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11 de Mayo: Hacer memoria y renovar la vida

El 11 de mayo de 1885 en el Santuario “Nuestra Señora de Montiel” (Valencia-España), un pequeño grupo de mujeres se comprometía a vivir la Forma de vida plasmada por el joven capuchino, Padre Luis de Massamagrell y, así, nacía en la Iglesia la Familia religiosa de las Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia.

Desde entonces, en esta fecha y cada año, las Hermanas hacemos memoria de este acontecimiento y lo celebramos con gozo porque lo que ocurrió en ese día, se ha propagado en el tiempo.

La fundación de una Congregación religiosa es algo parecido al nacimiento de un niño que requiere una paciente espera y cuidado por parte de quien le dará a luz y, en realidad, sabemos muy bien cómo el Padre Luis Amigó preparó este momento, no tanto siguiendo sus sueños y proyectos personales, sino manteniéndose atento a los signos que el Señor le enviaba en la cotidianidad de su ministerio que discernía en la oración. 

Celebrar el 11 de mayo, es como celebrar un cumpleaños que une a todas las Hermanas, pero no puede quedarse solo en una fiesta en la que recordamos con emoción los comienzos de nuestra historia y agradecemos al Señor lo que hemos vivido y los testimonios de vida que la historia congregacional nos ha dejado, sino un momento en que reafirmamos nuestro compromiso personal y comunitario para que esta historia continúe y las Hermanas sigamos recorriendo los caminos del mundo, reflejando fielmente con nuestra vida la luz del Carisma recibido del Padre Luis Amigó.

Indudablemente, la renovación comunitaria de la Profesión religiosa que hacemos en este día, expresa nuestro empeño de fidelidad a nuestro compromiso pero, a la vez, nos exige “renovarnos”. El tiempo y nuestras vidas siguen su curso, presentándonos continuamente nuevos retos, por lo que renovar nuestros Votos, no significa únicamente reafirmar lo que prometimos hace unos años, sino comprometernos a dar un nuevo sentido a nuestra respuesta vocacional y hacerlo desde la experiencia vivida, sabiendo que Aquel que un día nos llamó, no retractará su promesa (cf. 2Pe 3,9) y, como el Resucitado, estará con nosotras en los momentos de luz y en aquellos de oscuridad, sosteniéndonos en el camino y dando paz a nuestro corazón.  

Las Florecillas cuentan que, durante el Capítulo de las Esteras, el hermano Francesco se dirigió a más de cinco mil frailes allá reunidos y les dijo: “Hijos míos, grandes cosas hemos prometido, pero mucho mayores son las que Dios nos ha prometido a nosotros; mantengamos lo que nosotros hemos prometido y esperemos con certeza lo que Él nos ha prometido” (cf. Flor. XVIII). Que estas palabras del seráfico Padre san Francisco aporten un toque más de alegría y esperanza a nuestra fiesta y la bendición del Padre Luis, humilde protagonista de aquel 11 de mayo en Montiel, siga acompañando nuestro camino personal y como fraternidad de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia.

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Día de la madre

A lo largo del mes de mayo, se celebra en muchos países del mundo la fiesta de la madre. El origen de esta fiesta se remonta a un pasado lejano, encontrando ya en la historia de antiguas civilizaciones paganas y monoteístas, signos de fiestas en honor de la madre. Es significativo que en la mayoría de los lugares esta fiesta se celebre en este mes en el cual, en el hemisferio norte del planeta, coincide con el culmen de la primavera cuando, después del invierno largo y frío, brota en la tierra la vida nueva, revistiéndose los árboles y jardines de belleza, con la variedad colorida de las flores y de los primeros frutos.

La fiesta de la madre, que en los lugares de tradición católica se asocia también al mes de María, la Madre por excelencia, reaviva en cada uno sentimientos de afecto y gratitud por la mujer que nos engendró a la vida y nos ha cuidado con amor e indudable sacrificio. La madre juega un papel importante en el proceso de crecimiento del niño y aun cuando éste haya alcanzado plena autonomía personal, ella sigue siendo para él un importante punto de referencia.   

