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Lectio Divina Bautismo del Señor

Redescubrir el SER virtuoso que has recibido por el Espíritu Santo

«Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo» (Juan 1, 33).

Primera lectura: Lectura del libro de Isaías 42, 1-4. 6-7

 Segunda lectura: De los Hechos de los apóstoles 10, 34-38

Evangelio Según San Marcos 1, 7-11

«Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu».

Como un eco de la Epifanía, celebramos hoy el bautismo del Señor, su manifestación pública,»Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu».El profetismo es una auténtica forma de vivir, fundamentada en la elección que hace el Señor desde el vientre materno, como lo expresa Isaías en su llamado. Identificar las acciones propias del Espíritu requiere discernimiento y oración, al igual que comprender las obras propias del Reino. Es esencial reconocer hasta qué punto asumimos la elección de ser elegidos por Dios y, desde esta misión, abrazar nuestro ser cristiano. Si el Espíritu del Señor está sobre ti, tus decisiones, acciones y pensamientos estarán encaminados a proclamar la verdad de Aquel que te brinda sabiduría.

En la segunda Lectura…»Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea».

Una de las características más hermosas de nuestro Dios es la grandeza de su misericordia y el corazón que le permite amar sin reservas a todos sus hijos. Nuestra meta en la tierra es lograr tener un corazón como el del Padre, una tarea desafiante pero que traza un camino de configuración con el Señor. Si reflexionas sobre tu corazón, ¿cuánto has crecido en amar sin distinción, prejuicio o crítica?

Escucharemos en el Evangelio la Voz del Padre: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».

El bautismo de Jesús revela la identidad plena y divina que le ha sido otorgada como Hijo de Dios, manifestando auténticamente los dones del Espíritu en la vida humana. Como afirmó San Cirilo, «las primicias y los dones que se otorgan a la humanidad se mostraron primero en la humanidad del Salvador». A partir de esta afirmación, podemos reflexionar sobre los dones otorgados al Hijo de Dios en su humanidad y redescubrir el sello auténtico que nos brinda el bautismo. La identidad de Jesús se basa en los principios del evangelio; por lo tanto, el amor y la caridad son la brújula para decisiones y acciones, y la verdad y la justicia son criterios para opinar, observar y analizar. Frente al sello del bautismo que nos regala la fe y la identidad de Jesús como culmen perfecto para actuar, ser y decidir, se nos presenta la vida auténtica de un creyente que no vive las virtudes y dones por sí mismo, sino por GRACIA del Espíritu. Ejercitarse en las virtudes y dones del Espíritu Santo nos permite crecer en autenticidad, verdad, justicia y santidad. ¿Cómo asumes esta identidad de hijo de Dios que te implica transformar tu debilidad en don y gracia para vivir con los hermanos?

Hna. Johanna Andrea Cifuentes Gómez, tc

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Lectio Divina en la Fiesta de la Sagrada Familia

Primera Lectura: Lectura del libro del Eclesiástico 3, 2-6.12-14

Sal 127, 1-2. 3. 4-5

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 12-21

Evangelio de San Lucas 2, 22-40

Vivir como hogares auténticos al estilo de la Familia de Nazareth es el desafío que nos presenta la octava de Pascua, una festividad hermosa capaz de despertar la espiritualidad y la conexión entre padres e hijos, siguiendo el ejemplo de Jesús, María y José.

Este año, la celebración de la Sagrada Familia conmemora su 150 aniversario desde su institución por el Papa León XIII. Esta celebración no solo ilumina la historia, sino que también arroja luz sobre la experiencia actual de la vida familiar. ¿Te has preguntado cómo vives tu papel como madre, padre o hijo/a en la misión que Dios te ha encomendado? Dedica tiempo a la oración y la reflexión.

En la primera Lectura el texto proporciona una reflexión sobre la   importancia del amor y respeto a los padres. Nos recuerda que honrar a los padres es un acto de justicia y gratitud, no importa las circunstancias, conllevando la promesa de una larga vida y bendiciones para los hijos. Nos invita a considerar como honramos y mostramos el amor a nuestros padres y la manera como se impacta a la comunidad y a comprender que el amor, el respeto y gratitud son fundamentales para la plenitud de la vida.

El Salmo 127 es un hermoso poema que nos habla sobre la importancia de depender de Dios en todas las áreas de nuestra vida. nos recuerda que debemos permitir que Dios sea el fundamento y la guía en todo lo que emprendemos. Sin Su ayuda, nuestros esfuerzos pueden ser en vano. Confiando en su protección y cuidado de Dios en nuestras vidas y en todo lo creado. Es una invitación a confiar en la providencia poniéndolo de primero y no colocando y dependiendo de nuestro esfuerzo y títulos. Por último, está el cuidado de los hijos como don y regalo de Dios, que se deben cuidar como amor y responsabilidad y enseñándoles y preparándolos para enfrentar los desafíos de la vida.

En la segunda Lectura San Pablo inicia una exhortación de carácter místico frente a las virtudes que tienen todos los elegidos por Dios, al mencionar la expresión “revestíos” indudablemente te imaginas un vestido, un traje, una manta, pues desde allí reconoce la grandeza que tiene el sentirte elegido y a la vez lo que implica vestirte no con atuendos materiales sino con las virtudes propias de los hijos de Dios. Compasión, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia y perdón. No es sencillo vivirlas porque nuestra condición humana nos hace frágiles, sin embargo, la oración como elemento fundamental de la vida de fe te permite lograr caminos insospechados y espirituales. Un ejercicio sencillo y práctico que te puede servir lo menciona el mismo Pablo “empieza por agradecer cada situación, persona u acontecimiento de la vida con ello las demás virtudes se darán poco a poco”. 

Y Finalmente   nos acercamos a un evangelio familiar que relata la fidelidad de José y María al cumplir las prescripciones y leyes de Israel; en este caso, la purificación en el templo refleja una familia piadosa y devota, comprometida a cumplir fielmente lo que el Señor demanda. Sin embargo, enfocémonos en las figuras de José, María y Jesús.

José, un hombre prudente y silencioso, representa la auténtica propuesta de un esposo capaz de asimilar estas virtudes para la vida familiar. María, una esposa laboriosa, trabajadora y orante, encarna la figura de una madre que está atenta al proceso de su familia. Jesús, como bien dice Lucas, crece en sabiduría y gracia; este proceso es propio de los hijos que, a lo largo de la vida, van creciendo y, con la experiencia, reconocen la presencia de Dios.

Actualmente, nos encontramos ante una sociedad con propuestas diversas sobre lo que significa ser familia, pero Jesús, María y José son el SER auténtico de una familia que nunca deja de asumir la vivencia plena, mística y contemplativa de la existencia. Hoy presentan las virtudes propias de una familia cristiana.

