, s.f). 

Es hora de mirar desde dentro hacia fuera todos los insospechados recursos que ha suscitado este tiempo y aunque cada familia tiene su propia y singular manera de llevar la vida, y por supuesto, que esto vale también para los días normales lejos de la pandemia o dentro de ella, en definitiva, no debería hablarse de fórmulas mágicas para que el tiempo juntos sea “ideal”. Lo que sí podría referirse al respecto es que deber ser tiempo de calidad 24/7 no simboliza todo el tiempo que se debería estar juntos, sino mejor aún, todo el tiempo en el que hemos de sentirnos  “parte de…”  Ninguno debería quedar por fuera del diálogo, de la escucha, del abrazo y de la comprensión necesaria para que allí encuentre el amor incondicional que en otros ámbitos suele estar siempre condicionado.

Hna. Sandra Milena Velásquez Bedoya, tc

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Mensaje para la Jornada Mundial de la Vida Consagrada 2022

«CAMINANDO JUNTOS»

La vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia» (Vita consecrata, n. 3). Son las palabras de la exhortación apostólica postsinodal sobre la vida consagrada que, recogiendo el rico caudal de la herencia conciliar, ha marcado, como brújula segura, el camino de todos los consagrados en los últimos veinticinco años. Como don precioso y necesario para todos los cristianos, la vida consagrada despliega su ser en la vida, la santidad y la misión eclesial.

Siguiendo la estela del Concilio Vaticano II, el papa Francisco ha emplazado a todo el pueblo de Dios a situarse en «modo sinodal» convocando un Sínodo bajo el título «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión», que culminará en octubre de 2023. La mirada está puesta en «encaminarnos no ocasionalmente, sino estructuralmente hacia una Iglesia sinodal». La razón ya la había explicado el Papa unos años atrás: «El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio». Y la Iglesia «no es otra cosa que el “caminar juntos” de la grey de Dios por los senderos de la historia que sale al encuentro de Cristo el Señor».

En un sentido amplio y de modo más genérico, la sinodalidad vendría a designar: «El estilo peculiar que califica la vida y la misión de la Iglesia expresando su naturaleza como el caminar juntos y el reunirse en asamblea del pueblo de Dios convocado por el Señor Jesús en la fuerza del Espíritu Santo para anunciar el Evangelio. Debe expresarse en el modo ordinario de vivir y obrar de la Iglesia. Este modus vivendi et operandi se realiza mediante la escucha comunitaria de la Palabra y la celebración de la eucaristía, la fraternidad de la comunión y la corresponsabilidad y participación de todo el pueblo de Dios, en sus diferentes niveles y en la distinción de los diversos ministerios y roles, en su vida y en su misión».

Los consagrados son «buscadores y testigos apasionados de Dios» en el camino de la historia y en la entraña de la humanidad. Caminar juntos es un ejercicio de necesidad y una experiencia de belleza. La necesidad nace de la exigencia de la Iglesia de fortalecer las sinergias en todos los ámbitos de misión. La belleza brota al contemplar el testimonio de quienes son llamados por la misma vocación a vivir en fraternidad y dar la vida por el reino al servicio de los hermanos.

De este modo, recogiendo la invitación del papa Francisco, la XXVI Jornada de la vida consagrada lleva por lema «La vida consagrada, caminando juntos». Al evocar la categoría camino, no podemos sino volver nuestra mirada al mismo Jesús que se proclamó «camino, verdad y vida» (Jn 14, 6), recorrió el camino de subida a Jerusalén hasta la cruz para establecer una nueva alianza entre Dios y los hombres (Lc 9, 51) y, una vez resucitado,  «se puso a caminar con ellos» (Lc 24, 15) para descubrir a los discípulos la verdad de la Palabra, la fuerza del sacramento y el dinamismo de la misión. Recogiendo la experiencia del Señor, la fe de los primeros cristianos fue identificada como «el camino» y en los primeros pasos de la comunidad apostólica tenemos ya un referente fundamental en el Concilio de Jerusalén (Hch 15), donde las categorías camino, discernimiento e Iglesia encontraron su punto de encuentro y llegaron así a cristalizar en la doctrina de los Padres: «Sínodo es nombre de Iglesia».  

Para la vida consagrada, la invitación a caminar juntos supone hacerlo en cada una de las dimensiones fundamentales de la consagración, la escucha, la comunión y la misión.

Caminar juntos en la consagración significa ser conscientes de la llamada recibida, la vocación compartida y la vida entregada. En el fondo, supone darse cuenta de que a Dios solo se le encuentra caminando. Solamente cuando nos ponemos en búsqueda (Tu rostro buscaré, Señor) y nos dejamos encontrar por él, se produce el encuentro milagroso entre la llamada divina por pura gracia y la respuesta humana total, absoluta y sin condiciones. Compartir el camino como peregrinos de la eternidad recuerda a todos la fuerza de la dimensión profética de la vida consagrada, que encuentra su fuente en la sequela Christi y en la fuerza de la fidelidad de saber por quién han sido llamados y de quién se han fiado (cf. 2 Tim 2, 12). Cuando las personas llamadas a una especial consagración son capaces de desplegar esta confianza plena en Dios, entonces es posible que sean una voz y una interpelación «para despertar al mundo». La convicción de que este tiempo sinodal es tiempo de gracia y tiempo del Espíritu anima a todos los consagrados a fortalecer la consagración viviendo este momento como una oportunidad de encuentro y cercanía con Dios y los hermanos.

