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La vida consagrada caminando en esperanza

El pasado dos de febrero, fiesta de la presentación del Señor en el templo, la Iglesia celebró la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

Una Iglesia sin vida consagrada es una Iglesia empobrecida. No porque las personas consagradas sean más buenas o más santas, sino porque la vida consagrada manifiesta la riqueza y abundancia de carismas y de estilos de vida que hay en el cuerpo de Cristo. Y esas personas, con su forma peculiar de vivir, no sólo por su voto o promesa de castidad, sino por el conjunto de su vida, señalan la meta a la que está llamado todo cristiano, esa meta en la que Dios será todo en todas las cosas, o sea, el determinante de toda la realidad y, por eso, ya no hará falta tomar mujer ni marido, porque todos estaremos colmados por el amor de Dios y por el amor sin límites y sin mentiras de los hermanos.

El lema de este año es: “la vida consagrada, caminando en esperanza”. Es un buen lema. Una de las cosas que más necesita la gente, y también los consagrados, es esperanza. Sin esperanza la vida se vuelve triste, pierde fuerza, no tiene alma. Hoy algunos miden la vitalidad de la vida consagrada a partir de los números: ¿cuántos novicios tiene la congregación? Grave error, porque los números no significan gran cosa y siempre dan uno u otro resultado según con que otros números se los compara. Quién sostiene la esperanza es Dios. Según cuál sea nuestra relación con Él, así será de intensa nuestra esperanza. Por eso, lo importante en la vida consagrada es la fidelidad. También la misión. Y, por supuesto, en el caso de la vida religiosa, la comunidad. Pero todo esto está sostenido por nuestra fe en Dios.

Caminando que es gerundio. O sea, el camino es permanente. Caminando en la fe, en la fraternidad, en la misión, en el servicio a los hermanos. Caminando significa también actualizar el carisma, ponerlo en consonancia con las necesidades actuales de la Iglesia y de la sociedad. Las obras pasan, el carisma permanece. El carisma es creativo, busca siempre caminos nuevos. Un carisma que no se actualiza se muere. La repetición puede ser la mayor de las infidelidades. Caminando en esperanza. Los caminantes necesitan esperanza, tener garantías de que de su camino es el bueno porque conduce a la meta deseada.

Esperanza porque sabemos que, a pesar de nuestros límites y nuestra pequeñez, el Señor no nos abandona. La vida consagrada es semejante a una semilla que parece muy pequeña, pero los buenos labradores saben que un día se convertirá en un árbol frondoso. Si solo miramos a la semilla, nos desanimamos. Si nos imaginamos el árbol frondoso, caminamos alegres y seguimos avanzando aunque, a veces, el camino sea duro.

CAMINANDO EN ESPERANZA

No vamos solos.

Cristo nos une. Con él. Entre nosotros.

Y con tantos que viven, lloran, aman, anhelan,

crecen, luchan y esperan.

Cada vez más descalzos e inseguros.

Cada vez más cerca de la cruz y lejos

de los pedestales.

Cada vez más libres de modas e inercias.

Cada vez más capaces de reírnos

de nuestras pretensiones

y tomar en serio las suyas.

Unos, aún vacilantes,

dando los primeros pasos,

otros exigidos por el ritmo

de jornadas intensas,

y algunos, ya bien gastados,

vislumbrando la meta —que es abrazo—.

Juntos. Caminando en esperanza.

Hombres y mujeres de Dios,

consagrados a una misión,

a un anhelo,

al proyecto de quien nos invitó

a compartir su camino.

Amén.

Fuente: Nihil Obstat DOMINICOS

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Extracto de la contemplación de la belleza

Cristo crucificado
VELÁZQUEZ, DIEGO RODRÍGUEZ DE SILVA Y
Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

Joseph Ratzinger

Cada año, en la Liturgia de las Horas del tiempo de Cuaresma, me vuelve a conmover una paradoja de las Vísperas del lunes de la segunda semana del Salterio. Allí, una junto a la otra, se encuentran dos antífonas, una para el tiempo de Cuaresma y otra para la Semana santa. Ambas introducen el salmo 44, pero lo hacen con claves interpretativas radicalmente contrapuestas. El salmo describe las nupcias del Rey, su belleza, sus virtudes, su misión y, a continuación, exalta la figura de la esposa. En el tiempo de Cuaresma, introduce el salmo la misma antífona que se utiliza durante el resto del año. El tercer versículo reza: «Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia».

Está claro que la Iglesia lee este salmo como una representación poético-profética de la relación esponsal entre Cristo y la Iglesia. Reconoce a Cristo como el más bello de los hombres; la gracia derramada en sus labios manifiesta la belleza interior de su palabra, la gloria de su anuncio. De este modo, no sólo la belleza exterior con la que aparece el Redentor es digna de ser glorificada, sino que en él, sobre todo, se encarna la belleza de la Verdad, la belleza de Dios mismo, que nos atrae hacia sí y a la vez abre en nosotros la herida del Amor, la santa pasión («eros») que nos hace caminar, en la Iglesia esposa y junto con ella, al encuentro del Amor que nos llama. Pero el miércoles de la Semana santa, la Iglesia cambia la antífona y nos invita a leer el salmo a la luz de Isaías: «Sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, con el rostro desfigurado por el dolor» (53, 2). ¿Cómo se concilian estas dos afirmaciones? El «más bello de los hombres» es de aspecto tan miserable, que ni se le quiere mirar. Pilatos lo muestra a la multitud diciendo: «Este es el hombre», tratando de suscitar la piedad por el Hombre, despreciado y maltratado, al que no le queda ninguna belleza exterior. San Agustín, que en su juventud escribió un libro sobre lo bello y lo conveniente, y que apreciaba la belleza en las palabras, en la música y en las artes figurativas, percibió con mucha fuerza esta paradoja y se dio cuenta de que en este pasaje la gran filosofía griega de la belleza no sólo se refundía, sino que se ponía dramáticamente en discusión: habría que discutir y experimentar de nuevo lo que era la belleza y su significado. Refiriéndose a la paradoja contenida en estos textos, hablaba de «dos trompetas» que suenan contrapuestas, pero que reciben su sonido del mismo soplo de aire, del mismo Espíritu. Él sabía que la paradoja es una contraposición, pero no una contradicción. Las dos, afirmaciones provienen del mismo Espíritu que inspira toda la Escritura, el cual, sin embargo, suena en ella con notas diferentes y, precisamente así, nos sitúa frente a la totalidad de la verdadera Belleza, de la Verdad misma