Cada cultura infunde en las personas amor y sumo respeto hacia la madre y la misma Palabra de Dios contiene una gran riqueza de textos que invitan a cultivar estas actitudes hacia ella. “Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas una larga vida en la tierra que te da el Señor tu Dios” (Ex 20,12), es un mandamiento del Decálogo que, como tal, orienta la vida social y religiosa del pueblo de Israel y es el único que conlleva una recompensa; hay otros textos que exhortan a observar la enseñanza de los padres (cf. Prov. 6,20), a obedecerles (cf. Ef 6,1-2) y a procurar que nunca les falte el cuidado que merecen (cf. 1Tim 5,4.8).

Pero, quizá, los más entrañables textos bíblicos que hablan de la madre son los que la presentan como el reflejo del mismo Dios: “¿acaso una madre olvida o deja de amar a su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré” (Is 49,15).  

La fiesta de la madre trae a nuestro corazón mil recuerdos llenos de cariño, gratitud y quizá nostalgia para quienes ya la tienen en el cielo. Que este día en honor a las madres, reavive también la certeza del amor de Dios al que siempre llamamos “padre” pero cuya ternura y amor entrañable es como el de una “madre”. 

El Día de la Madre es el momento idóneo para darle las gracias a tu madre por todos los esfuerzos que ha hecho a lo largo de su vida. Solo por ti y por los tuyos. ¡Qué bonito! Aquí dejamos un hermoso poema que nos puede servir, aunque el mejor poema es el que  brota del corazón de cada hijo e hija. ¡Felicitaciones a todas las madres!

 

 

¡Madre tú eres la mejor!

Madre, tú eres la dulzura,

tus manos son la ternura,

que nos brinda protección.

Es la sonrisa tu esencia,

que marca la diferencia

al entregarnos amor.

Nos entibia tu mirada

y la paciencia es tu aliada,

esforzada en tu labor.

¡Tantas noches de desvelo!

tanta lágrima y pañuelo,

¡para darnos lo mejor!

Tantas horas dedicadas

con sonrisas dibujadas

para hamacar mi soñar.

Entre besos, entre abrazos

fuiste creando los lazos

porque tú eres ejemplar.   

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Ramadán y tiempo pascual: camino conjunto como portadores de esperanza

El 13 de abril, para los musulmanes, empezó el mes sagrado del Ramadán, que terminará el 12 de mayo con la el Id al Fitr,  la segunda grande fiesta de la religión islámica. Ramadán es el nombre del noveno mes del año del calendario lunar musulmán durante el cual, según la tradición islámica, Mahoma recibió la revelación del Corán. 

En el espíritu de fraternidad que está soplando por el mundo y que el Papa Francisco ha reavivado con la Encíclica “Fratelli tutti”, la comunidad cristiana ha querido unirse espiritualmente a los seguidores de Mahoma y, a través del  Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, ha enviado «fraternales buenos deseos» a los «queridos hermanos y hermanas” en Abraham, el padre común en la fe.

Los musulmanes viven el Ramadán como un tiempo de  búsqueda y encuentro con Dios a través de la oración, el sacrificio del ayuno y la limosna en favor de los más pobres y esto va en sintonía con el espíritu del tiempo de Cuaresma que, para los cristianos, es el tiempo fuerte de conversión.

Como miembros de la Iglesia y aún más como hermanas franciscanas, estamos invitadas a acercarnos a nuestros hermanos musulmanes y orar para que su empeño religioso contribuya a promover y fortalecer en el mundo la paz y la fraternidad. La historia franciscana deja constancia de que, en una época de gran tensión entre cristianos y musulmanes, de la que las Cruzadas eran una de las más violentas expresiones, Francisco de Asís quiso acercarse a los seguidores de Mahoma con actitud dialogante y sincera y, presentándose humildemente al Sultán como  un enviado  de Dios, causó en él un fuerte impacto y se ganó inmediatamente su veneración y estima. Las fuentes biográficas, al relatar este hecho, subrayan que el Sultán percibió el fervor de espíritu y la santidad del hermano Francisco que no tuvo palabra alguna de desprecio para la persona de Mahoma ni para el Corán y tuvo respeto a las personas, reconociendo en todo la acción de Dios (cf. LM IX, 8).