Caminar juntos en la escucha de la Palabra de Dios. Este camino común para encontrar a Dios solo se puede hacer desde la escucha, que es otra de las claves fundamentales de la sinodalidad: «Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha, con la conciencia de que “escuchar es más que oír”». Agudizar el oído para escuchar al Espíritu, a los hermanos con los que se comparte la vida y a la humanidad herida con sus gozos y tristezas es la mejor garantía para caminar juntos por las sendas de la fidelidad a la propia vocación. La vida consagrada, que nace de la escucha de la Palabra y acoge el Evangelio como norma de vida, puede ser considerada «como una “encarnación” de la misma Palabra de Dios escuchada, meditada e interiorizada». Es tiempo de intensificar la oración, que es, para toda vida cristiana, como el aire que necesitan nuestros pulmones. Por su parte, la verdadera escucha requiere de tres condiciones: reciprocidad, respeto y compasión. Se hace necesaria siempre sincera comunicación, empatía hacia el otro y apertura de corazón para recibir la verdad que nos pueda comunicar. Solo así, los consagrados pueden encontrar los caminos de un genuino crecimiento y convertirse en testimonio interpelante en medio de la sociedad, que en ocasiones cierra sus oídos a la voz de Dios y al grito de los más débiles.

Caminar juntos en la comunión. Los consagrados están llamados a ser en la Iglesia y en el mundo «“expertos en comunión”, testigos y artífices de aquel “proyecto de comunión” que constituye la cima de la historia del hombre según Dios». Esta comunión se ha de manifestar, en primer lugar, con Dios, amado sobre todas las cosas; además, con todos aquellos con los que en la experiencia cotidiana comparten vida, oración y misión configurando así un signum fraternitatis; finalmente, la comunión se extiende a toda la humanidad necesitada de restañar heridas y curar llagas. La comunión eclesial, que no supone uniformidad, es el sello de discernimiento y verificación del camino sinodal. Por eso, caminar juntos en unidad y armonía invita a los consagrados a fortalecer la comunión dentro de las mismas familias carismáticas; con otros institutos favoreciendo la intercongregacionalidad; y, sobre todo, en la Iglesia local, intensificando la implicación y la participación en la vida diocesana.

Caminar juntos en la misión supone descubrir «la dulce y confortadora alegría de evangelizar» (EN, n. 80) y experimentar simultáneamente la alegría de creer y el gozo de comunicar el Evangelio. Sabemos que una Iglesia sinodal es una Iglesia en salida y que la sinodalidad está ordenada a animar la vida y la misión evangelizadora de la Iglesia. La misión en clave sinodal pasa por el diálogo, la escucha, el discernimiento y la colaboración de todos los actores de la acción misionera. Para la vida consagrada, caminar juntos en misión supone reforzar la corresponsabilidad y el compromiso en la misión de la Iglesia local aportando sus dones carismáticos sin perder nunca de vista la disponibilidad a la Iglesia universal. Esta misión que se ha de llevar adelante en comunidad misionera se traduce en múltiples formas, ya sea desde la oración del claustro, la liturgia de la parroquia, la habitación del hospital, la clase de la escuela o en el encuentro a pie de calle. Los consagrados, cada uno con sus dones y carismas, contribuyen a enriquecer la misión de la Iglesia e incluso a posibilitar que la semilla del Evangelio pueda llegar capilarmente a ámbitos mucho más profundos.

Mientras avanzamos en el camino sinodal, damos gracias a Dios por el don de la vida consagrada que enriquece a la Iglesia con sus virtudes y carismas y le muestra al mundo el testimonio alegre de la entrega radical al Señor. Mientras siguen siendo memoria Iesu y signo escatológico, las personas consagradas edifican el Cuerpo de Cristo y son testigos del reino en medio del mundo. De esta manera, soñando juntos, rezando juntos y participando juntos contribuyen decisivamente para que la Iglesia sinodal no sea un espejismo, sino un verdadero sueño que pueda hacerse realidad.

Comisión Episcopal para la Vida Consagrada (escrito por: IGLESIAACTUALIDAD)

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¡La Alegría de la Navidad!

“Os anuncio una gran alegría para todo el pueblo: hoy os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (cf. Lc 2,10-11)

Lo dijo el Ángel a los pastores y corrieron aprisa a verlo y celebrarlo junto al Niño en el pesebre con María y José y glorificaron a Dios. También los magos de Oriente, al final de su travesía, “al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría, y vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron y ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (cf. Mt 2, 10-11).

La Tradición católica, según los países, nos ha transmitido expresiones, signos y costumbres de alegría y regocijo en la celebración de la Navidad. Aquí en España se ha creado una palabra entrañable: Nochebuena, es la cena de familia, algo íntimo y sagrado. Nochebuena es noche de “villancicos” y noche de la Misa de Gallo, a media noche, aunque en algunos lugares y por circunstancias diversas se va adelantando la hora.