Del texto de Isaías nace, ante todo, la cuestión de la que se han ocupado los Padres de la Iglesia: si Cristo era o no bello. Aquí se oculta la cuestión más radical: si la belleza es verdadera o si, por el contrario, la fealdad es lo que nos conduce a la profunda verdad de la realidad. El que cree en Dios, en el Dios que precisamente en las apariencias alteradas de Cristo crucificado se manifestó como amor «hasta el final» (Jn 13, 1), sabe que la belleza es verdad y que la verdad es belleza, pero en el Cristo sufriente comprende también que la belleza de la verdad incluye la ofensa, el dolor e incluso el oscuro misterio de la muerte, y que sólo se puede encontrar la belleza aceptando el dolor y no ignorándolo.

La profundidad de la herida revela ya cuál es el dardo, y la intensidad del deseo deja entrever, quien ha lanzado la flecha».

La belleza hiere, pero precisamente de esta manera recuerda al hombre su destino último. La belleza es conocimiento, ciertamente; una forma superior de conocimiento, puesto que toca al hombre con toda la profundidad de la verdad. En esto Kabasilas sigue siendo totalmente griego, en cuanto que pone el conocimiento en primer lugar. «Origen del amor es el conocimiento – afirma-; el conocimiento genera amor».

El verdadero conocimiento se produce al ser alcanzados por el dardo de la Belleza que hiere al hombre, al vernos tocados por la realidad, «por la presencia personal de Cristo mismo», como él afirma. El ser alcanzados y cautivados por la belleza de Cristo produce un conocimiento más real y profundo que la mera deducción racional. Ciertamente, no debemos menospreciar el significado de la reflexión teológica, del pensamiento teológico exacto y riguroso, que sigue siendo absolutamente necesario. Por ello despreciar o rechazar el impacto que la Belleza provoca en el corazón suscitando una correspondencia como una verdadera forma de conocimiento empobrece y hace más árida tanto la fe como la teología. Nosotros debemos volver a encontrar esta forma de conocimiento. Se trata de una exigencia apremiante para nuestro tiempo.

Cuando nos dejamos conmover por el icono de la Trinidad de Rublëv en el arte de los iconos, al igual que en las obras de los grandes pintores occidentales del románico y del gótico, se hace visible partiendo de la interioridad, y se puede participar en ella. Pavel Evdokimov ha descrito de manera significativa el recorrido interior que supone el icono. El icono no es simplemente la reproducción de lo que perciben los sentidos; más bien, supone lo que él define como «un ayuno de la mirada». La percepción interior debe liberarse de la mera percepción de los sentidos para, mediante la oración y la ascesis, adquirir una nueva y más profunda capacidad de ver; debe recorrer el paso de lo que es meramente exterior a la realidad en su profundidad, de manera que el artista vea lo que los sentidos por sí mismos no ven y, sin embargo, aparece en el campo de lo sensible: el esplendor de la gloria de Dios, «la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo» (2 Co 4, 6). Admirar los iconos, y en general los grandes cuadros del arte cristiano, nos conduce por una vía interior, una vía de superación de uno mismo y, en esta purificación de la mirada, que es purificación del corazón, nos revela la Belleza, o al menos un rayo de su esplendor. Precisamente de esta manera nos pone en relación con la fuerza de la verdad. A menudo he afirmado que estoy convencido de que la verdadera apología de la fe cristiana, la demostración más convincente de su verdad contra cualquier negación, se encuentra, por un lado, en sus santos y, por otro, en la belleza que la fe genera. Para que actualmente la fe pueda crecer, tanto nosotros como los hombres que encontramos, debemos dirigirnos hacia los santos y hacia lo Bello.

Pero ahora es preciso responder a una objeción: Reviste hoy más importancia: el mensaje de la belleza se pone radicalmente en duda a través del poder de la mentira, la seducción, la violencia y el mal. ¿Puede la belleza ser auténtica o, en definitiva, no es más que una vana ilusión? ¿La realidad no es, acaso, malvada en el fondo?

El miedo a que el dardo de la belleza no pueda conducirnos a la verdad, sino que la mentira, la fealdad y lo vulgar sean la verdadera «realidad», ha angustiado a los hombres de todos los tiempos. En la actualidad esto se ha reflejado en la afirmación de que, después de Auschwitz, sería imposible volver a escribir poesía, volver a hablar de un Dios bueno. Muchos se preguntan: ¿dónde estaba Dios mientras funcionaban los hornos crematorios? Esta objeción, para la que existían ya motivos suficientes antes de Auschwitz en todas las atrocidades de la historia, indica que un concepto puramente armonioso de belleza no es suficiente. No sostiene la confrontación con la gravedad de la puesta en entredicho de Dios, de la verdad y de la belleza.