SER familia es un reto que no solo desafía los esquemas sociales, sino que también irrumpe en la vida real de la caridad, fraternidad y amor en un hogar. SER FAMILIA es la propuesta del Reino expresada en vínculos afectivos. Si eres madre y sientes que esta tarea es difícil, asume el ejemplo de María en su espíritu de oración. Si eres padre, adopta el rol de José, un hombre prudente y atento a las necesidades de su esposa. Si eres hijo/a, recuerda que estás en un proceso de aprendizaje y que Dios te indicará día a día las enseñanzas necesarias para crecer en sabiduría.

Hna. Johanna Andrea Cifuentes Gómez, tc

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Lectio divina IV Domingo de Adviento

Primera Lectura. II Samuel 7:1-5, 8-12, 14, 16. … “Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo”.

Salmo Responsorial. Salmo 89:2-5, 27, 29. …Sellé una alianza con mi elegido”

Segunda Lectura. Romanos 16:25-27. …Revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos”

Evangelio. Lucas 1:26-38. “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Hemos llegado al IV Domingo de adviento y con él, al final de la ruta recorrida como preparación a la celebración de la Natividad del Señor, hemos recorrido esta senda de adviento con el único propósito de llegar dispuestos para renovar un año más el regalo más grande de Dios a la Historia de la Humanidad que es su propio Hijo, el Emanuel.  Hoy, en el cuarto domingo de Adviento, la liturgia nos permite recordar que Dios cumple sus promesas en tan esperado Mesías.

En la primera lectura, escuchamos cómo el profeta Natán le habla al rey David sobre la promesa de Dios de establecer una dinastía eterna para su pueblo. Esta promesa se cumplió en Jesucristo, quien es el descendiente de David.

En el Salmo Responsorial, se nos recuerda que Dios es fiel a sus promesas y que su amor y misericordia son eternos.  Y En la segunda lectura, San Pablo nos habla sobre el misterio de la salvación que ha sido revelado a través de Jesucristo.

Pero detengámonos hoy de manera especial en el Evangelio. San Lucas nos ofrece el relato de la Anunciación, en el que el ángel Gabriel visita a María y le anuncia que ella será la madre del Mesías. María, con desconcierto, pero aun así con profunda fe, acepta su papel en la historia de la salvación.

En el corazón de esta celebración está el papel crucial que María desempeñó. Ella, una joven humilde y fiel, recibió la visita del Ángel Gabriel, quien le anunció que sería la madre del Hijo de Dios y su «Sí» fue un acto de entrega total y confianza en el plan divino, un ejemplo de obediencia y humildad que cambió el curso de la historia.

El «Sí» de María nos enseña que la verdadera grandeza radica en la disposición a cumplir la voluntad de Dios, incluso cuando no entendemos completamente su plan. Su ejemplo de fe   y determinación en un momento de la historia donde como mujer, estaba totalmente supeditada a la custodia de un varón es realmente desconcertante; María nos inspira al desafiar el orden social establecido en su época, tan solo afirmada en la certeza de que era Dios quien hablaba a su corazón y Dios no miente.

 Que admirable su confianza, aquella que muchas veces nos falta a nosotros porque existe una gran diferencia entre: Creer en Dios y creerle a Dios. Sin lugar a duda María le creyó a Dios y su fe fue suficiente para hacer posible el más importante acontecimiento de la historia: La Encarnación.

La anunciación es una invitación a pensar que Dios desea establecer una relación, un encuentro con nosotros, que nos envía mensajeros y mensajes para posibilitar ese vínculo, que se acerca de manera sorprendente e insospechada a nuestra vida, sin más pretensión que encontrar nuestro corazón dispuesto como el de María.  Y que en ese mensaje hay una enorme cuota de confianza suya depositada en nuestra vida, Él es el Dios que se pone en nuestras manos, a nuestro alcance, que se hace fragilidad desafiando los estereotipos e imágenes acomodadas que nos hemos hecho de Él.

Terminemos esta reflexión citando las palabras del padre Eduardo Meana en su Hermosa interpretación musical “Oh, tierracielo”, para que comprendamos en ella el sublime acto de amor que encierra la encarnación del hijo de Dios.

Oh Dios que te has atado con las cuerdas del tiempo
A nuestras coordenadas, a nuestros ritmos lentos
Al devenir incierto de nuestro aprendizaje
Al río irregular de nuestro crecimiento

Vos revelaste el fondo de ésta, nuestra existencia
Lo nuestro estaba en Vos, lo nuestro era lo tuyo
Lo humano era «más» – capaz de Dios, y sagrado
Dramático y sagrado, nuestro «estar en el mundo»

¡Lo opaco de la tierra en vos fue transparente!
Lo opaco fue capaz de cielo y de Palabra
Y se espejó en tu carne que somos «tierracielo»
Fragmentos de infinito en carne iluminada

Beso santo de dos palabras
¡Oh, Jesucristo, Oh, tierracielo!
Fuerte tierno, señor humano
Divino nuestro, divino nuestro

Divino y despojado, Dios asombroso y nuestro
Hermano y vulnerable, expuesto a desamores
Concreta superficie de humana piel dispuesta
A luna y sol, a abrazos, y a látigos y golpes

Tu encarnación es el mapa de nuestra esperanza
Lo humano, en tu humanidad, se yergue en silencio
Destino y maravilla que tu cuerpo nos narra
Lo nuestro cabe en Dios y este Dios cabe en lo nuestro

¿Qué Dios impronunciado viajó en el embarazo
Sereno y misterioso de la Madre Doncella
Sino el Dios cuya espalda viene por el trabajo
De siembras y semillas, de redes y de pesca?

Beso santo de dos palabras
¡Oh, Jesucristo, Oh, tierracielo!
Fuerte tierno, señor humano
Divino nuestro, divino nuestro.

Que el Dios con nosotros sea el más auténtico motivo que colma de gozo nuestro corazón en esta nueva navidad.

 

Hna. Sandra Milena Velásquez B, TC

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Lectio Divina Tercer Domingo de Adviento

1ª lectura: Is.61,1-2ª.10-11.    «Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios» dijo Isaías.

«Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador,” dijo María.

2ª lectura: 1Tes. 5, 16-24 «Estad siempre alegres», dijo San Pablo.

EVANGELIO San Juan 1, 6-8.19-28: «Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor»,

 

«En la senda de este nuevo adviento hemos llegado al Domingo de la alegría y la iglesia lo denomina «Gaudete» Palabra latina que significa «alegraos». En el contexto del Domingo de la Alegría en el Adviento, la Iglesia lo denomina así para resaltar la importancia de la alegría que sentimos al acercarnos a la celebración del nacimiento de Jesús. Es un recordatorio de que, a pesar de las dificultades y desafíos, siempre hay motivos para la esperanza y el gozo.

Desentrañemos de estos textos de la liturgia la invitación a la alegría como telón de fondo.