Es sorprendente y agradable, constatar que la Navidad, como tiempo de fiesta y alegría, se ha extendido al mundo entero; sea por motivos comerciales o por algo más, las ciudades se llenan de luces y colores y se multiplican las celebraciones en  familia. En una palabra, Navidad es un tiempo amable y festivo en el mundo actual,  pero, quizá para la mayoría, sin conexión con la fe ni el Nacimiento de Jesús.

Para nosotros, creyentes, la Navidad es Jesús mismo. El motivo de nuestra alegría es la contemplación de la Encarnación: Dios entró en nuestra historia para liberarnos de nuestro pecado y hacernos partícipes de la filiación divina. Él colocó su tienda en medio de nosotros para formar parte de nuestras vidas, sanar nuestras heridas y darnos una vida nueva. La alegría es el fruto de esta intervención de la salvación y del amor de Dios en nosotros.

NAVIDAD, TERNURA DE DIOS

Al Hijo de Dios, hecho uno de nosotros, lo vemos bajo la dulzura y debilidad de un niño recién nacido, y además en la suma pobreza, sensible manifestación de la inmensa ternura de Dios. Ha sido san Francisco de Asís quien vivió intensamente esta dimensión: Con preferencia a las demás solemnidades, celebraba con inefable alegría la del nacimiento del niño Jesús; la llamaba fiesta de las fiestas, en la que Dios, hecho niño pequeñuelo, se crió a los pechos de madre humana. Representaba en su mente imágenes del niño, que besaba con avidez; y la compasión hacia el niño, que había penetrado en su corazón, le hacía incluso balbucir palabras de ternura al modo de los niños. Y era este nombre para él como miel y panal en la boca” (2 Celano 199).

Posteriormente, un seguidor de Francisco, san Buenaventura, escribió en la misma línea y en la espiritualidad medieval de la santa humanidad de Jesús, el opúsculo de Las cinco festividades del Niño Jesús, una de las cuales, la del Santo Nombre de Jesús pasó a la liturgia. Además Francisco, dos años antes de morir, nos deja otro gran testimonio: va a ser Navidad, se encuentra en el pueblo de Greccio, y movido de su gran amor y devoción, representa el Nacimiento de Jesús según los datos evangélicos y con la gente del pueblo: Es el primer Belén viviente, convertido después en tradición cristiana y que es ejemplo visible y palpable de su espiritualidad de la ternura de Dios (cf. 1Cel 84-86).

ALEGRÍA PARA TODOS: Encuentro y Compartir

En el mensaje del ángel se nos dice que esa alegría anunciada es para todo el pueblo, es decir, la alegría de Navidad implica ENCUENTRO, comunicación, gozo compartido, celebración;  no hay fiesta en soledad, la fiesta requiere encuentro de personas para  compartir la vida y compartir los bienes como intercambio de dones.

La Navidad del pobre

Pero, particularmente, en razón de nuestra fe, del amor y la justicia, la alegría ha de llegar a los más pobres y  necesitados gracias al compartir generoso de todos con lo que cada uno tiene. Es lo que se hace en todas las Parroquias e Instituciones,  “la Navidad del pobre” para que la alegría llegue a todos. Esta es también la sensibilidad de san Francisco: “Quería que en ese día los ricos den de comer en abundancia a los pobres y hambrientos y que los bueyes y los asnos tengan más pienso y hierba de lo acostumbrado. ‘Si llegare a hablar con el emperador -dijo-, le rogaré que dicte una disposición general por la que todos los pudientes estén obligados a arrojar trigo y grano por los caminos, para que en tan gran solemnidad las avecillas, sobre todo las hermanas alondras, tengan en abundancia’” (2 Celano 200). ¡Poesía y mística, sí, que aterriza en acciones concretas!

Y la alegría de la fraternidad

En la sociedad civil, además de los encuentros de familia,  van siendo comunes otros encuentros a nivel de miembros de organizaciones, trabajo… Y es que Navidad es una invitación al encuentro festivo. Como creyentes sería muy positivo preparar esas reuniones en comunidades religiosas, grupos, etc. ¿Cómo queremos vivir espiritual y festivamente este tiempo tan íntimo y tan bonito? Con las diferentes iniciativas, nos podemos llevar muy gratas sorpresas: villancicos, belenes, adornos, visitas… Será muy hermoso vivir nuestra Navidad con San José y la Virgen María en el Portal de Belén. ¡FELIZ NAVIDAD PARA TODOS!

 ¡Aclamad al Señor con gritos de júbilo porque envió a su amado Hijo de lo alto y nació de la bienaventurada Virgen santa María y fue puesto en un pesebre porque no tenía lugar en la posada. Gloria al Señor Dios en las alturas  y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad! (San Francisco de Asís – cf. OfP Salmo XV).