De esta manera volvemos a las «dos trompetas» de la Biblia de las que habíamos partido, a la paradoja por la cual se puede decir de Cristo: «Eres el más bello de los hombres» y «sin figura, sin belleza (…) su rostro está desfigurado por el dolor». En la pasión de Cristo la estética griega, tan digna de admiración por su presentimiento del contacto con lo divino que, sin embargo, permanece inefable para ella, no se ve abolida sino superada. La experiencia de lo bello recibe una nueva profundidad, un nuevo realismo. Aquel que es la Belleza misma se ha dejado desfigurar el rostro, escupir encima y coronar de espinas. La Sábana santa de Turín nos permite imaginar todo esto de manera conmovedora. Precisamente en este Rostro desfigurado aparece la auténtica y suprema belleza: la belleza del amor que llega «hasta el extremo» y que por ello se revela más fuerte que la mentira y la violencia.

Quien ha percibido esta belleza sabe que la verdad es la última palabra sobre el mundo, y no la mentira. No es «verdad» la mentira, sino la Verdad. Digámoslo así: un nuevo truco de la mentira es presentarse como «verdad» y decirnos: «más allá de mí no hay nada, dejad de buscar la verdad o, peor aún, de amarla, porque si obráis así vais por el camino equivocado». El icono de Cristo crucificado nos libera del engaño hoy tan extendido. Sin embargo, pone como condición que nos dejemos herir junto con él y que creamos en el Amor, que puede correr el riesgo de dejar la belleza exterior para anunciar de esta manera la verdad de la Belleza.

De todas formas, la mentira emplea también otra estratagema: la belleza falaz, falsa, que ciega y no hace salir al hombre de sí mismo para abrirlo al éxtasis de elevarse a las alturas, sino que lo aprisiona totalmente y lo encierra en sí mismo. Es una belleza que no despierta la nostalgia por lo Indecible, la disponibilidad al ofrecimiento, al abandono de uno mismo, sino que provoca el ansia, la voluntad de poder, de posesión y de mero placer.

Es bien conocida la famosa pregunta de Dostoievski: «¿Nos salvará la Belleza?». Pero en la mayoría de los casos se olvida que Dostoievski se refiere aquí a la belleza redentora de Cristo. Debemos aprender a verlo. Si no lo conocemos simplemente de palabra, sino que nos traspasa el dardo de su belleza paradójica, entonces empezamos a conocerlo de verdad, y no sólo de oídas. Entonces habremos encontrado la belleza de la Verdad, de la Verdad redentora. Nada puede acercarnos más a la Belleza, que es Cristo mismo, que el mundo de belleza que la fe ha creado y la luz que resplandece en el rostro de los santos, mediante la cual se vuelve visible su propia luz.

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Navidad desde el corazón de la sagrada familia

“Nos ha nacido un Niño y es príncipe de la paz” (Isaías 9,5-6)

  Adentrarnos en el clima, en el ambiente, en el cobijo del hogar de María y de José, para introducirnos quedamente, en silencio absoluto y si fuera posible, en su interioridad, con aquellos sentimientos delicados que entregan las mociones del espíritu libre, que sabe de anonadamiento profundo, de finezas del alma y de regocijo que trasciende estas coordenadas sensibles de la historia, es seguir paso a paso el peregrinar de ellos, María y José en la espera de nuestro Emmanuel.

Ir a Belén, viaje que es preciso hacer, con pocas cosas, de prisa, pero con el gozo que agiganta el corazón, prende luces en los ojos y dispone el ser para cantar y proclamar con el Bautista: “Allanad el camino, preparad los senderos a nuestro Bien que llega” (Isaías 40,3; Mateo 3,3).

María y José, saben que la hora se acerca, comprenden que el Dios Niño, está para irrumpir en el universo,(Miqueas 5,1-2) en Belén, en una cueva, donde los sin razón, disponen  su espacio para dar cobijo, calor, cercanía…Todo el ser de María, es apertura incondicional, para  dejar  traslucir el tesoro, la luz, el Esperado, la promesa, la vida misma…hay un silencio profundo y un  misterioso oleaje de paz…que solo es interferido por el gozoso y tierno canto del “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de ardoroso corazón” (Lucas 2,14). Los cielos y la tierra aplauden, las estrellas encienden con más brillo el resplandor, los trinos de los pájaros entonan al unísono, una sinfonía graciosa a este recién nacido, que en un establo instaura la riqueza de Dios, en la tierra (Isaías 9,5)

José y María absortos, silenciosos, entrecruzan sus miradas, sonríen y adoran la presencia del Amor en el universo. (Isaías 9, 2) María lo estrecha en sus brazos, porque todo su corazón, su ser de mujer, contempla ahora conmovida al Hijo del Padre humanado, tierno, infante, débil…José observa a la Madre con el Niño, no tiene otra actitud que adorar, contemplar… Ella, la Madre, recoge su gozo inmenso en unas lágrimas copiosas, que bajan por sus mejillas e incluso, llegan hasta el pequeño y lo hacen sonreír…Qué lenguaje el del amor, qué lenguaje tiene la pobreza, anonadamiento, desapropio, de nuestro Dios. Qué lenguaje descubre el que entiende de misterios de amor, presencia, encanto, cercanía, ensueño, porque un Niño  se nos ha dado, un hermano de camino se nos ha regalado. (Isaías 9,5)