La primera lectura tomada del profeta Isaías, nos permite remontarnos al evangelio: Traigamos a nuestra memoria aquel texto bíblico tomado del evangelio de San Lucas 4, 18-22, cuando Jesús llegando a la sinagoga en Shabbat, tomó el rollo de Isaías, proclamó justo este capítulo que hoy hemos leído y que en sus expresiones define al Mesías y a su encargo ratificando primero que está ungido por el Espíritu y que ha sido enviado para

  1. Dar buenas noticias a los pobres
  2. Curar a los de corazón desgarrado.
  3. Proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros de la libertad.
  4. proclamar el año de gracia del Señor.

Detengámonos en este último encargo del envío. José Antonio Pagola, teólogo y escritor español, interpreta la proclamación de Jesús sobre «el año del Señor» en el contexto del jubileo, un concepto del Antiguo Testamento. En su libro «Jesús, aproximación histórica», Pagola explica que Jesús alude al jubileo, un año sabático especial que se celebraba cada 50 años, durante el cual se proclamaba la liberación de las deudas y la restauración de propiedades.

Para Jesús, proclamar el «año del Señor» simbolizaba un mensaje de liberación, justicia y restauración integral para las personas.  Jesús estaba anunciando una transformación profunda en la vida de la gente, tanto a nivel espiritual como social, enfocándose en la misericordia y la equidad.

No cabe duda que el encargo del Mesías fue una noticia que colmaría a sus coterráneos de gozo y esperanza, sentimientos casi inconcebibles en el marco de una época de la historia donde se experimentaba el yugo opresor del imperio Romano y sus alianzas (Pax Romana)

Continúa la liturgia de este III Domingo de adviento presentándonos en el salmo la figura del María en la proclamación del Magníficat, su motivo de gozo, su más profunda alegría: Saber que el Señor ha mirado la humildad de su esclava y en ella a todos los pequeños y sencillos, los “Anawin” (Pobres de Yahvé).

Finalmente, en el Evangelio de este III Domingo continuamos identificando en Juan a ese profeta que hoy se autodefine como el testigo de la luz, el que como dice el texto bíblico Confiesa y no niega, que no es el Mesías. Aquel que prepara el camino al Señor. La Voz que grita en el desierto: “Allanad los Caminos”

 Hace algunos días Monseñor Manilla decía hermosamente al respecto: “Juan era la Voz, Jesús la Palabra” ¿Prestamos nosotros nuestra Voz a la Palabra?

Hna. Sandra Milena Velásquez B, tc

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Lectio Divina Segundo Domingo de Adviento

Lectura del Profeta Isaías Is 40, 1-5. 9-11.

“Consolad, consolad a mi pueblo dice el Señor”

Salmo 84: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”.

 

Segunda carta del Apóstol San Pedro 3, 8-14.

Marcos 1, 1-8: Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor,

Durante este segundo domingo de adviento Isaías concreta la misión de todo profeta diciendo: “Consolad, consolad a mi pueblo dice el Señor, hablad al corazón del Hombre”. Y presenta desde la primera lectura de manera intrínseca a Juan; lo va a definir como la voz que clama en el desierto, como el heraldo, el mensajero. Pero a su vez nos va a revelar su doble misión: En un principio, lo vemos como un profeta que emerge en el complicado escenario histórico para brindarnos esperanza, y más tarde como un profeta que demanda un cambio de actitud. Sin embargo, lo más importante es la definición que el profeta y más adelante el evangelista proporcionará de él, explicando la razón de su presencia especial en este momento: «Voz que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos».

La entrada del precursor, del Mesías en el escenario de la historia es el tema del evangelio de hoy,  Lucas nos conduce por un itinerario muy claro en el que nos presentará la figura de Juan Bautista  a partir de tres referencias directas:

Una mirada al marco histórico en el que Juan comenzó su ministerio (3,1-2ª)

El evangelio es claro, la labor de Juan y Jesús se desarrolla en un contexto histórico concreto, donde las figuras de los gobernantes destacan. A esta estructura de poder dominante de la época se envía un mensajero por eso la intención de este segundo domingo de adviento es advertir que Dios habla a través de su precursor que trae un doble anuncio, como ya lo hemos dicho.  Dios entra en la historia, se pone de nuestro lado en las circunstancias comunes de la vida humana. Los personajes mencionados están vinculados directa o indirectamente con el ministerio de Juan y Jesús; su relación con las autoridades será conflictiva. Una confrontación necesaria pero arriesgada es el encargo que tiene Juan.

Todos sabemos el desenlace cruel de la misión de Juan y sin embargo, el evangelio no promueve la actitud derrotista frente al poder que silencia a los profetas con métodos violentos. La mención de estos personajes que ejercen poder destructivo busca transmitir una buena noticia: no estamos completamente entregados a los poderes históricos, ya que la última palabra sobre el destino del mundo la tiene Dios, el Señor de la historia. Con la llegada de Jesús, cuyo camino prepara Juan Bautista, Dios rompe el ciclo de hierro y el curso inamovible de las fuerzas históricas que oprimen al ser humano acaparándolo todo ya lo veremos más a fondo en el III Domingo de adviento. Por tanto, Jesús y el último de los profetas entran en escena estrechamente ligados a esta historia.

La presentación de la vocación del profeta (3,2)

Juan es la voz que grita en el desierto y vale la pena detenernos para retomar este simbolismo: El “desierto” nos remite a los orígenes del pueblo de Israel en el éxodo e incluso nos devuelve a los comienzos de la historia misma. El desierto evoca aridez, soledad, anonimato, miedo, carencia, falta de esperanza. En él nos rozamos con la muerte. El desierto es el lugar donde si uno grita nadie lo escucha; donde si uno se desvanece agotado sobre la arena, no hay quien se ponga a su lado.

¿Qué significa entonces escuchar la voz de Dios en el desierto, para proclamarla también en el desierto? Significa que debemos oír lo inaudible y pregonar lo indecible, sobreponernos a todos los impedimentos que quieran frustrar nuestra misión y silenciar nuestro anuncio.

Y finalmente un resumen de lo esencial de la misión profética de Juan (3,3-6)

Nuestros tiempos no son distintos a los de Juan, seguimos teniendo la honda necesidad de la conversión, y convertirse significa devolverse para desandar los pasos en falso y afirmar nuestras pisadas por la senda correcta. Juan Preparó el camino del Señor, más con su vida que con sus palabras, esforzándose por no caer nunca en la autoreferencialidad y dándole a Jesús el lugar que le correspondía, primero en su propia vida y luego en la historia. Preparar el camino es dejarlo todo dispuesto para los que, por ese mismo camino, llegarán al esperado destino, y esto debería hacernos reflexionar. ¿De qué modo estamos transitando esta senda, que es la vida misma? ¿A otros, nuestras huellas les servirán de referencia para llegar a un único destino, que es el amor?, o por el contrario, ¿nuestras huellas les harán recorrer caminos confusos y equivocados? Sabemos discernir ¿Cuál es el camino a seguir, o vamos a tientas por la vida? Dios no aplaza sus promesas, como lo hemos escuchado en la segunda lectura   vino a nuestra tierra, a nuestra historia, a nuestra familia. Un Salvador vino, y seguirá llegando. ¿Qué tan honda es nuestra certeza y bajo qué presencias cotidianas reconocemos al Dios con nosotros?