HNA. Mª ELENA ECHAVARREN SORBET, TC

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La Navidad en Polonia y en Alemania

Celebrar la Navidad en Polonia es algo mágico. Compartiré simplemente unas pinceladas de este tiempo tan especial. El ambiento navideño en Polonia se comienza a percibir ya en el Adviento con las misas antes del amanecer llamadas “roraty”. Su nombre proviene de un canto litúrgico en latín que inicia con las palabras “Rorate caeli desuper”, que significan “desciendan los cielos de lo alto”. Las personas que participan en “roraty”, sobre todo los niños, traen a la misa sus faroles e iluminan la Iglesia oscurecida. La Nochebuena es el momento culminativo de las fiestas polacas. La cena navideña comienza al aparecer en el cielo la primera estrella, que recuerda la Estrella de Belén que conducía hasta el Niño Jesús recién nacido. La cena empieza con la oración y la lectura del Evangelio de Lucas sobre el nacimiento de Jesús. Después todos comparten “oplatek” (es un pan blanco, de fina consistencia, preparado como hostia), intercambiando los deseos de Navidad. Es un símbolo de reconciliación y perdón.  En todas las casas en Polonia es muy común que en la mesa se encuentre un lugar vacío, o sea una silla vacía, pero con plato y cubiertos. Se acostumbra a hacer esto para poder recibir a alguna persona inesperada. Además, debajo del mantel se deja un pedazo de heno. Es una manera de simbolizar el nacimiento de Jesús que fue en un pesebre. El menú de la cena navideña se compone de doce platos entre los que reina la sopa de remolacha con “uszka” (pequeñas empanadillas rellenas de setas) y carpa. Después de la cena se disfruta del momento en el que se cantan los villancicos (en Polonia hay más de cincuenta de ellos) y se abren los regalos. A media noche, las familias se dirigen a las Iglesias para participar en una Eucaristía solemne llamada “Pasterka” y adorar al Niño Jesús.  

HNA. GOSIA SKIBA, TC

Compartir “oplatek”

También en Alemania, ya el tiempo de Adviento está lleno de tradiciones y símbolos. Las ciudades y las calles, como muchas ventanas de las casas se alumbran con los adornos de luces. En los cascos antiguos de las ciudades se encuentran los mercadillos de Navidad. Por las noches, las familias suelen encender la corona de Adviento. Alrededor de ella se canta, se lee alguna historia, se juega, se pinta, se ora… También el calendario de Adviento resulta ser una ayuda, especialmente para los niños, a fin de esperar y preparar el corazón a la Navidad. Es un cuadro con 24 ventanitas, donde cada día se abre una y detrás de ella, se esconde algún dulce, un cuento, una propuesta a realizar… Desde hace 15 años, en muchas parroquias cristianas se realiza un «Calendario de Adviento viviente»: 24 familias, instituciones u organizaciones adornan una ventana de su casa. Por la noche los vecinos, los feligreses u otras personas se reunen delante de esta casa, cuya ventana está iluminada, y allí se lee algún cuento, se canta un canto de Adviento y al final se toma un vino o zumo caliente y se come algún dulce, galletas o el «Christstollen», el pastel típico de Navidad, anteriormente hecho en casa. La Noche Buena sigue siendo también para los alemanes la fiesta más importante, una fiesta de encuentros, de unión, donde la familia se junta, celebra alrededor de una comida especial, intercambia los regalos debajo del árbol de Navidad y canta villancicos… pero no existe ya una única tradición, sino que cada familia tiene su propia “tradición». Aunque eso sí, hay un villancico alemán que no puede faltar en el repertorio de todas las familias alemanas. Ese villancico eleva el corazón, y expresa de manera muy profunda el secreto de la Noche Buena: Stille Nacht, Heilige Nacht… (Noche de Paz).

HNA. URSULA LEUFFEN, TC

Foto de un calendario de Adviento viviente

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La Navidad en Filipinas

A los filipinos les encanta divertirse y celebrar y la Navidad en Filipinas es la celebración navideña más larga del mundo. Da comienzo a partir  del día 1 de septiembre, inicio de los meses «bre» hasta la Fiesta del Santo Niño. «Bre Months» significa que se acerca la Navidad. Se puede percibir en las decoraciones y canciones en los parques, calles, casas, centros comerciales, hospitales, escuelas, autobuses, jeepneys, taxis y otros lugares públicos.

Filipinas tiene muchas costumbres y tradiciones y la más significativa y hermosa es la Navidad, tiempo para estar con la familia y los seres queridos. Tiempo de acción de gracias, reconciliación y celebración de la vida y el amor en la familia. Tiempo en el que los miembros de la familia que están fuera del país vuelven a casa para estar con sus seres queridos. Y a aquellos a quienes no les es posible por alguna razón, siempre añoran y extrañan estar en casa durante la Navidad en Filipinas.

Como dicen, «¡ES MÁS DIVERTIDO EN FILIPINAS!». Pero no es solo la «diversión», sino también el ambiente, la risa y la alegría de la gente que se comparte a pesar de muchas situaciones negativas, pobreza, hambre, desastres o calamidades naturales, etc. En Filipinas, especialmente durante la Navidad, hay una “pandemia” de compartir, amar y cuidarse mutuamente. Se organizan muchas actividades y programas de ayuda alimenticia en favor de orfanatos y otros grupos en necesidad. Junto a esto hay también mucha diversión.