Y José sigue paso a paso el misterio que ahora se le hace tan cercano, tan palpable: Aquel que posee el universo, porque salió de sus manos, ahora tirita de frio, el que hizo brotar este maravilloso conjunto de armonía que es el cosmos y en el al hombre, gime de amor, qué maravilloso intercambio, deja lo suyo, toma lo nuestro, lo nuestro débil, caduco, lo suyo eterno, inmutable. José y María, juntos lo siguen observando, no quieren perder una sola de sus expresiones…sus ojos sonríen y lloran de amor, qué dulce sonrisa, que tierno amador, sus labios rosados expresan candor, su pecho es el cielo para aquel que es fiel, sus manos pequeñas, tan suaves que están, indicarán gustosas el bien que genera la paz en la justicia; sus pies tan pequeños, insinuarán  el camino a seguir, camino de forasteros y peregrinos que sin nada propio, se lanzan a nuevas conquistas desde el Espíritu. María y José, desde este estilo de vida libre, pobre y anonadado, van recogiendo en sus corazones, el lenguaje de la altísima pobreza-riqueza de Dios, que haciéndose uno de nosotros, quiso vivir en nuestro terruño, en la periferia, para caminar junto a cada uno de nosotras….

Al contemplar extasiadas a la Trinidad de la Tierra: Jesús, María y José, en la celebración de nuestra navidad, surge muy dentro un clamor hondo de “escuchar las mociones que nos habitan, ahí donde Dios sigue escribiendo su historia con nosotras, somos buscadoras que quieren ser felices para contagiar a otros la alegría de vivir, cada una en su propio proceso, estamos invitadas a entrar en nuestro santuario interior, a hacernos preguntas vitales que nos impulsen a seguir creciendo como personas, aprendiendo a existir en plenitud, a poner nombre a nuestras necesidades, emociones y anhelos” (Cuidar la propia vida, mensaje XXIII Cap. General). Es ahí donde al calor de la familia de Nazaret, recobramos el gozo reestrenado de sabernos amadas, salvadas y convocadas, a disfrutar la riqueza misma de esta familia que al congregarnos en comunidad “fraterna de fe, esperanza y amor” (Constituciones 28) nos lanza también a “poner más alegría, confianza y esperanza en nuestro mundo, y llevar a cabo gestos de vida evangélica que conduzcan a la justicia y a la paz”. (cuidar la vida de los pobres, mensaje XXIII Capítulo General) .

Hermana Lilyám del Carmen Ramírez Cañizales, tc

 Provincia Nuestra Señora de la Divina Providencia

 

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María, mujer de la esperanza

Dentro de poco se dará el cierre del año fiscal, en algunos países se ha finalizado el ciclo académico, otros están prontos a ello y así, nuestra vida es de cerrar unos ciclos y abrir otros; cada etapa está cargada de un sinfín de experiencias de todo tipo. A nivel litúrgico la Iglesia nos da el don de un nuevo Adviento, y estamos invitados a hacer de éste una experiencia que renueve nuestras fuerzas, como un vaso de agua fresca después de un largo recorrido bajo el sol.

Al mirar la realidades vividas este año en las diferentes regiones del mundo, contemplamos panoramas realmente desesperanzadores: el tema de la guerra que parece ser ya un tema trillado, pero que sigue cobrando vidas, ocasionando zozobra y dolor, las oleadas de migrantes cansados y hambrientos, la situación política en tantas naciones que coarta la libertad, mina los derechos básicos de millones de personas, las secuelas de la Pandemia, el daño indiscriminado a nuestra madre tierra, por citar algunos.

Por ello, estamos invitados a reavivar la esperanza. Aunque son muchas los textos escritos al respecto, en esta ocasión podríamos meditar con ojos nuevos en algunos textos del evangelista san Lucas respecto a las actitudes de la Virgen María y en el pensamiento del educador y filósofo brasileño Paulo Freire.

Recordemos cómo María nos ha dado muestra de su esperanza. Esta joven nazarena como mujer de su época, tuvo vivencias muy similares a las nuestras y aún en medio de ellas supo escuchar la palabra de Dios que le habló por mediaciones. El evangelista Lucas nos lo hace ver:

«Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.  El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre;»  (Lc 1, 26, 32)

Al ver a María, constatamos su capacidad para acoger serena el desconcierto y continuar el diálogo con el ángel.  Viéndonos a nosotros mismos podríamos verificar estas mismas cualidades y preguntarnos además: ¿Cómo propicio la verdadera escucha a Dios, a qué espacios le permito entrar?  ¿Tengo quizá horarios establecidos, esquemas de sobra conocidos, pero quizá hay rincones de mi ser donde aún no le he invitado a entrar?

“María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.” (Lc 1, 34-35

Pues “precisamente quien —como María— está totalmente abierto a Dios, llega a aceptar el querer divino, incluso si es misterioso, también si a menudo no corresponde al propio querer” (Papa Benedicto XVI, diciembre de 2012). María da una respuesta y como consecuencia a esta escucha y disponibilidad recibe una misión que le sorprende, desacomoda y ella se pone en movimiento:

“En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.” (Lc. 1, 39-40)

María es mujer de una esperanza activa, no se queda cruzada de brazos esperando para ver qué sucede. Respecto a la esperanza que hace vida María podríamos iluminarnos con las palabras de Paulo Freire:

“Es necesario tener esperanza, pero tener esperanza del verbo esperanzar; porque hay gente que espera del verbo esperar.  Y la esperanza del verbo esperar no es esperanza, es espera.  Esperanzar es levantarse, esperanzar es salir al paso, esperanzar es construir, esperanzar es no darse por vencido.  Esperanzar es llevar adelante, esperanzara es unirse a otros para hacer de otro modo.”