Agradezcamos estas presencias y validémoslas en nuestra propia historia. ¡Maranatha!

 

Hna. Sandra Milena Velásquez B, tc

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Lectio Divina, primer domingo de Adviento.

Isaías 63,16b-17.19b; 64,2b-7: ¡Ojalá rasgaras el cielo y bajaras!

Salmo 79: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve

1 Corintios 1,3-9: Aguardamos la manifestación de Jesucristo

Marcos 13,33-37: Velen, mientras llega el dueño de la casa

Hoy iniciamos un nuevo año litúrgico y con el renovamos el entusiasmo y la esperanza.

¿Qué palabra puede definir mejor el adviento que la esperanza?

¿Quién no ha sentido que la liturgia de adviento es un aire renovador que impregna nuestro corazón de gozo y consuelo?.

En la liturgia de este Primer domingo de Adviento empezamos situándonos cerca del final del libro de Isaías, que es una recopilación de oráculos de varios profetas a lo largo de la historia de Israel. El pasaje que leemos hoy pertenece al «Tercer Isaías» (Is 56-66), quien vivió en un momento difícil de reconstrucción después del exilio, lo que se refleja en sus palabras llenas de emociones intensas, incluso llanto.

Isaías expresa en la primera lectura un grito de expectativa, un anhelo, un deseo profundo y sentido desde lo más íntimo de su corazón. ¡Ojalá rasgaras el cielo y bajaras! El representa el anhelo más profundo del pueblo de Israel, de ser habitados por el Mesías, pero también la voz del profeta es reveladora y cuestiona la doble moral de un pueblo que espera y que, mientras lo hace, no prepara el camino para su llegada;  contaminado de injusticia, un pecado totalmente despreciable a los ojos de Yahvé, porque va en contra de la ética del pueblo, del pacto en el Sinaí, de la promesa de ser el pueblo de Dios, va en contra de la alianza, no sólo pactada con Él, sino aún más entre ellos mismos.

Este tinte escatológico de la primera lectura nos pone en modo alerta, sobre todo si reconocemos que somos ese mismo pueblo suyo, el de la alianza y que sorteamos a menudo nuestras opciones de conciencia deseando su presencia en nuestra vida y trasgrediendo el compromiso de unidad y justicia que hemos pactado.

Las últimas palabras del profeta Isaías actualizan las primeras páginas del Génesis. Destacan la figura de Dios como Padre, creador y restaurador de la vida: «Tú, Señor, eres nuestro Padre»… «Tú, Señor, sigues siendo nuestro Padre». Esta imagen renueva la esperanza. La llegada de Dios también requiere disposición para acercarse a Él. La oración que reconoce el dolor, busca perdón y canta la esperanza es el camino para encontrarlo. Surge del corazón con la certeza de que Dios se interesa profundamente en nuestra situación y vendrá a nosotros, como lo ha hecho en el pasado. Este pasaje tiene implicaciones en el Nuevo Testamento. El nacimiento de Jesús en Navidad cumple la profecía de Isaías: los cielos se abren y, en Jesús, Dios se encuentra con la humanidad. Él vendrá nuevamente al final de los tiempos, como Jesús les hace saber a sus seguidores en la parábola del Evangelio.

El salmista interviene clamando la restauración y con humildad invoca a Dios Diciendo:  “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

La segunda lectura tomada de la primera carta de los Corintios nos recuerda que Dios es fiel y que al llamarlos a la comunión con su Hijo nos quiere irreprochables en el amor, asegurándonos que no carecemos de ningún don para lograr esa comunión. Como nos decía Benedicto XVI en su encíclica Dios es amor, “El amor puede ser mandado porque antes ha sido dado”. (14)

 Finalmente, Marcos en el Evangelio nos recuerda que preparar la llegada del Señor requiere una actitud permanente de vigilancia porque no sabemos el día ni la hora.

El verbo «velar» aparece en la parábola sumando un total de cuatro repeticiones de este término. Pero, ¿Qué implica exactamente el mandato de Jesús de «velar»? El término griego «gregoreo» significa principalmente «estar despierto». Sin embargo, esto no quiere decir que los discípulos no puedan dormir (físicamente sería imposible), en este contexto, los discípulos deben estar alerta y atentos para reconocer la venida del Señor en un momento incierto.

Existe un llamado de atención hacia algo más profundo. El no estar durmiendo puede expresarse de esta manera: debemos estar atentos en la oscuridad de la historia, con toda nuestra existencia concentrada en el seguimiento de Jesús si deseamos presenciar la llegada del Reino, pues podemos correr el riesgo de olvidarnos de él y de sus enseñanzas, ya que no está presente de manera visible. Los siervos «vigilantes» son aquellos que están siempre preparados para recibirlo y responder.

Ojalá el Señor nos encuentre despiertos y dirigiendo la porción que nos ha encomendado con amor, dignidad y justicia. Que nuestras obras más que nuestras palabras reparen todos los signos de dolor, contradicción e injusticia que hay en nuestro mundo, aquellos que nosotras mismas hemos provocado y aquellos que, aunque no hayamos provocado, podemos reparar. No olvidemos que como Francisco de Asís y Luis Amigó, conscientes de su misión, estamos llamados a ser operantes, proactivos y propositivos, y sobre todo a escuchar la voz del Señor que por medio de la fuerza de su espíritu inspira cada una de nuestras palabras y acciones.

¡Celebremos la esperanza que nos llena de certeza y nos impulsa a seguir adelante! El Adviento nos invita a renovar nuestra confianza en la salvación que está por venir, a liberarnos del desencanto y a esperar con alegría la llegada del Señor. A través de la escucha orante de la Palabra, dejemos que nuestra oración nos lleve a clamar: «¡Ven, Señor Jesús!»

Hna. Sandra Milena Velásquez Bedoya

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Saboreando pentecostés a la luz de las sagradas escrituras

Cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles que Pablo encontró cierta vez en Éfeso un grupo de cristianos desconocidos. Algo debió de resultarle raro porque les preguntó: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando comenzasteis a creer?” La respuesta fue rotunda: “Ni siquiera hemos oído que hay un Espíritu Santo”. Si Pablo nos hiciera hoy la misma pregunta, muchos cristianos deberían responder: “Sé desde niño que existe el Espíritu Santo. Pero no sé para qué sirve, no influye nada en mi vida. A mí me basta con Dios y con Jesús”. Esta respuesta sería sincera, pero equivocada. Las palabras que acaba de pronunciar las ha dicho impulsado por el Espíritu Santo. Tiene más influjo en su vida de lo que él imagina. Y esto lo sabemos gracias a las discusiones y peleas entre los cristianos de Corinto.