Por último, uno de los platos fuertes de la Navidad es el «SIMBANG GABI», palabra en tagalog que significa «Misa en la noche» o «MISA DE GALLO» («Misa al amanecer»). Es una celebración eucarística de nueve días antes de la Nochebuena, en honor a la Santísima Virgen María que llevó a Jesús en su vientre durante nueve meses. En esta celebración, la mayoría de las personas que participan en ella creen que una vez completados íntegramente los nueve días de misa, sus «necesidades o los deseos de su corazón” les serán concedidos por Dios. De hecho, incluso la pandemia de Covid-19 no impidió que la gente asistiera a esta celebración. A pesar de las restricciones implementadas, todavía mucha gente, llena de una gran esperanza y fe inundó las iglesias. Esto de alguna manera muestra la resiliencia del pueblo filipino ante la adversidad, seguros de que por muy difíciles o desesperadas que sean las circunstancias, siempre existe esa luz que irradia en el corazón de cada persona, la luz que es Cristo mismo, el Dios hecho carne, y que habita entre nosotros, nuestra «Star ng Pasko» o la «Luz de la Navidad» que brilla en cada hogar, cada persona y cada familia o comunidad, incluso en tiempos de sufrimiento, dolor y pobreza.

A pesar de la realidad de la globalización y la modernización, la Navidad para los filipinos, tanto aquí en el país como en el extranjero es una «Navidad en nuestros corazones» como dice el título de la famosa canción de José Mari Chan, que se toca habitualmente el día 1 de septiembre. Su letra tiene un significado profundo y me gustaría subrayar algunos versos: «Dejemos que Él nos guíe, mientras comienza otro Año Nuevo, y que el espíritu de la Navidad, esté siempre en nuestros corazones …» Creo que la mayoría de los filipinos guardan esta súplica en sus corazones, especialmente aquellos que creen en Dios, más allá de la religión que profesen o de cualquier situación que estén experimentando en sus vidas. Espero y oro para que al celebrar esta Navidad, sea Jesús en el pesebre lo que recordemos, y que su presencia en nuestros corazones y en nuestras vidas sea lo que compartamos con los demás, especialmente con nuestros seres queridos, nuestras hermanas en la comunidad y con las personas que encontramos en la misión.

HNA. FRANCES LARAINE ANDRADE, TC  

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La Navidad en Colombia

Colombia es un país suramericano enriquecido con una cultura que es el resultado de la mezcla de europeos, de modo especial españoles, también de los pueblos indígenas y esclavos africanos.

Por esta razón la celebración de la Navidad tiene sus raíces en esta identidad cultural que la hacen única, manteniendo vivas las sólidas tradiciones católicas heredadas. En Colombia, ésta es la mejor época del año, oportunidad para el encuentro, la celebración y el regocijo familiar. Desde el mes de octubre se inician los preparativos en cuanto al ambiente, decoración de los hogares y espacios comunes en cada vereda, pueblo y ciudad; abundan en este quehacer, los colores, las luces, los alumbrados navideños, reconocidos mundialmente por su creatividad, vistosidad y belleza. Toda la preparación y las festividades se enrutan hacia el día 24 de diciembre, fecha en la que se celebra la gran noche del nacimiento del Niño Jesús.

Oficialmente las fiestas tienen su apertura el 7 de diciembre con la tradicional noche de las velitas; es la costumbre de encender velas en las calles, balcones y puertas de las casas, gesto para honrar la Inmaculada Concepción de María en las vísperas de su solemnidad; también se encienden los alumbrados y se da comienzo a los encuentros familiares y caminatas por las calles embellecidas con las luces.

Luego se da paso a la construcción del pesebre, que recrea a través de imágenes, el nacimiento de Jesús. Aquí cobran gran protagonismo San José, la Virgen María, el Niño Jesús, la mula y el buey; es una tarea familiar, así como lo es también la elaboración del árbol navideño decorado bellamente con bolas de colores, moños y guirnaldas. Estas actividades navideñas son oportunas para apreciar la originalidad, amor y creatividad que se derrochan.

A partir del 16 de diciembre y hasta la noche del 24, las familias se reúnen en torno al pesebre para rezar la novena de aguinaldos y cantar villancicos. Aquí los niños tienen su mayor participación haciendo gala de gran alegría y dejando fluir sus sueños y expectativas en torno a la gran celebración de la Natividad. Es una devoción católica que une a las familias y hoy se extiende al entorno social.

Llegada la “nochebuena”, se celebra el último día de la novena, precedida por el compartir de la cena navideña, preparada con las delicias típicas para esta fecha de acuerdo con las costumbres regionales, siendo un plato común los buñuelos, la natilla y los postres, entre otros. Luego se comparten los regalos “dejados por el Niño Jesús” para todos los que con fe y esperanza conmemoran este bello y familiar acontecimiento de la Navidad.

La fiesta se prolonga hasta el 25 de diciembre, solemnidad de la Natividad del Señor. Es un día para disfrutar los regalos, dando continuidad a los cantos, los bailes y reuniones imbuidas de la alegría y espíritu navideño.