María nos muestra que es mujer de esperanza porque vivió el verbo esperanzar, levantándose y poniéndose en riesgo por el estado que se encontraba caminando hacia las montañas de Judá, salió al paso de las necesidades de Isabel.  Y más aún en la persecución de Herodes al Niño, no se dio por vencida al tener que huir a Egipto (cf.Mt. 2, 13-15).

Volvamos los ojos a María, encontraremos en ella ánimo y fuerza. ¿Cómo podemos vivir para que éste no sea un Adviento más, si no que nos traiga novedad?

  • Desde la realidad que nos circunda
  • En los quehaceres cotidianos
  • En los encuentros con el Señor, con los hermanos y hermanas

¿Cómo damos vida al verbo ESPERANZAR?

Hna. Nancy Margoth Monterroso Monterroso. tc

Provincia Nuestra Señora de Guadalupe

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“Al ir iban llorando, llevando las semillas. Al volver, vuelven cantando, trayendo sus gavillas” (Salmo 126, 5-6)

Este versículo 5, del Salmo 126, resonaba en mi corazón y en mi mente mientras subía al avión con destino a Tanzania-África. Así eran exactamente mis sentimientos y mi determinación de alcanzar el lugar al que nuestro Dios Todopoderoso me enviaba. Y precisamente, cuando, después de mis tres primeros años de servicio misionero, viajaba de vacaciones a Filipinas, experimentaba el gozo que expresa el siguiente versículo del salmo (126,6): Mi corazón cantaba de alegría, por regresar y compartir mis experiencias. Esta ha sido mi vivencia duradera, hasta el momento en que estoy escribiendo este artículo. En efecto, el proyecto de Dios para cada uno de nosotros es siempre una llamada a vivir plenamente nuestra vida. Y por siempre cantaré Su Alabanza y Gloria por el regalo de mis padres y mi gran familia, mis amigos y parientes, por el regalo de mis hermanas en la Congregación, por el regalo de mi fe, el regalo de nuestra Amada Congregación de las Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia donde se nutre mi vida desde que ingresé en la congregación hasta esta etapa de “edad media”.

Es realmente hermoso mirar hacia atrás y ver una vida vivida llena de colores, de luces y sombras, altibajos, subidas y bajadas pero en su conjunto poder contemplar una hermosa obra de Dios en mí, a través de su constante Amor, Misericordia y Providencia. Con María, nuestra madre, canto el Magnificat en cada celebración vespertina con mi comunidad y los fieles que se unen a nuestra misión.

Como Hermana Terciaria Capuchina de la Sagrada Familia, comprendí, desde el primer contacto con nuestras primeras Hermanas misioneras en Filipinas, que ser Hermana Terciaria Capuchina es ser misionera fuera de mi país. Del testimonio de vida de nuestras Hermanas, aprendí que ser misionera es compartir el día a día más ordinario en espíritu de oración, vida comunitaria y en el servicio específico de la congregación. Ofrecer nuestro servicio a la gente según nuestra espiritualidad franciscano-amigoniana. Aunque debemos entender que la vida misionera debe ser vivida donde quiera que estemos ya sea dentro o fuera de nuestro país de origen.

Brevemente, mi itinerario de vida en Tanzania comenzó el 1 de enero de 1998 hasta el presente, 2022 con dos años de pausa 2010-2011 para estudios superiores y todavía, hasta el momento, aquí sigo en el servicio a la misión. Durante toda mi estancia en Tanzania he servido y sirvo actualmente en el campo de la Educación. ¿Cómo es mi experiencia? ¡Yo digo que es estupenda y maravillosa! Vivida con alegría, con todas mis imperfecciones, contratiempos, fracasos y éxitos.

Tanzania es ahora mi segundo país de origen. Al igual que otros países, Tanzania tiene su propia riqueza y especial cultura. La expresión de la fe católica, específicamente en la liturgia, es vibrante y pausada, sin contar el tiempo. Ellos tienen un sentido muy profundo de solidaridad. Son un pueblo con familia extendida en el sentido literal. Celebran y lloran con un espíritu de unidad, marcado por un serio programa ceremonial. Son gente alegre, hospitalaria, cariñosa y buena. Tanzania es geográficamente hermosa, rica en parques naturales y sobre todo conocida por su famosa y majestuosa montaña del Kilimanjaro. Los niños y los jóvenes son respetuosos y, en general, se caracterizan por su gran resistencia a la hora de enfrentar los retos comunes de su vida. Esta es la breve descripción que puedo compartir e invito a mis hermanas a venir y ver la belleza de Tanzania… Agradezco y amo Tanzania por haberme enseñado tantas cosas y de muchas maneras.