El Ramadán, tiempo de conversión y la Cincuentena pascual, tiempo de gozo y esperanza por la Resurrección del Señor, son tiempos propicios que convocan a los fieles de estas dos grandes religiones a volver a Dios y a los hermanos y a ser mensajeros de paz y esperanza.  El mensaje del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, haciendo referencia al momento histórico que todos vivimos “en la misma barca”, remando juntos en la tempestad, retoma esta idea afirmando que «durante estos largos meses de sufrimiento, angustia y dolor”, se ha percibido «la necesidad de la asistencia divina y de expresiones y gestos de solidaridad fraterna» y que «nosotros, cristianos y musulmanes, estamos llamados a ser portadores de esperanza para la vida presente y futura, y testigos, constructores y reparadores de esta esperanza, especialmente para aquellos que experimentan dificultades y desesperación”. Como factores adversos a la esperanza, el Mensaje menciona la falta de fe en el amor, la pérdida de confianza en nuestros hermanos, el pesimismo, la desesperación y la presunción, y retomando las palabras del Papa Francisco en «Fratelli tutti» recuerda, que la esperanza, es «una realidad que hunde sus raíces en lo más profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y de los condicionamientos históricos en los que vive … es un anhelo de plenitud que llena el corazón y eleva el espíritu hacia las cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor».

Con la alegría y la fe en el Resucitado, nos unimos a nuestros hermanos musulmanes que hacen el Ramadán,  pidiendo al único Dios en quien creemos que nos ayude a abrirnos al Padre de todos, para fortalecer nuestra llamada a la fraternidad y vivir en paz entre nosotros (cf. FT 272).

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Experiencia de vida y servicio en la Pastoral Juvenil Vocacional

Con la alegría que caracteriza este tiempo pascual, celebraremos el próximo 25 de abril la LVIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Esta iniciativa de la Iglesia se prolonga en nuestras fraternidades durante todo el año pero este día, la comunión eclesial nos hermana, recordando por medio de esta invitación y mensaje del Papa Francisco que todas tenemos la responsabilidad de anunciar, cuidar, llamar y colaborar en la tarea de la Pastoral Juvenil Vocacional.

Mi nombre es Sandra Milena Velásquez Bedoya; con especial cariño me permito compartir mi experiencia como acompañante y promotora vocacional durante 8 años. Conmemoro  este día con la certeza de que todo cristiano es ya una carta de Dios para el mundo; lo vivo consciente de que todas las facultades y habilidades han de ser prestadas a Cristo de tal manera que se pueda exclamar “¡Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí!” (cf. Gal 2, 20 ), razón por la que estoy profundamente agradecida con todo lo que este servicio le ha aportado a mi opción como Religiosa Terciaria Capuchina.

La Pastoral Juvenil Vocacional, ha sido  una escuela de vida, me ha regalado la posibilidad de crecer en humanidad y de profundizar en la razón de mi llamada. Si alguien me preguntara, ¿qué me motivó a prestar este servicio?, no sólo diría “que la obediencia me ha enviado por medio de mis superiores mayores a ejercerlo”, sino que añadiría además “que me impulsa el deseo profundo de que muchos jóvenes puedan ser tan felices como yo lo he sido”.

Cuando en fraternidad pedimos al Señor que envíe muchas y buenas vocaciones a la Congregación, siempre me quedo pensando interiormente ¡ya no importa la cantidad!,  estoy segura de que cada persona que llega a nosotras, ya sea para quedarse o simplemente para descubrir su lugar en el mundo de cara Dios, es ya la tarea y el don compartido.

Si me preguntaran ¿qué les agradecería a las jóvenes que he acompañado?, sin lugar a duda diría que “su confianza es el mayor regalo que me han hecho en este servicio y a su vez la mayor responsabilidad que he tenido que custodiar con lealtad y respeto”; valoro la historia que con profunda fe y generosidad ponen entre mis manos y esto es lo que más he amado de este servicio; lo bueno que viene con cada persona, la novedad y distinción que ella trae con su experiencia de fe tan genuina y singular.

En estas primeras etapas de formación, disfruto profundamente escuchando a los jóvenes hablar de su experiencia de Dios, de su amor de juventud, de ese amor primero al que muchas de nosotras estamos invitadas a retornar. En las jóvenes, al inicio de su camino de discernimiento, hay tanta autenticidad a ese nivel que a menudo lamento que el tiempo vaya volviendo la experiencia tan uniforme y común.

Este es un servicio que no sólo se hace con dinamismo, creatividad o destreza en tecnologías; ni siquiera, estando a la vanguardia de los jóvenes de hoy. Sí que se requiere un poco de todo eso, pero más aún se requiere acierto, comprensión y amor incondicional en el arte de acoger a cada joven sin prejuicios ni etiquetas que bloqueen la posibilidad de un vínculo saludable, afectivo y efectivo que le permita avanzar en su camino de discernimiento con libertad y conciencia.