Las celebraciones navideñas en Colombia finalizan el 31 de diciembre con la despedida del año viejo y bienvenida del año nuevo. Se reanudan las reuniones familiares, la cena, el brindis, las felicitaciones y celebraciones festivas hasta el amanecer. Para un gran número de católicos es de vital importancia la participación en la celebración de la Eucaristía de media noche, tanto en este día como en la noche del 24, adelantada en la mayoría de los casos acorde con la realidad y necesidades familiares.

Litúrgicamente, la Navidad culmina con la celebración de la solemnidad de la Epifanía del Señor, o como se le denomina comúnmente, la adoración de los Reyes Magos, cuya relevancia festiva en el caso de Colombia a nivel general, no es tan ponderante, aunque sí lo es para la Iglesia católica.

HNA. BLANCA NIDIA BEDOYA SALAZAR, TC

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Día de los muertos en la cultura mexicana

Los  recuerdos vividos en mi hogar son como  gotas de agua  que  refrescan mi vida diaria. La celebración  del “día de  muertos” o “todosantos” como le decían mis  abuelos era una  celebración-fiesta que esperábamos con mucha  alegría. Desde el mes de enero o febrero escuchábamos al abuelo o papá  decir “ese cerdo”  (marrano, cochino, chancho) es para los difuntitos y todo el año se engordaba hasta llegar la  fecha del 31 de octubre cuando se  mataba el animal y entorno a  este ritual todo era  alegría, encuentro, compartir; con la  carne  del cerdo se preparaban los  tamales para el altar o para llevar al panteón (cementerio).

En Tabasco que es mi tierra, situada al sur de  México, se  hacen dulces de papaya y pozol que es una bebida  de  maíz  con cacao, para regalar  a las  familias y vecinos  más cercanos y, por supuesto,  para poner  en el altar. Recuerdo que nosotros  los más pequeños, limpiábamos las hojas de plátano para los tamales y hacíamos los floreros  con  botes de  vidrio; las  flores eran las que  el campo daba en ese tiempo y algunas otras del jardín de mamá. La  flor de cempasúchil la hacíamos  con papel  crepe y mis  tíos  picaban el papel china con dibujos de calavera con  el que decorábamos. La ofrenda o altar de mi casa lo presidía  una imagen  grande de la Virgen del Carmen que teníamos junto con una  imagen de un Cristo de madera y la foto de nuestros  difuntos.  Mi abuelo decía “a tu  abuela  le  gustaba  esto”  y eso era lo que poníamos en  el altar de muerto, “su comida preferida”.

Además  de los alimentos  que poníamos se colocaba sal, un vaso con agua y sahumerio con copal (incienso) y por supuesto las espermas (velitas o cirios). Todo esto se hacía  entre el  31 de octubre y 1 de noviembre, ya  que según nuestras  costumbres se creía que  los  difuntos  empezaban a llegar  desde las 3 de la  tarde, según la muerte que hubieran tenido.

En nuestra casa  esperábamos  hasta  las  10 de la noche del día  primero y en  ese  tiempo se recordaba a los  que murieron. Mi abuelo platicaba sobre lo que hacían y les  gustaba  a los que  se nos adelantaron, recordábamos hasta los tatarabuelos y todo los  nombres de personas  conocidas. En esa hora  encendíamos las  velas, una por cada  difunto y una  por  el ánima  sola;  mamá  dirigía  el rosario y todos rezábamos y  cantábamos: “Salgan, salgan, salgan, ánimas  de pena  que el rosario santo  rompa  sus  cadenas…”. Al terminar el rosario  conscientes  de que  ya estaban con nosotros,  comíamos tamales  con café y aguardiente.

El día  2 de noviembre  nos íbamos todos  al cementerio donde  estaba enterrada la  mamá  de mi papá y  visitábamos otro  donde  estaban los papás de mi mamá.  Allí  rezábamos el rosario y  si nos encontrábamos con los otros  familiares  compartíamos  los  tamales. Este  día  no se  trabaja,  pues la tradición dice  que si se trabaja, se espanta a los difuntos. Todo el mes  de  noviembre rezábamos el rosario quemando  velitas  y  mamá nos decía  que no podíamos  acostarnos después  de las  12 de la noche porque  las  animitas  nos iban a llevar… y así crecimos.

Ahora el altar de  muertos de mi casa familiar ya tiene más fotos pero sigue  siendo  la  misma  tradición aunque con un sentido más religioso;  recordar  a nuestros  seres  queridos con gratitud llena nuestro corazón de amor hacia  ellos y no  podemos  evitar  que  quizás alguna  lágrima  ruede por nuestras  mejillas.

Pero también  les  quiero  contar que  el origen de  esta  tradición mexicana se remonta a la época prehispánica.

Esta fiesta es  una  de las más importantes del pueblo mexicano, es un día muy especial pues celebramos de forma muy particular lo que consideramos la visita anual de los espíritus de nuestros seres queridos fallecidos. 

Esta  tradición prehispánica según  los historiadores, dice que  los mexicas tenían varios periodos a lo largo del año para celebrar a sus muertos, los más importantes se realizaban al terminar las cosechas, en el mes de agosto, y se creía  que  cuando alguien moría iba a un lugar de abandono, de tristeza donde  se está perdiendo la memoria y donde nunca comían nada; solamente en el mes  de  agosto, mes de las  cosechas, en la primera parte del mes, se permitía a los niños que  vinieran a comer con sus  familiares y la segunda parte del mes, los adultos.