Como religiosa que sirve en el campo de la educación, el mensaje central de todo mi esfuerzo, grande o pequeño, ha sido y es, simplemente compartir el mensaje liberador del Evangelio de Jesús en las actividades ordinarias y rutinarias de una vida religiosa. Traduzco este mensaje liberador del Evangelio, en primer lugar, reconociendo, al principio de cada día en la oración, que el nuevo día es un don de Dios y que, nada bueno puede salir de ese don sino con su Gracia. La vida de oración

está por encima de todo porque es ahí donde saco mi fuerza e inspiración para salir al encuentro de la gente, de los alumnos y del personal de la escuela; de los padres y de los vecinos para poder servirles. En segundo lugar, trato de estar en unión con mi comunidad en todas sus actividades cotidianas, oraciones, comidas, recreación y trabajo y trato en lo posible de estar en comunicación y diálogo con mis hermanas de la comunidad y las personas a las que sirvo y con quienes trabajo. Doy testimonio de que caminando junto a mis hermanas de la congregación es un hermoso regalo para atesorar en el corazón con todos sus desafíos y dificultades. Y en tercer lugar, el servicio sin reservas es lo que da sentido a mis oraciones y a la convivencia con mi comunidad. Porque sin llegar a la gente que necesita mi tiempo y mis talentos todo carece de sentido. En resumen, esas son mis maneras de vivir una vida feliz y contenta como Hermana Terciaria Capuchina de la Sagrada Familia.

Este año 2022, se cumplen 24 años de mi vida, fuera de mi país natal. Tal vez no he hecho grandes cosas pero lo importante es la totalidad de mi entrega y el seguimiento de Nuestro Señor Jesús en la Vida Religiosa y con eso me siento verdaderamente feliz y siento que estos 24 años han pasado como un ayer. ¡ALABO Y GLORIFICO A JESUS NUESTRO DIOS AMOROSO Y SALVADOR!

Hna. Nida Galera, TC

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Una historia regalada: Testimonio y fuerza profética

Las bienaventuranzas son, sin lugar a dudas, la síntesis más perfecta del Evangelio y la expresión más lograda de su escala de valores. En ellas está contenida, y expresada con la profundidad propia de la poesía, la verdad que Cristo vino a revelar al mundo. Una verdad que libera profundamente al hombre. Una verdad que madura a la persona en su humanidad. Una verdad que es, en definitiva, el amor

Sólo quien aprende a amar madura integralmente. Hecho el hombre a imagen y semejanza de un Dios que es Amor, es el amor, la única base sobre la que puede cimentarse y construirse una equilibrada y feliz personalidad. Pero la lección del amor es difícil de aprender. El egoísmo, raíz de toda equivocación vital, tiende a revestir con el manto de la entrega y de la apertura a los otros, lo que a veces es solamente provecho personal o posesión y dominio de los demás por eso, las bienaventuranzas, al transmitir el mensaje de una verdad fundada en el amor, se van deteniendo en los matices que hacen del amor, una verdad. Y vienen a decirnos que el amor es tal si está entretejido de donación del propio ser y tener, de servicio a los demás, de fortaleza para morir a lo propio y crear comunidad con los otros, de justicia según el plan original de Dios sobre el hombre y la sociedad, entrega preferencial por los más necesitados, de generosidad y limpieza de intenciones y de una gran paz interior y exterior. Este mensaje de la verdad como amor y del amor de verdad es, sin embargo, profético por su propia naturaleza y crea divisiones y luchas tanto más fuertes y violentas, cuanto más fundada está una sociedad en consumismos, en ansias de poder, en injusticias legalizadas o en otras múltiples formas de egoísmos personales e, incluso, estructurales. La libertad siempre tiene un precio. Y el precio a pagar por la libertad evangélica, por la verdad y justicia sobre el hombre y la sociedad, es la persecución. La octava bienaventuranza, compendio y conclusión de las otras siete, es muy clara: Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos, bienaventurados seréis cuando los injurien, los persigan y con mentira toda dase de mal contra ustedes por mi causa. Allí donde la Iglesia es coherente con su mensaje es rechazada o perseguida. Y es tanto más rechazada o perseguida cuanto mayor es su coherencia. Las formas de persecución son, no obstante, muchas y variadas. Hay persecuciones más solapadas, y no por ello menos dañinas, que intentan ganarse el silencio de la Iglesia con ofertas y prebendas. Los que así actúan saben que más les vale una Iglesia pervertida que perseguida. Hay otras, realizadas con guante de seda, que no martirizan a la Iglesia, pero la amordazan y arrinconan en las sacristías. Y hay otras, como la sufrida en España durante la guerra civil, que son verdaderamente sangrientas. Estos diversos tipos de persecución signo permanente del anuncio del Reino acompañan a la Iglesia en su diario peregrinar por el mundo. Y la Congregación de Terciarias Capuchinas de la Iglesia y ciudadana en muy diversas culturas y naciones ha experimentado también en distintas épocas y países el riesgo de anunciar a Cristo y de colaborar en las construcción civilización del amor: Lo sucedido en España en 1936 es para las Terciarias Capuchinas una expresión muy importante de su fuerza profética, pero no la única ni, por supuesto, la última. China una aventura misionera.