Un día, evocando mi propio camino de discernimiento vocacional, recordé un consejo de mi papá; antes debo decir que por algún tiempo él se opuso a mí opción vocacional -por ser hija única-, pero cuando conoció nuestro estilo de vida la valoró mucho. Pues bien, en aquella ocasión mi papá me dijo: “Sandra, yo creo que tú deberías hacer videos vocacionales en donde las niñas vean realmente cómo es la vida de ustedes y se los muestren a sus papás, para que no sean como yo que te hice sufrir tanto cuando me dijiste que querías ser religiosa, porque yo tenía una idea muy distinta de ese estilo de vida”.

Ese día comprendí que  la vida religiosa ha estado muy oculta y que necesitaba abrir sus puertas; por tanto, junto a las hermanas del equipo de PJV de mi Provincia, ideamos un programa semanal llamado: “Las Terciarias Capuchinas te abrimos las puertas de nuestras fraternidades”.  Un espacio sencillo, que ha convocado cada tarde del sábado a muchas de nuestras fraternidades, jóvenes y otros destinatarios de nuestra misión evangelizadora, que además  aprovechando estos medios, han expresado su cercanía y cariño a la Congregación.

Como Hermanas Terciarias Capuchinas hemos podido responder a las inquietudes de los jóvenes, darnos a conocer con sencillez y “sin filtros”, recuperar las historias de nuestras obras y nuestras propias historias vocacionales; sobre todo, dedicar tiempo para ellos, como bien nos anima a hacerlo el Papa Francisco en su Exhortación apostólica post-sinodal Christus Vivit (cf. nº 199). Por tanto, siempre que abrimos la puerta de una nueva fraternidad, revivimos el gozo de sabernos hermanas de todos, de puertas abiertas, dispuestas a acoger a quienes llegan de paso o para quedarse; porque sabemos que cada joven que llega a nosotras se queda con algo de nuestro Carisma y lo expande.  Así, nuestro corazón amigoniano se llena de nombres, presencias y recuerdos.

Finalmente, quiero agradecer este espacio tan nuestro, para compartir mi experiencia personal y  agradecer también el cariño con el que me han apoyado en la misión confiada. El Señor sigue llamando, sigue cautivando más corazones jóvenes y con ellas llega una extraordinaria novedad como promesa para nuestra Congregación; por eso, entreguemos con esperanza y confianza la señal de relevo, para que ellas continúen la carrera por los caminos ya andados por nosotras. Con seguridad, en esos caminos,  hay imborrables huellas de tantas hermanas que han pasado haciendo el bien; personalmente diré, que encontrar en el camino las huellas recorridas, da mucha confianza y también exige mucha responsabilidad.

Sintámonos  bendecidas con todas las jóvenes que llegan a nuestra Congregación, atraídas por el Señor, por su proyecto y por nuestro modo particular de vivirlo en la Iglesia.

HNA. SANDRA MILENA VELÁSQUEZ BEDOYA, TC5

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“Llamada a ser presencia misericordiosa en la experiencia de acompañamiento y atención a los enfermos de coronavirus”

“Si te despiertas por la mañana y ves que todavía estás con vida es que tienes una misión divina que cumplir”.

Este pensamiento que el Señor puso ante mis ojos en un momento difícil y duro de mi vida me acompaña desde entonces cada mañana como una llamada a renovar mi “sí” y entregarme con confianza para realizar esa misión que me confía sabiendo que ahí donde vaya, Él me precede. Tal vez por eso, ante la realidad de la pandemia que con tanta fuerza y dureza nos sorprendió a todos, en ningún momento sentí miedo, sino que al contrario, me sentí feliz y agradecida al Señor por el privilegio de poder estar en primera línea, aun intuyendo que no iba a ser fácil.

Durante mis más de 35 años al cuidado de los enfermos he vivido situaciones duras, difíciles, pero también, y muchas más, esperanzadoras y llenas de vida. Sin embargo, la experiencia de la pandemia nos ha obligado a todos no sólo a replantearnos quizás una manera nueva de entender la vida, sino también una manera nueva de trabajar, afrontar y compartir todo aquello por lo que luchamos cada día para mejorar la salud y la calidad de vida de nuestros enfermos.