La sociedad azteca creía que la vida continuaba aun en el más allá, por eso consideraba la existencia de cuatro “destinos” para las personas, según la forma de morir. El más  común era  El Mictlán, lugar al que iban la mayoría de los muertos. 

Con la llegada de los españoles, el Día de Muertos no desapareció por completo, como otras fiestas religiosas mexicas. Los evangelizadores descubrieron que había una coincidencia de fechas entre la celebración prehispánica de los muertos con el día de Todos los Santos, dedicado a la memoria de los santos que murieron en nombre de Cristo.

Recordemos que la fiesta de Todos los Santos inició en Europa en el siglo XIII y durante esta fecha las reliquias de los mártires católicos eran exhibidas para recibir culto por parte del pueblo. También había una sincronía con la celebración de los fieles difuntos, realizada justo un día después de Todos los Santos. Fue en el siglo XIV cuando la jerarquía católica incluyó en su calendario dicha fiesta y esto se aprovechó en  México. Fue así como el Día de Muertos se redujo a tan solo dos días, el 1 y 2 de noviembre.

Las costumbres prehispánicas que  existían aún a la llegada  de los Europeos consistían en incinerar a los muertos o enterrarlos en el hogar; éstas fueron eliminadas y los cadáveres empezaron a depositarse en las iglesias (los ricos adentro y los pobres en el atrio). Se adoptaron algunas  costumbres, como el consumir postres con forma de huesos que derivaron en el popular pan de muerto y las calaveritas de azúcar.

También comenzó la costumbre de poner un altar con veladoras o cirios; de esta forma los familiares rezaban por el alma del difunto para que llegara al cielo. De igual manera, se hizo tradicional la visita a los cementerios, los cuales fueron creados hacia finales del siglo XVIII, como una forma de prevenir enfermedades, construyéndolos a las afueras de las ciudades.

Actualmente esta tradición, como mencionaba, es  una de las más  importantes del pueblo mexicano con un sentido espiritual, que ha crecido más considerando los tres estados de la  Iglesia; de esta  forma hacemos  comunión, ya que  al mismo altar  de muerto  u  ofrenda, se le da otro sentido cristiano. Los  católicos ponemos una ofrenda en homenaje a nuestros hermanos  difuntos y familiares  y los elementos más comunes son el agua, que nos recuerda  el  bautismo; las velas, como signo del Cristo resucitado; el retrato de la persona fallecida, expresando que  sigue  viviendo en nuestra mente y corazón y el pan de muerto, las flores de cempasúchil, calaveritas de azúcar y chocolate, incienso, papel picado, y platillos que los difuntos disfrutaban en vida  son parte  de  nuestra celebración sin caer en el sincretismo. Todo lo hacemos como recuerdo de quienes ya nos han dejado, pero lo peculiar es que  todo  lo que usamos  en la ofrenda  toma  sentido  cristiano.

HNA. MARCELA CUNDAFÉ CRUZ, TC

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«A los pobres los tienen siempre con ustedes» (Mc 14,7)

 “Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen los muros de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios”.

(San Pablo VI en la apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II, el 29 de septiembre de 1963)

Al final del Jubileo de la Misericordia, en el año 2017, el Papa Francisco instituyó, el Domingo XXXIII del tiempo ordinario, la Jornada Mundial de los Pobres, con el fin de “que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados”.

En cada Jornada el Papa nos ha ido regalando una palabra de la Escritura que nos ilumina y ayuda a ser compasivos frente al sufrimiento de nuestros hermanos. Resalto aquí algunas partes de los cinco mensajes. En la I Jornada, con el texto bíblico: “Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras” (1 Jn 3,18), nos invitó a la coherencia de vida. Insistió en que “el amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo, especialmente cuando se trata de amar a los pobres”.

Fue muy significativo para la Familia Terciaria Capuchina que, como en varios de sus escritos, en la I Jornada Mundial de los Pobres, el Papa presentara a san Francisco de Asís como referente de amor a los pobres por su coherencia de vida. En esta ocasión dijo de él: “Mantuvo los ojos fijos en Cristo, por eso fue capaz de reconocerlo y servirlo en los pobres…”, citando Test 1-3;  y subrayó que el testimonio de  Francisco de Asís muestra el poder transformador de la caridad y el estilo de vida de los cristianos.

Con el texto bíblico de la II Jornada «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (cf. Sal 34,7), el Papa resaltó que Dios “escucha”, “responde” y “libera” al pobre a través de nosotros. “La salvación de Dios adopta la forma de una mano tendida hacia el pobre, que acoge, protege y hace posible experimentar la amistad que tanto necesita. A partir de esta cercanía, concreta y tangible, comienza un genuino itinerario de liberación”. También, con este mensaje hizo un fuerte cuestionamiento: “¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles?”.