La importancia del Espíritu (1 Corintios 12,3b-7.12-13)

Los corintios eran especialistas en crear conflictos. Una suerte para nosotros, porque gracias a sus discusiones tenemos las dos cartas que Pablo les escribió. La que originó la lectura de hoy no queda clara, porque el texto, para no perder la costumbre, ha sido mutilado. Quien se toma la pequeña molestia de leer el capítulo 12 de la Primera carta a los Corintios, advierte cuál es el problema: algunos se consideran superiores a los demás y no valoran lo que hacen los otros.

La sección suprimida en la lectura (versículos 8-11) describe la situación en Corinto. Unos se precian de hablar muy bien en las asambleas; otros, de saber todo lo importante; algunos destacan por su fe; otros consiguen realizar curaciones, y hay quien incluso hace milagros; los más conflictivos son los que presumen de hablar con Dios en lenguas extrañas, que nadie entiende, y los que se consideran capaces de interpretar lo que dicen.

Pablo comienza por la base. Hay algo que los une a todos ellos: la fe en Jesús, confesarlo como Señor, aunque el César romano reivindique para sí este título. Y eso lo hacen gracias al Espíritu Santo. Esta unidad no excluye diversidad de dones espirituales, actividades y funciones. Pero en la diversidad deben ver la acción del Espíritu, de Jesús y de Dios Padre. A continuación de esta fórmula casi trinitaria, insiste en que es el Espíritu quien se manifiesta en esos dones, actividades y funciones, que concede a cada uno con vistas al bien común.

Además, el Espíritu no solo entrega sus dones, también une a los cristianos. Gracias al él, en la comunidad no hay diferencias motivadas por el origen (judíos – griegos) ni por las clases sociales (esclavos – libres).

En definitiva, todo lo que somos y tenemos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue presente entre nosotros.

¿Cómo comenzó la historia? Dos versiones muy distintas.

Si a un cristiano con mediana formación religiosa le preguntan cómo y cuándo vino por vez primera el Espíritu Santo, lo más probable es que haga referencia al día de Pentecostés. Y si tiene cierta cultura artística, recordará el cuadro de El Greco, aunque quizá no haya advertido que, junto a la Virgen, está María Magdalena, representando al resto de la comunidad cristiana (ciento veinte personas según Lucas).

 

Pero hay otra versión: la del evangelio de Juan.

La versión de Juan 20, 19-23

Muy distinta es la versión que ofrece el cuarto evangelio. En este breve pasaje podemos distinguir cuatro momentos: el saludo, la confirmación de que es Jesús quien se aparece, el envío y el don del Espíritu.

El saludo es el habitual entre los judíos: “La paz esté con vosotros”. Pero en este caso no se trata de pura fórmula, porque los discípulos, muertos de miedo a los judíos, están muy necesitados de paz.

Esa paz se la concede la presencia de Jesús, algo que parece imposible, porque las puertas están cerradas. Al mostrarles las manos y los pies, confirma que es realmente él. Los signos del sufrimiento y la muerte, los pies y manos atravesados por los clavos, se convierten en signo de salvación, y los discípulos se llenan de alegría.

Todo podría haber terminado aquí, con la paz y la alegría que sustituyen al miedo. Sin embargo, en los relatos de apariciones nunca falta un elemento esencial: la misión. Una misión que culmina el plan de Dios: el Padre envió a Jesús, Jesús envía a los apóstoles. [Dada la escasez actual de vocaciones sacerdotales y religiosas, no es mal momento para recordar otro pasaje de Juan, donde Jesús dice: “Rogad al Señor de la mies que envíe operarios a su mies”].

El final lo constituye una acción sorprendente: Jesús sopla sobre los discípulos. No dice el evangelistas si lo hace sobre todos en conjunto o lo hace uno a uno. Ese detalle carece de importancia. Lo importante es el simbolismo. En hebreo, la palabra ruaj puede significar “viento” y “espíritu”. Jesús, al soplar (que recuerda al viento) infunde el Espíritu Santo. Este don está estrechamente vinculado con la misión que acaban de encomendarles. A lo largo de su actividad, los apóstoles entrarán en contacto con numerosas personas; entre las que deseen hacerse cristianas habrá que distinguir entre quiénes pueden aceptadas en la comunidad (perdonándoles los pecados) y quiénes no, al menos temporalmente (reteniéndoles los pecados).

José Luis Sicre

 

ORACIÓN EN PENTECOSTÉS

Espíritu Santo, Tú habitas en nuestro corazón y consagras todo lo que es. Haznos tu nueva humanidad.

Eres Dios vivo, en quien creo y en quien espero. Nos humanizas para que podamos comulgar en tu divinidad.

Creo en Ti… Dios que amanece la vida en cada instante.

Creo en Ti… Dios que manifiestas tu poder en la ternura y la fragilidad.

Creo en Ti, Dios amor que te revelas en la mirada franca, en la sonrisa alegre, en las lágrimas y los sollozos, en el silencio y en el abrazo.

Creo en Ti, Dios que te nos muestras en los ojos que sueñan, en el pecho conmovido, en las manos abiertas, en los brazos dispuestos, en el rostro indignado y vivo.

Quiero vivir consciente en tu presencia; en el gozo y en la pena, en el esfuerzo y en el cansancio, en la certeza y en la duda, en las adversidades y en la fiesta, en cada nacimiento y en cada duelo.

Quiero vivir conscientemente este presente que me estás regalando.

Contigo, por Ti y en Ti, quiero ser quien soy.

Te amo y quiero que me muevas a amar libremente a los demás. Te amo y quiero amar con tu amor, a cada criatura y a toda la Creación.

Cuando me irrite, sosiégame. Con quien me exaspere, hazme sentir paciencia y empatía.

Regálame ser don y bendición para la persona con la que me encuentre, a quien ya quiero, concédeme amar en gratuidad, no depender ni pretender poseer.

Que nos dejemos amar y sepamos recibir con gratitud de los demás.

Líbranos de la desconfianza y el miedo. Líbranos de toda dependencia y adicción, de toda mentira y crispación. Cúranos de la ceguera que nos impide darnos cuenta de que nos une la fraternidad.

¡Líbranos de seguir buscando saciar nuestro propio «yo»! ¡Líbranos de la búsqueda compulsiva del confort individual!

Despiértanos para que seamos conscientes de que somos comunidad. Que anhelemos con pasión el bien común. Aviva en cada persona la generosidad para darse y para dar. Que cada quien cuide con esmero de los demás.

Llena de Ti el corazón de toda la humanidad.

Disipa los miedos y desvanece el rencor. Que soñemos con fuerza el reinado de la Vida.

Espíritu Santo, consagra a toda la creación y haznos tu nueva humanidad.