Al principio, todo era desconcierto y mucha confusión. Por todas partes nos llegaban nuevas instrucciones, medidas, protocolos… Lo que nos era conocido y dominábamos, se transformó en unas horas y para todos en algo desconcertante, incontrolable, invisible y peor aún, con “sabor y color a muerte”, pero real, pues las camas se iban llenando de enfermos angustiados, asustados, con la impresión de ser arrancados de sus seres queridos y con un gran sentimiento de soledad. Este primer momento donde caen todas las seguridades fue para mí un experimentar la fuerza y la gracia del abandono y confianza en Dios; experimentar que toda nuestra energía se multiplica y se vuelve creativa dejando a Dios actuar a través nuestro. Así es como ocurre el milagro.

Nuestra unidad de cirugía donde los enfermos entran con un problema concreto de salud y salen curados, se convirtió rápidamente en una unidad “Covid” donde nada era programable, ni calculable, ni previsible, ni había respuestas claras para muchas de las preguntas que nos hacían los enfermos. Esta impotencia nos obligó a todos, incluso a los más alejados de Dios, a actitudes de humildad, diálogo, búsqueda común y reconocimiento de que, sin una intervención divina, no íbamos a poder afrontar esa situación.

Si siempre ha sido importante para mí el ocuparme del enfermo en su integralidad, esta ha sido una experiencia en la que con mucha más fuerza y claridad he percibido que ese “salvar vidas” que tanto hemos escuchado no sólo consiste en salvar el cuerpo, sino que también se puede “salvar la vida” acompañando con el cuidado, la misericordia y la ternura de Dios el camino hacia la muerte, como un paso y despertar a una nueva vida en plenitud.

Es a veces muy difícil decir al enfermo con palabras o simplemente con el silencio que la vida se le está escapando y que humanamente va a ser difícil detener ese proceso. Sin embargo, pude experimentar cómo la verdad puede ser fuente de paz y aceptación. Recuerdo un enfermo que me dijo: “Gracias porque es usted la primera que me escucha y sin miedo no me niega la verdad con falsas esperanzas porque yo sé que se me acaba la vida” u otra enferma que me decía: “Perdone que le hable tanto pero cuando una se siente en confianza es más fácil hablar y hablando se pierde un poco el miedo”.

Si el sufrimiento es una experiencia dura, cuánto más lo es cuando se vive en la soledad y lejos de aquellos que más que nunca necesitas tener a tu lado. No se me olvida la expresión de emoción y agradecimiento en la cara de una enferma cuando le entregué la bolsa con cosas que le había traído su hija y, aunque no la había visto, expresó con una inmensa alegría: “¡Mi hija ha estado aquí!”, y al coger la bolsa era como si tuviera a su hija en los brazos. También aquel enfermo que con tanta alegría y orgullo acogía los bollos que su hijo cada día, antes de ir a trabajar, dejaba en la recepción del hospital para el desayuno de su padre.

Acompañar esa soledad ha sido un gran reto en el que en todo momento me he sentido acompañada yo misma por la mano de Dios. En los primeros días, entrando en una habitación me dijo una enferma: “Con toda esa protección que llevan encima les veo a todos iguales y no sé quién es el que entra o el que me cuida”. En ese instante me di cuenta de lo importante que era estar presente junto al enfermo, para quien éramos el único contacto humano, pararse y a través de un silencio, una palabra, un gesto, una mirada, una manera de tocar, de escuchar, de acoger,  ir ofreciendo calidez y humanidad para crear una relación que pudiera llenar, aunque sea un poco, ese vacío y reclamo del corazón. “No hay ternura posible en ritmos acelerados porque la ternura necesita del silencio y de la escucha para gestarse”. El Señor me concedió poder “estar” junto al enfermo y en medio del trabajo, del movimiento y a veces también las prisas, tuve el regalo de escuchar frases como estas: “¿También la veré a usted mañana?”; “La reconozco porque veo sus ojos que siempre sonríen”; “Es usted un ángel para mí” o “He estado pensando en lo que hablamos ayer”…

Junto al cuidado  y acompañamiento al enfermo también tuvimos que afrontar una manera nueva de acompañar a las familias, particularmente en los momentos fuertes y duros de despedida o de duelo en los que éramos el único medio de contacto y en los que tampoco para nosotros era fácil controlar las emociones. Pero una vez más, sentí como privilegio el poder ser transmisora de tanto cariño y entereza a pesar del dolor. Me quedan en el corazón las palabras que me transmitía una hija para que le dijese a su madre que llevaba días entre la vida y la muerte: “Dígale a mi madre que se puede marchar, que desde el cielo seguirá cuidándonos a cada uno y a toda la familia”. Unas horas más tarde, el Señor la acogía en el cielo. Así va actuando el Señor, de manera silenciosa, escondida, misteriosa.