No pasaron muchos años, y el propio Padre Fundador abrió de par en par esta puerta a sus hijas. El Señor le mandó un signo y él, hombre de fe, supo interpretarlo al momento. En 1903, sin nadie saber nada, llegó a Masamagrell una joven colombiana de buena posición que había tenido que escapar de casa para la llamada del Señor en la de Terciarias Capuchinas. Este hecho, unido a la petición que los capuchinos de la Guajira venían haciendo a las hermanas para que fuesen allí, fue suficiente para que la Congregación, animada por su Fundador, se decidiera a recorrer los caminos del mundo, anunciando a Cristo donde aún no era conocido. Y en 1905 salieron hacia Colombia las primeras misioneras. Años después, le tocó el turno a Venezuela. Y en 1929 iniciaban las Terciarias Capuchinas su apertura misionera a China. Las circunstancias de este nuevo viaje le conferían los tintes propios de una verdadera aventura. Las hermanas, escogidas entre las voluntarias, eran, como quería el P. Amigó, «sanas y robustas de cuerpo, constantes y fuertes en la fe» tenían un gran espíritu de amor, abnegación y sacrificio, pero se dirigían a un país del que desconocían la idiosincrasia, la cultura y el idioma. El 3 de noviembre de 1929 salen de Masamagrell las primeras elegidas. Se dirigen a la misión más pobre de China situada en la provincia de Kansú, la más extensa y occidental del país. Como hacían los misioneros de entonces, se despiden con un «hasta el cielo». El P. Amigó, anciano ya, no pudo contener las lágrimas. Sabía que no las volvería a ver. En los cinco años que aún vivió siempre tuvo para sus «chinitas» un cariño especial. Y cuando estando ya para morir recibe noticias de ellas, encuentra aún las fuerzas suficientes para aplaudir con debilidad y entusiasmo a la vez.

El 27 de enero de 1949, las últimas misioneras Terciarias Capuchinas en China fueron obligadas a abandonar el país. Su corazón, sin embargo, quedaba para siempre en aquel campo de evangelización, testigo de tantos trabajos, y alegrías no llegaron a derramar su sangre por Cristo, pero sufrieron en carne propia las consecuencias de una persecución desatada una vez más contra la fe cristiana.

Y este desafiar los peligros y dificultades, vivido con radicalidad por las hermanas durante el cólera de 1885, durante la guerra española de 1936, o durante la aventura misionera en China, ha continuado aflorando después cuando la gravedad de las circunstancias ha requerido un testimonio extremado de amor. El caso de Armero (Colombia) es una buena prueba de ello. Armero, fundado en el Departamento del Tolima el año 1895. Las Terciarias Capuchinas eran vecinas del pueblo desde 1956 cuando el obispo de Ibagué las invitó a establecerse allí con la única condición de que fueran santas. En 1985, el Colegio de la Sagrada Familia había alcanzado ya su verdadera madurez. Sin aumentar excesivamente el número de alumnos, sin perder el aire familiar que lo caracterizó desde sus inicios, había ido extendiendo su acción educativa y evangelizadora más allá de sus aulas, adentrándose en el ambiente familiar de sus alumnos e insertándose en la pastoral de conjunto de la Parroquia Las hermanas que regentaban el Colegio habían recibido ese año 1985 con una alegría especial. Se cumplía el primer centenario de la fundación de la Congregación. Las gentes de Armero, como tantas otras de la geografía mundial, se disponían a unirse gozosas a la celebración jubilar de sus queridas hermanas. Pero a poco de comenzar el año, negros presagios empezaron a cernirse sobre la población. El Nevado del Ruiz, el león dormido por mucho tiempo, empezó a dar señales de querer despertar de su letargo. Y Armero, como otros pueblos del contorno, empezó a vivir una larga pesadilla. Cuando en el mes de abril, la Superiora Provincial visitó a las hermanas, la situación era ya muy preocupante, el volcán arrojaba continuamente ceniza que cubría las casas y las calles del pueblo con un manto lúgubre y que obligaba a los habitantes a protegerse con pañuelos en la boca al salir al exterior. La Provincial, viendo el peligro que corrían las hermanas les pregunto:  ¿Saben que están en peligro de muerte que piensan hacer?