En la III Jornada toma nuevamente un salmo: «La esperanza de los pobres nunca se frustrará» (cf. Sal 9,19). El Papa, con realismo y con el profetismo que lo caracteriza, denuncia las numerosas formas de nuevas esclavitudes a las que están sometidos hoy millones de hombres, mujeres, jóvenes y niños. Insiste sobre todo en las personas que han tenido que abandonar su tierra: “¿Cómo olvidar, además, a los millones de inmigrantes víctimas de tantos intereses ocultos, tan a menudo instrumentalizados con fines políticos, a los que se les niega la solidaridad y la igualdad? ¿Y qué decir de las numerosas personas marginadas y sin hogar que deambulan por las calles de nuestras ciudades?”.

También hizo referencia a la estigmatización que, como una cruz, en todos los tiempos y lugares,  tienen que cargar los pobres sobres sus vidas: “Considerados generalmente como parásitos de la sociedad, a los pobres no se les perdona ni siquiera su pobreza. Se está siempre alerta para juzgarlos. No pueden permitirse ser tímidos o desanimarse; son vistos como una amenaza o gente incapaz, sólo porque son pobres”. Y nuevamente coloca a Jesús como pobre y con los pobres:  “Ante esta multitud innumerable de indigentes, Jesús no tuvo miedo de identificarse con cada uno de ellos: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Huir de esta identificación equivale a falsificar el Evangelio y atenuar la revelación”.

En la IV Jornada “Tiende tu mano al pobre” (cf. Si 7,32), el Papa insistió en que “la comunidad cristiana está llamada a involucrarse en esta experiencia de compartir, con la conciencia de que no le está permitido delegarla a otros. Y para apoyar a los pobres es fundamental vivir la pobreza evangélica en primera persona. El grito silencioso de tantos pobres debe encontrar al pueblo de Dios en primera línea, siempre y en todas partes, para darles voz, defenderlos y solidarizarse con ellos ante tanta hipocresía y tantas promesas incumplidas, e invitarlos a participar en la vida de la comunidad. Recordar a todos el gran valor del bien común es para el pueblo cristiano un compromiso de vida, que se realiza en el intento de no olvidar a ninguno de aquellos cuya humanidad es violada en las necesidades fundamentales”.

Y este año, en la V Jornada, el Papa Francisco toma un texto evangélico polémico: «Porque pobres tendréis siempre con vosotros» (cf. Mc 14,7). Hay quienes, tal vez, para evadir el compromiso con los pobres y lo que es más grave para justificar la pobreza, dicen: Si Jesús aseguró “Pobres tendréis siempre con vosotros”, si es una realidad que siempre estarán con nosotros, no tendríamos que preocuparnos por ellos… siempre estarán, es una realidad que no se puede superar…

La primera fue la indignación de algunos de los presentes, entre ellos los discípulos que, considerando el valor del perfume, unos trescientos denarios, equivalentes al salario anual de un obrero, pensaron que habría sido mejor venderlo y dar lo recaudado a los pobres. Según el Evangelio de Juan, fue Judas quien se hizo intérprete de esta opinión: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para darlos a los pobres?” No es casualidad que esta dura crítica salga de la boca del traidor, es la prueba de que quienes no reconocen a los pobres traicionan la enseñanza de Jesús y no pueden ser sus discípulos.

Jesús dijo: “¡Déjenla! ¿Por qué la molestan? Ha hecho una obra buena conmigo” (Mc 14,6). Jesús les recuerda que el primer pobre es Él, el más pobre entre los pobres, porque los representa a todos. Y es también en nombre de los pobres, de las personas solas, marginadas y discriminadas, que el Hijo de Dios aceptó el gesto de aquella mujer. Ella, con su sensibilidad femenina, demostró ser la única que comprendió el estado de ánimo del Señor. Esta mujer anónima, destinada quizá por esto a representar a todo el universo femenino que a lo largo de los siglos no tendrá voz y sufrirá violencia, inauguró la significativa presencia de las mujeres que participan en el momento culminante de la vida de Cristo: su crucifixión, muerte y sepultura, y su aparición como Resucitado. Las mujeres, tan a menudo discriminadas y mantenidas al margen de los puestos de responsabilidad, en las páginas de los Evangelios son, en cambio, protagonistas en la historia de la revelación.

Esta fuerte “empatía” entre Jesús y la mujer, y el modo en que Él interpretó su unción, en contraste con la visión escandalizada de Judas y de los otros, abre un camino fecundo de reflexión sobre el vínculo inseparable que hay entre Jesús, los pobres y el anuncio del Evangelio. “No me canso de repetir que los pobres son verdaderos evangelizadores porque fueron los primeros en ser evangelizados y llamados a compartir la bienaventuranza del señor y su reino (cf. Mt 5,3)”.

Hermanas y hermanos, como Familia Terciaria Capuchina, ¿estamos listos para acoger la llamada concreta y urgente del Señor, a través del Papa Francisco en la V Jornada Mundial de los Pobres? ¿Ya estamos respondiendo?: “No podemos esperar a que llamen a nuestra puerta, es urgente que vayamos nosotros a encontrarlos en sus casas, en los hospitales y en las residencias asistenciales, en las calles y en los rincones oscuros donde a veces se esconden, en los centros de refugio y acogida… Es importante entender cómo se sienten, qué perciben y qué deseos tienen en el corazón”.

HNA. LILIA CELINA BARRERA RAMÍREZ, TC