Otra situación dura en la que nunca pensé que sería posible llegar fue, dada la falta de camas disponibles en la UCI, el tener que elegir entre dos pacientes para poder beneficiar de cuidados más técnicos. Después de un largo diálogo para evaluar la situación, acordamos esperar un día más antes de decidir. Pedí con fuerza al Señor que si era posible nos librase de tal decisión. Y allí se produjo el milagro, pues al llegar al día siguiente me informaron que uno de los pacientes había presentado una gran mejoría y el otro se mantenía estable.

Con inmensa gratitud puedo decir que, día tras día, y especialmente en los momentos en que se mezclan el cansancio, las emociones, la incertidumbre, el dolor, ha sido un gran regalo el poder contar con la presencia, la escucha, la comprensión y el apoyo incondicional de mis hermanas de comunidad.

Cuántas veces en situaciones duras, de sufrimiento, de impotencia hemos oído esta pregunta: “¿Dónde está Dios en todo esto?”. Quizás incluso nos la hemos hecho también nosotras. Pero la respuesta no está en las palabras sino en la experiencia de la fe en un Dios que nos ama, sufre con nosotros y se manifiesta acompañándonos con su gran misericordia y ternura. Un Dios que también nos necesita y quiere contar con nosotras confiándonos cada día “una misión divina que cumplir”.

Por todo:  “¡Alabado seas mi Señor!”

M.R.A.R.

(La autora de este artículo es una hermana enfermera terciaria capuchina que desea mantener su anonimato)

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Experiencias alternativas de autosostenibilidad económica en Filipinas

La pandemia originada por el Covid 19 cumple ya un año de presencia en el mundo y parece que aún está lejos su fin, si bien han ido disminuyendo tanto su fuerza como la sorpresa que nos causaba. Ya antes de la pandemia nuestra Congregación, inserta en la realidad del mundo y caminando en los pasos de “avanzada” con la Iglesia, se había replanteado el tema de una economía evangélica, fraterna, sostenible y solidaria.

En la Viceprovincia general “Santa Clara”, la pandemia ha sido sin duda una gran oportunidad para “vivir la profecía de la economía solidaria desde la austeridad, minoridad y el uso adecuado de los bienes, el compartir con los pobres y las exigencias de la justicia social vivida evangélicamente” (cf. XXII Capítulo general, Opción 4).

En este año se ha ido haciendo un proceso de adaptación, aprendizaje y toma de conciencia en el que ha sobresalido la creatividad, la solidaridad y la fraternidad, elementos esenciales para lograr una economía evangélica y sostenible. La creatividad ha surgido ante la necesidad de tenernos que re-inventar la vida ante el cierre de la mayor fuente de ingresos que la Viceprovincia tenía y esto a su vez nos ha reportado:

  • Solidaridad con los pobres, empatía, sentir en la propia piel la incertidumbre de no tener trabajo y lo que esto supone.
  • Re-descubrimiento de nuestras capacidades y habilidades, ha abundado el ingenio, la cooperación y la resiliencia.
  • Nueva forma de percibir nuestra vida religiosa desde una manera diferente de un compartir mutuo con los pobres.
  • Fortalecimiento de nuestros vínculos fraternos, reconocimiento.
  • Constante cuestionamiento por apostar no solamente por la auto-sostenibilidad sino también por el tema ecológico, por el impacto positivo que pueda tener al menos en nuestro pequeño entorno.
  • Hemos descubierto la necesidad de re-pensar el cómo ayudar a sostener las pequeñas economías y a optar por lo “no-branded”.
  • Nuestro entorno apostólico se ha ampliado y de manera inimaginada, todo desde nuestra necesidad.