Espíritu Santo: Sé que me habitas y que habito en Ti…

Algunas veces, he llegado a sentirlo, como si fuera más consciente… Algunas veces he vislumbrado comprenderlo, como más lúcidamente… Muchas veces, ni siento, ni entiendo, ni siquiera me acuerdo que estás en mí y que estamos en Ti… Pero creo… creo en Ti, Espíritu Divino de la Creación…

Creo, porque quiero creerle más y más a Jesús, que me reveló tu presencia viva y discreta en todo lo que es… Creo, cada vez más, que no se trata de mí, ni de que yo tenga vida, sino de Ti en todo y de que me regalas ser parte de la Vida.

Por eso; quiero iniciar esta y cada semana, este y cada día, este y cada instante de mi historia; invocándote y evocándote. ¡Acepto feliz que llenes mi cuerpo, mi intelecto, mi afecto, y hasta lo más silencioso de mi espíritu!

Gracias por cada sensación, por cuanto percibo y capto. Gracias por cada sentimiento y cada emoción, por cuanto vivo y expreso. Gracias por cada recuerdo, cada idea, cada momento de comunicación. Gracias por cada rostro que habita en mi corazón. Gracias por el silencio, cada vez más lleno de tu divino amor.

Deseo dejarme mover por tu acción. Deseo fluir, no pasiva ni resignadamente sino confiadamente, atentamente, felizmente.

Deseo liberarme de cualquier necesidad y deseo, desapegarme y soltar, decir «adiós» sin aferrarme pero saber darme y siempre amar.

Te consagro mi ser, y que quiero que llenes a las personas con las que comparto esta historia.

Deseo que reines en toda la creación y que seamos más y más, humanidad consciente de tu amor que une sin fundir, que anima sin someter, que ilumina sin deslumbrar, que da vida dándose y sin dejar de amar.

¡Gracias, Espíritu Santo! ¡Gracias y amén con toda la humanidad!

Rogelio Cárdenas

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La vida consagrada caminando en esperanza

El pasado dos de febrero, fiesta de la presentación del Señor en el templo, la Iglesia celebró la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

Una Iglesia sin vida consagrada es una Iglesia empobrecida. No porque las personas consagradas sean más buenas o más santas, sino porque la vida consagrada manifiesta la riqueza y abundancia de carismas y de estilos de vida que hay en el cuerpo de Cristo. Y esas personas, con su forma peculiar de vivir, no sólo por su voto o promesa de castidad, sino por el conjunto de su vida, señalan la meta a la que está llamado todo cristiano, esa meta en la que Dios será todo en todas las cosas, o sea, el determinante de toda la realidad y, por eso, ya no hará falta tomar mujer ni marido, porque todos estaremos colmados por el amor de Dios y por el amor sin límites y sin mentiras de los hermanos.

El lema de este año es: “la vida consagrada, caminando en esperanza”. Es un buen lema. Una de las cosas que más necesita la gente, y también los consagrados, es esperanza. Sin esperanza la vida se vuelve triste, pierde fuerza, no tiene alma. Hoy algunos miden la vitalidad de la vida consagrada a partir de los números: ¿cuántos novicios tiene la congregación? Grave error, porque los números no significan gran cosa y siempre dan uno u otro resultado según con que otros números se los compara. Quién sostiene la esperanza es Dios. Según cuál sea nuestra relación con Él, así será de intensa nuestra esperanza. Por eso, lo importante en la vida consagrada es la fidelidad. También la misión. Y, por supuesto, en el caso de la vida religiosa, la comunidad. Pero todo esto está sostenido por nuestra fe en Dios.

Caminando que es gerundio. O sea, el camino es permanente. Caminando en la fe, en la fraternidad, en la misión, en el servicio a los hermanos. Caminando significa también actualizar el carisma, ponerlo en consonancia con las necesidades actuales de la Iglesia y de la sociedad. Las obras pasan, el carisma permanece. El carisma es creativo, busca siempre caminos nuevos. Un carisma que no se actualiza se muere. La repetición puede ser la mayor de las infidelidades. Caminando en esperanza. Los caminantes necesitan esperanza, tener garantías de que de su camino es el bueno porque conduce a la meta deseada.

Esperanza porque sabemos que, a pesar de nuestros límites y nuestra pequeñez, el Señor no nos abandona. La vida consagrada es semejante a una semilla que parece muy pequeña, pero los buenos labradores saben que un día se convertirá en un árbol frondoso. Si solo miramos a la semilla, nos desanimamos. Si nos imaginamos el árbol frondoso, caminamos alegres y seguimos avanzando aunque, a veces, el camino sea duro.

CAMINANDO EN ESPERANZA

No vamos solos.

Cristo nos une. Con él. Entre nosotros.

Y con tantos que viven, lloran, aman, anhelan,

crecen, luchan y esperan.

Cada vez más descalzos e inseguros.

Cada vez más cerca de la cruz y lejos

de los pedestales.

Cada vez más libres de modas e inercias.

Cada vez más capaces de reírnos

de nuestras pretensiones

y tomar en serio las suyas.

Unos, aún vacilantes,

dando los primeros pasos,

otros exigidos por el ritmo

de jornadas intensas,

y algunos, ya bien gastados,

vislumbrando la meta —que es abrazo—.

Juntos. Caminando en esperanza.

Hombres y mujeres de Dios,

consagrados a una misión,

a un anhelo,

al proyecto de quien nos invitó

a compartir su camino.

Amén.

Fuente: Nihil Obstat DOMINICOS

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Extracto de la contemplación de la belleza

Cristo crucificado
VELÁZQUEZ, DIEGO RODRÍGUEZ DE SILVA Y
Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

Joseph Ratzinger

Cada año, en la Liturgia de las Horas del tiempo de Cuaresma, me vuelve a conmover una paradoja de las Vísperas del lunes de la segunda semana del Salterio. Allí, una junto a la otra, se encuentran dos antífonas, una para el tiempo de Cuaresma y otra para la Semana santa. Ambas introducen el salmo 44, pero lo hacen con claves interpretativas radicalmente contrapuestas. El salmo describe las nupcias del Rey, su belleza, sus virtudes, su misión y, a continuación, exalta la figura de la esposa. En el tiempo de Cuaresma, introduce el salmo la misma antífona que se utiliza durante el resto del año. El tercer versículo reza: «Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia».