Entre los proyectos emprendidos citamos:

  1. Venta de comida tradicional y pastelería: “Pick n´eat”.
  2. Total Cleaning: fabricación casera de productos de aseo e higiene que incluye un bio-líquido de aprovechamiento de la corteza de la fruta y otros desperdicios naturales que reducen el impacto químico.
  3. Incremento de huertas domésticas en las diferentes comunidades para el propio consumo.
  4. Creación de una pequeña Granja, aprovechando un terreno de nuestra propiedad, con criadero de peces, pollos, cerdos.
  5. Fabricación de velas
  6. Clases y tutoriales de inglés online

Las fotografías y los videos que aportamos son una muestra gráfica de lo que hemos podido realizar.

HNA. ÁNGELA MARÍA MARTÍNEZ SIERRA, TC

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Francesco: «ni siquiera una lágrima, ni siquiera un gemido se pierde en el plan de salvación de Dios”

En la Audiencia general del Miércoles Santo, el Papa Francisco, dio una breve explicación del sentido de las celebraciones del Triduo pascual, resaltando que quien participa en ellas renueva el misterio de la Pascua, e hizo una sentida reflexión sobre el acontecimiento histórico y la realidad que vivimos hoy en el mundo.

Después de presentar brevemente algunos aspectos fundamentales de cada celebración, subrayando en ellas la intervención redentora del Señor en la entrega de su Cuerpo y de su Sangre conmemorada el Jueves Santo; en su profunda experiencia de dolor, representada el Viernes Santo, en la cual se refleja todo sufrimiento humano; y el silencio cargado de esperanza del Sábado Santo, el Papa Francisco lanzó su mensaje afirmando que “en las tinieblas del Sábado Santo irrumpirán la alegría y la luz de la Vigilia pascual y el canto festivo del Aleluya”, nos encontraremos “en la fe con Cristo resucitado que disipa todas las preguntas, las incertidumbres, las vacilaciones y los miedos y… nos da la certeza de que el bien triunfa siempre sobre el mal, que la vida vence siempre a la muerte y nuestro final no es bajar cada vez más abajo, de tristeza en tristeza, sino subir a lo alto”.

Y como últimas palabras de su discurso, el Papa dijo que “ni siquiera una lágrima, ni siquiera un lamento se pierden en el plan de salvación de Dios”.

La Pascua evoca y hace presente en el mundo el triunfo de la Vida sobre la muerte y de la Luz sobre las tinieblas y renueva la esperanza que puede apagarse en el corazón del hombre, sobre todo cuando experimenta su propia fragilidad. En esta fiesta no podemos dejar a un lado el drama que vivimos pero sí que podemos abrir el corazón al Resucitado que viene a encontrarnos por los caminos de la Galilea que recorremos en la cotidianidad de nuestra vida y nos dice: “¡Paz a vosotros… Soy yo, no temáis…! (cf. Mt 28,9-10; Jn 20,19) y, haciéndose peregrino camina a nuestro lado, reavivando con su palabra las brasas que arden en nuestro corazón (cf. Lc 24,13-33).

Cristo ha resucitado y es el Resucitado: afiancemos nuestra fe y corramos a anunciarla a nuestros hermanos allá donde nos encontramos.

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Curso bíblico online

El pasado 29 de marzo dio comienzo el curso bíblico online organizado por la Congregación, destinado a las hermanas en el marco de la Formación Permanente. El tema del curso es: “El Evangelio de Marcos” y se desarrollará en siete sesiones, con una frecuencia quincenal, finalizando el próximo 21 de junio. La ponente del curso es nuestra hermana terciaria capuchina, Estela Aldave Medrano, doctora en Teología Bíblica. En la 1ª sesión, Hna. Estela ha presentado la “Introducción al Evangelio de Marcos”.

El curso responde a la sugerencia de muchas hermanas que habían pedido una formación bíblica y carismática online. Aunque pensamos que tendría una buena recepción, la acogida de las hermanas ha superado con creces nuestras expectativas. La participación nos ha unido con conexiones de muchas comunidades de todos los rincones de la Congregación. Ha sido también un momento de crear comunión en nuestras búsquedas y el deseo de que la Palabra de Dios sea la referencia constante en nuestra vida.