Está claro que la Iglesia lee este salmo como una representación poético-profética de la relación esponsal entre Cristo y la Iglesia. Reconoce a Cristo como el más bello de los hombres; la gracia derramada en sus labios manifiesta la belleza interior de su palabra, la gloria de su anuncio. De este modo, no sólo la belleza exterior con la que aparece el Redentor es digna de ser glorificada, sino que en él, sobre todo, se encarna la belleza de la Verdad, la belleza de Dios mismo, que nos atrae hacia sí y a la vez abre en nosotros la herida del Amor, la santa pasión («eros») que nos hace caminar, en la Iglesia esposa y junto con ella, al encuentro del Amor que nos llama. Pero el miércoles de la Semana santa, la Iglesia cambia la antífona y nos invita a leer el salmo a la luz de Isaías: «Sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, con el rostro desfigurado por el dolor» (53, 2). ¿Cómo se concilian estas dos afirmaciones? El «más bello de los hombres» es de aspecto tan miserable, que ni se le quiere mirar. Pilatos lo muestra a la multitud diciendo: «Este es el hombre», tratando de suscitar la piedad por el Hombre, despreciado y maltratado, al que no le queda ninguna belleza exterior. San Agustín, que en su juventud escribió un libro sobre lo bello y lo conveniente, y que apreciaba la belleza en las palabras, en la música y en las artes figurativas, percibió con mucha fuerza esta paradoja y se dio cuenta de que en este pasaje la gran filosofía griega de la belleza no sólo se refundía, sino que se ponía dramáticamente en discusión: habría que discutir y experimentar de nuevo lo que era la belleza y su significado. Refiriéndose a la paradoja contenida en estos textos, hablaba de «dos trompetas» que suenan contrapuestas, pero que reciben su sonido del mismo soplo de aire, del mismo Espíritu. Él sabía que la paradoja es una contraposición, pero no una contradicción. Las dos, afirmaciones provienen del mismo Espíritu que inspira toda la Escritura, el cual, sin embargo, suena en ella con notas diferentes y, precisamente así, nos sitúa frente a la totalidad de la verdadera Belleza, de la Verdad misma

Del texto de Isaías nace, ante todo, la cuestión de la que se han ocupado los Padres de la Iglesia: si Cristo era o no bello. Aquí se oculta la cuestión más radical: si la belleza es verdadera o si, por el contrario, la fealdad es lo que nos conduce a la profunda verdad de la realidad. El que cree en Dios, en el Dios que precisamente en las apariencias alteradas de Cristo crucificado se manifestó como amor «hasta el final» (Jn 13, 1), sabe que la belleza es verdad y que la verdad es belleza, pero en el Cristo sufriente comprende también que la belleza de la verdad incluye la ofensa, el dolor e incluso el oscuro misterio de la muerte, y que sólo se puede encontrar la belleza aceptando el dolor y no ignorándolo.

La profundidad de la herida revela ya cuál es el dardo, y la intensidad del deseo deja entrever, quien ha lanzado la flecha».

La belleza hiere, pero precisamente de esta manera recuerda al hombre su destino último. La belleza es conocimiento, ciertamente; una forma superior de conocimiento, puesto que toca al hombre con toda la profundidad de la verdad. En esto Kabasilas sigue siendo totalmente griego, en cuanto que pone el conocimiento en primer lugar. «Origen del amor es el conocimiento – afirma-; el conocimiento genera amor».

El verdadero conocimiento se produce al ser alcanzados por el dardo de la Belleza que hiere al hombre, al vernos tocados por la realidad, «por la presencia personal de Cristo mismo», como él afirma. El ser alcanzados y cautivados por la belleza de Cristo produce un conocimiento más real y profundo que la mera deducción racional. Ciertamente, no debemos menospreciar el significado de la reflexión teológica, del pensamiento teológico exacto y riguroso, que sigue siendo absolutamente necesario. Por ello despreciar o rechazar el impacto que la Belleza provoca en el corazón suscitando una correspondencia como una verdadera forma de conocimiento empobrece y hace más árida tanto la fe como la teología. Nosotros debemos volver a encontrar esta forma de conocimiento. Se trata de una exigencia apremiante para nuestro tiempo.

Cuando nos dejamos conmover por el icono de la Trinidad de Rublëv en el arte de los iconos, al igual que en las obras de los grandes pintores occidentales del románico y del gótico, se hace visible partiendo de la interioridad, y se puede participar en ella. Pavel Evdokimov ha descrito de manera significativa el recorrido interior que supone el icono. El icono no es simplemente la reproducción de lo que perciben los sentidos; más bien, supone lo que él define como «un ayuno de la mirada». La percepción interior debe liberarse de la mera percepción de los sentidos para, mediante la oración y la ascesis, adquirir una nueva y más profunda capacidad de ver; debe recorrer el paso de lo que es meramente exterior a la realidad en su profundidad, de manera que el artista vea lo que los sentidos por sí mismos no ven y, sin embargo, aparece en el campo de lo sensible: el esplendor de la gloria de Dios, «la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo» (2 Co 4, 6). Admirar los iconos, y en general los grandes cuadros del arte cristiano, nos conduce por una vía interior, una vía de superación de uno mismo y, en esta purificación de la mirada, que es purificación del corazón, nos revela la Belleza, o al menos un rayo de su esplendor. Precisamente de esta manera nos pone en relación con la fuerza de la verdad. A menudo he afirmado que estoy convencido de que la verdadera apología de la fe cristiana, la demostración más convincente de su verdad contra cualquier negación, se encuentra, por un lado, en sus santos y, por otro, en la belleza que la fe genera. Para que actualmente la fe pueda crecer, tanto nosotros como los hombres que encontramos, debemos dirigirnos hacia los santos y hacia lo Bello.

Pero ahora es preciso responder a una objeción: Reviste hoy más importancia: el mensaje de la belleza se pone radicalmente en duda a través del poder de la mentira, la seducción, la violencia y el mal. ¿Puede la belleza ser auténtica o, en definitiva, no es más que una vana ilusión? ¿La realidad no es, acaso, malvada en el fondo?

El miedo a que el dardo de la belleza no pueda conducirnos a la verdad, sino que la mentira, la fealdad y lo vulgar sean la verdadera «realidad», ha angustiado a los hombres de todos los tiempos. En la actualidad esto se ha reflejado en la afirmación de que, después de Auschwitz, sería imposible volver a escribir poesía, volver a hablar de un Dios bueno. Muchos se preguntan: ¿dónde estaba Dios mientras funcionaban los hornos crematorios? Esta objeción, para la que existían ya motivos suficientes antes de Auschwitz en todas las atrocidades de la historia, indica que un concepto puramente armonioso de belleza no es suficiente. No sostiene la confrontación con la gravedad de la puesta en entredicho de Dios, de la verdad y de la belleza.

De esta manera volvemos a las «dos trompetas» de la Biblia de las que habíamos partido, a la paradoja por la cual se puede decir de Cristo: «Eres el más bello de los hombres» y «sin figura, sin belleza (…) su rostro está desfigurado por el dolor». En la pasión de Cristo la estética griega, tan digna de admiración por su presentimiento del contacto con lo divino que, sin embargo, permanece inefable para ella, no se ve abolida sino superada. La experiencia de lo bello recibe una nueva profundidad, un nuevo realismo. Aquel que es la Belleza misma se ha dejado desfigurar el rostro, escupir encima y coronar de espinas. La Sábana santa de Turín nos permite imaginar todo esto de manera conmovedora. Precisamente en este Rostro desfigurado aparece la auténtica y suprema belleza: la belleza del amor que llega «hasta el extremo» y que por ello se revela más fuerte que la mentira y la violencia.