La presentación de Hna. Estela ha sido clara, sencilla, con una buena didáctica en la transmisión de los contenidos, para hacernos entrar en el tema, abriendo el horizonte para ir comprendiendo el marco general donde progresivamente se van a ir desarrollando las distintas sesiones del curso. La ponente nos ha contagiado su amor por la Palabra y nos ha invitado a acoger este Evangelio, dejándonos sorprender por ese relato ágil, de lectura atrayente, que va manteniendo en todo momento la tensión, que genera experiencias de transformación, donde se pone de manifiesto la torpeza de los Doce, la paradoja de Jesús en su camino de fracaso y muerte; un evangelio que nos deja ver la gran expresividad de Jesús, sus sentimientos y emociones…

Ni Jesús, ni los evangelios, ni los teólogos… nadie puede darnos recetas para que las apliquemos en nuestro camino de seguimiento, pero sin duda, como señalaba Hna. Estela, el evangelista Marcos nos ofrece signos de discernimiento que con atención y con un espíritu contemplativo, podemos ir descubriendo en la lectura atenta, orante de la Palabra de Dios.

La primera sesión del curso coincidió con el Lunes Santo, una buena preparación para abrirnos a los acontecimientos que con la Iglesia vamos a revivir un año más, concluyendo la subida a Jerusalén, para celebrar la Pasión y Muerte de Jesús. Que podamos abrazarnos a esa Cruz del Señor que Marcos nos presenta en su Evangelio sin adornos, desnuda, esa Cruz de Cristo que se convierte en Árbol de Vida, en resurrección.

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Lanzamiento de la página web congregacional en italiano

En este mes de abril de 2021, nuestra página web congregacional se enriquece con la versión en lengua italiana; nos alegramos de haber podido traducirla y así, facilitando el acceso a un público más amplio, compartir con más personas su contenido que, en realidad, no es otra cosa que el reflejo de una experiencia de vida y misión brotada del corazón de Luis  Amigó y cultivada por quienes han sido llamados a mantener vivo el Carisma que él recibió de Dios.

En Italia están presentes las dos congregaciones que fundó el Padre Luis Amigó y Ferrer. Los Hermanos Terciarios Capuchinos hicieron su primera fundación en Italia en el año 1926, estando todavía vivo el Padre Fundador, quien siempre soñó y miró con paternal afecto la presencia de sus hijos e hijas en esta tierra; las Hermanas llegaron en el año 1964, año en que se trasladó a Roma la Curia general.

En el transcurso del tiempo, las Hermanas Terciarias Capuchinas, procurando mantenernos atentas y disponibles para responder a los retos del momento y del lugar, hemos  ido abriendo y cerrando varias presencias en Italia, todas ellas comprometidas en el ámbito de la educación, la protección de menores y la pastoral juvenil en las iglesias locales donde nos  encontramos.

Actualmente, estamos en Roma donde tiene su sede la Curia general y en Galatone (Lecce – Puglia), pequeña ciudad del “tacón  de la bota”, perteneciente a la Provincia “Nazaret”.

Galatone fue el lugar de la primera fundación italiana de nuestros Hermanos y tierra de origen de la mayoría de las Hermanas italianas de nuestra Congregación. La comunidad lleva un Centro diurno que ofrece un espacio educativo a los niños del barrio en el que viven y está comprometida en otros proyectos a favor de adolescentes y sus familias, colaborando igualmente todas las hermanas en la pastoral parroquial y en la pastoral juvenil diocesana. Además, una hermana da clases de religión en un colegio público.

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119 aniversario de la aprobación pontificia de nuestra Congregación

Celebramos con gozo en este día 25 de marzo la solemnidad de la Anunciación del Señor; el misterio de la encarnación del Hijo de Dios en las entrañas de la Virgen María, el momento en el que esa joven nazarena dijo “sí” a la voluntad de Dios, haciendo posible que la salvación llegase a toda la humanidad.

Y en el marco de esta solemnidad, las Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia celebramos además el 119 aniversario de la aprobación pontificia de nuestra Congregación y Constituciones, que tuvo lugar tal día como hoy del año 1902, por el Papa León XIII, hecho que recoge el P. Luis Amigó, nuestro Fundador en su Autobiografía (cf. OCLA 154), expresando que fue un momento de gran satisfacción para él. Igualmente conmemoramos en esta fecha el día de la misión terciaria capuchina.

Felicitamos a todas las hermanas de la Congregación, dando gracias a Dios por el regalo de nuestra familia religiosa en la Iglesia, por el don de este Carisma que hemos recibido y estamos llamadas a seguir encarnando y extendiendo con fidelidad creativa, servidoras de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Y de una manera especial, nos congratulamos con las hermanas de la Provincia “Nazaret” de Europa, que celebran también hoy su fiesta patronal.