Quien ha percibido esta belleza sabe que la verdad es la última palabra sobre el mundo, y no la mentira. No es «verdad» la mentira, sino la Verdad. Digámoslo así: un nuevo truco de la mentira es presentarse como «verdad» y decirnos: «más allá de mí no hay nada, dejad de buscar la verdad o, peor aún, de amarla, porque si obráis así vais por el camino equivocado». El icono de Cristo crucificado nos libera del engaño hoy tan extendido. Sin embargo, pone como condición que nos dejemos herir junto con él y que creamos en el Amor, que puede correr el riesgo de dejar la belleza exterior para anunciar de esta manera la verdad de la Belleza.

De todas formas, la mentira emplea también otra estratagema: la belleza falaz, falsa, que ciega y no hace salir al hombre de sí mismo para abrirlo al éxtasis de elevarse a las alturas, sino que lo aprisiona totalmente y lo encierra en sí mismo. Es una belleza que no despierta la nostalgia por lo Indecible, la disponibilidad al ofrecimiento, al abandono de uno mismo, sino que provoca el ansia, la voluntad de poder, de posesión y de mero placer.

Es bien conocida la famosa pregunta de Dostoievski: «¿Nos salvará la Belleza?». Pero en la mayoría de los casos se olvida que Dostoievski se refiere aquí a la belleza redentora de Cristo. Debemos aprender a verlo. Si no lo conocemos simplemente de palabra, sino que nos traspasa el dardo de su belleza paradójica, entonces empezamos a conocerlo de verdad, y no sólo de oídas. Entonces habremos encontrado la belleza de la Verdad, de la Verdad redentora. Nada puede acercarnos más a la Belleza, que es Cristo mismo, que el mundo de belleza que la fe ha creado y la luz que resplandece en el rostro de los santos, mediante la cual se vuelve visible su propia luz.

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Navidad desde el corazón de la sagrada familia

“Nos ha nacido un Niño y es príncipe de la paz” (Isaías 9,5-6)

  Adentrarnos en el clima, en el ambiente, en el cobijo del hogar de María y de José, para introducirnos quedamente, en silencio absoluto y si fuera posible, en su interioridad, con aquellos sentimientos delicados que entregan las mociones del espíritu libre, que sabe de anonadamiento profundo, de finezas del alma y de regocijo que trasciende estas coordenadas sensibles de la historia, es seguir paso a paso el peregrinar de ellos, María y José en la espera de nuestro Emmanuel.

Ir a Belén, viaje que es preciso hacer, con pocas cosas, de prisa, pero con el gozo que agiganta el corazón, prende luces en los ojos y dispone el ser para cantar y proclamar con el Bautista: “Allanad el camino, preparad los senderos a nuestro Bien que llega” (Isaías 40,3; Mateo 3,3).

María y José, saben que la hora se acerca, comprenden que el Dios Niño, está para irrumpir en el universo,(Miqueas 5,1-2) en Belén, en una cueva, donde los sin razón, disponen  su espacio para dar cobijo, calor, cercanía…Todo el ser de María, es apertura incondicional, para  dejar  traslucir el tesoro, la luz, el Esperado, la promesa, la vida misma…hay un silencio profundo y un  misterioso oleaje de paz…que solo es interferido por el gozoso y tierno canto del “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de ardoroso corazón” (Lucas 2,14). Los cielos y la tierra aplauden, las estrellas encienden con más brillo el resplandor, los trinos de los pájaros entonan al unísono, una sinfonía graciosa a este recién nacido, que en un establo instaura la riqueza de Dios, en la tierra (Isaías 9,5)

José y María absortos, silenciosos, entrecruzan sus miradas, sonríen y adoran la presencia del Amor en el universo. (Isaías 9, 2) María lo estrecha en sus brazos, porque todo su corazón, su ser de mujer, contempla ahora conmovida al Hijo del Padre humanado, tierno, infante, débil…José observa a la Madre con el Niño, no tiene otra actitud que adorar, contemplar… Ella, la Madre, recoge su gozo inmenso en unas lágrimas copiosas, que bajan por sus mejillas e incluso, llegan hasta el pequeño y lo hacen sonreír…Qué lenguaje el del amor, qué lenguaje tiene la pobreza, anonadamiento, desapropio, de nuestro Dios. Qué lenguaje descubre el que entiende de misterios de amor, presencia, encanto, cercanía, ensueño, porque un Niño  se nos ha dado, un hermano de camino se nos ha regalado. (Isaías 9,5)

Y José sigue paso a paso el misterio que ahora se le hace tan cercano, tan palpable: Aquel que posee el universo, porque salió de sus manos, ahora tirita de frio, el que hizo brotar este maravilloso conjunto de armonía que es el cosmos y en el al hombre, gime de amor, qué maravilloso intercambio, deja lo suyo, toma lo nuestro, lo nuestro débil, caduco, lo suyo eterno, inmutable. José y María, juntos lo siguen observando, no quieren perder una sola de sus expresiones…sus ojos sonríen y lloran de amor, qué dulce sonrisa, que tierno amador, sus labios rosados expresan candor, su pecho es el cielo para aquel que es fiel, sus manos pequeñas, tan suaves que están, indicarán gustosas el bien que genera la paz en la justicia; sus pies tan pequeños, insinuarán  el camino a seguir, camino de forasteros y peregrinos que sin nada propio, se lanzan a nuevas conquistas desde el Espíritu. María y José, desde este estilo de vida libre, pobre y anonadado, van recogiendo en sus corazones, el lenguaje de la altísima pobreza-riqueza de Dios, que haciéndose uno de nosotros, quiso vivir en nuestro terruño, en la periferia, para caminar junto a cada uno de nosotras….

Al contemplar extasiadas a la Trinidad de la Tierra: Jesús, María y José, en la celebración de nuestra navidad, surge muy dentro un clamor hondo de “escuchar las mociones que nos habitan, ahí donde Dios sigue escribiendo su historia con nosotras, somos buscadoras que quieren ser felices para contagiar a otros la alegría de vivir, cada una en su propio proceso, estamos invitadas a entrar en nuestro santuario interior, a hacernos preguntas vitales que nos impulsen a seguir creciendo como personas, aprendiendo a existir en plenitud, a poner nombre a nuestras necesidades, emociones y anhelos” (Cuidar la propia vida, mensaje XXIII Cap. General). Es ahí donde al calor de la familia de Nazaret, recobramos el gozo reestrenado de sabernos amadas, salvadas y convocadas, a disfrutar la riqueza misma de esta familia que al congregarnos en comunidad “fraterna de fe, esperanza y amor” (Constituciones 28) nos lanza también a “poner más alegría, confianza y esperanza en nuestro mundo, y llevar a cabo gestos de vida evangélica que conduzcan a la justicia y a la paz”. (cuidar la vida de los pobres, mensaje XXIII Capítulo General) .

Hermana Lilyám del Carmen Ramírez Cañizales, tc

 Provincia Nuestra Señora de la Divina Providencia