La comunidad, compuesta por las hermanas Bertalina Marín Arboleda, Julia Alba Saldarriaga Ángel, Emma Jaramillo Zuluaga, Marleny Gómez Montoya y Nora Engrith Ramírez Salazar (novicia), respondió unánime moriremos con el pueblo… Y si quedamos vivas, acogeremos en nuestra casa a todos los que tengan problemas de vivienda… esta casa es muy grande. La hermana Provincial, no obstante, viendo muy desmejorada a la novicia, le dijo: Norita, cuando vayas a ir de vacaciones, tendrás que quedarte en Medellín, te veo muy pálida. Pero la joven insistió: Déjame terminar el año acá. Estoy contenta. Yo siento que el Señor me pide quedarme aquí. El 13 de noviembre, al anochecer, sobrevino la catástrofe. Las caudalosas aguas provenientes del repentino deshielo de las nieves perpetuas del volcán arrasaron el pueblo. Al día siguiente, la radio y la prensa daban así la noticia de la tragedia: Armero es una playa… Armero ha desaparecido. De Armero no ha quedado nada. Las casas están sepultadas… Miles y miles de personas han muerto bajo el lodo. Dos de las hermanas, la superiora Bertalina y la novicia Nora Engrith, quedaron sepultadas para siempre en el gran cementerio en que se convirtió Armero. Una tercera, Julia Alba, falleció a los trece días en Bogotá, víctima de las heridas y sufrimientos producidos por la avalancha. Como en 1885, año de la fundación la Congregación, también ahora, en la celebración del primer Centenario, tres hermanas sellaban con la sangre su testimonio de amor a Dios en los hermanos. Pero el caso de Armero, no es el último testimonio de amor hasta el extremo que nos ofrece la reciente historia de las Terciarias Capuchinas. No habían transcurrido todavía dos años desde aquella catástrofe, cuando la Congregación se tiñe de nuevo de rojo en la persona de la hermana Inés Arango Nacida en Medellín (Colombia. Su gran ideal, desde niña, fue el de ser misionera en África o en Asia. Hubiera querido partir hacia las misiones nada más profesar, pero en el reloj de Dios no había llegado aún su hora. Tendría que esperar veinte años y pasar su primera época de vida religiosa dedicada a la enseñanza en su país natal. En 1977 su sueño misionero se hizo, por fin, realidad. Las Terciarias Capuchinas habían aceptado una obra misionera en la selva de Aguarico (Ecuador) y la hermana Inés iba en el grupo de las fundadoras. Era el 9 de marzo de 1977. Su primer destino Shushufindí. Poco tiempo estuvo, en agosto del mismo año, Inés va como responsable de una misión en Rocafuerte, que será desde entonces para ella el centro referencial de toda su actividad misionera en las tribus indígenas de los alrededores. Aquí conoció al padre capuchino Alejandro Labaka, con quien se sintió identificada desde el primer momento y con quien le unió una profunda y sincera amistad. La preferencia de ambos fueron las minorías: los Sionas, los Secoyas, los Quichuas, los Shuaras y, particularmente, los Huaorani. Alejandro e Inés, en su ilusión de anunciar a Cristo, se exigen cada vez más. Son conscientes de que un verdadero anuncio del Evangelio debe respetar la cultura indígena asumiendo sus valores. Y para conocer esos valores es necesario insertarse plenamente de su vida. En 1985, la Hermana Inés pide y obtiene permiso para irse a vivir por un tiempo entre Huaorani. La experiencia fue muy positiva e Inés la repitió en otras ocasiones. Cada día su espíritu misionero es más fuerte y comprometido. Está viviendo una madurez espiritual que asombra a los que la conocen. En 1987 tuvo lugar en Bogotá el III Congreso Misional Latinoamericano. Terminado el Congreso, Inés regresa rápidamente a Rocafuerte, reconfortada por las palabras de ánimo y la bendición de la hermana General Elena Echavarren. Ha logrado el permiso y tiene ilusión por emprender cuanto antes un viaje hacia los Tagaeri, último reducto no explorado aún de los Huaorani. La víspera del viaje se despide así: Laura, me voy para los Tagaeri. Le pregunta Laura: ¿tienes miedo? ¿Y si te matan? -¡»ah!, tranquilas, muero feliz. -De verdad, Inés, ¿no te da miedo? No, porque si muero, muero como me lo pida el Señor. En su carta escribía si muero muero feliz y ojalá nadie sepa nada de mí no busco nombre ni fama Dios lo sabe…Siempre con todos, Inés.

Sin duda, dentro de la historia martirial la mejor corona para Rosario, Serafina y Francisca, nuestras beatas mártires es y será, sin lugar a duda, el sentirse y verse rodeadas por las hermanas que en Masamagrell y Benaguacil les precedieron en 1885 con su testimonio de amor y por aquellas otras que, posteriormente, en China,  Armero y Aguarico han contribuido a hacer la historia de las Terciarias Capuchinas un poema de fortaleza y de ternura, haciendo vida el lema de: Amor abnegación y sacrificio.

Hna. Sylvia Yolanda Muñoz Muñoz, tc

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Carta inédita sobre la muerte de nuestro Padre Luis

Una “joya-“…Esto tenía yo en mi “baúl” y por esas “inspiraciones de Dios” tuve la idea de descorrer su velo, para darle luz, darle alas, darle vida. Tantos años conmigo, en mi libro “Liturgia de las Horas”, como un “papelito” con dobleces llenos de tiempo y de marcas, con caracteres de impresión deteriorados al máximo por el correr oculto de años silenciosos. De una fragilidad impresionante pero dócil a la caricia, a una lectura descifrada hasta con lupa para desentrañar la ternura cobijada en el corazón y los dedos de una Hermana lejana en nuestra historia actual, pero viva en cada una de sus expresiones, narrando con infinito afecto, los últimos momentos de la preciosa vida de nuestro Padre Fundador. Un testimonio profundamente revelador para estas fechas de tan grata memoria.

Una fecha inexplorada: “7 de octubre de 1934”… Todavía el eco de las campanas y el olor a cirios consumidos en un silencio reverente, dejan sentir su presencia como apretando entre sus lloros el corazón de un hombre con perfume del amor de Dios. El Padre descansa en su tumba y estrena la “felicidad eterna”. En las almas no hay recuerdos, hay vivencias, experiencias de abrazos paternales, de palabras plenas de deseos e ilusiones sobre el futuro de su familia, engendrada en la plenitud de sus años y fuerzas juveniles. Novicios y novicias…promesas de futuro tras las huellas del “aquel de Asís” están en el centro de su espíritu y en sus consejos visionarios del tiempo y de la historia.

Y allí, en Masamagrell, en la Casa que tanto quiso, en la Capilla que él mismo se inventó, está depositado su cuerpo. Y de esta presencia silenciosa, de este “hombre de la voluntad de Dios” surge una realidad que cautiva y estimula a la fidelidad, a la autenticidad, a la prontitud frente a los llamados del mundo, de la “casa común” y de la Iglesia, enarbolando la bandera del carisma compasivo y redentor. Masamagrell, ALFA Y OMEGA del Padre, principio de su vida y reposo final de su existencia corporal.

La fidelidad de quien escribe obedeciendo un mandato paterno. “Ante todo reciba una bendición especial suya, así me lo encargó con paternal amor e interés se lo escribiera de su parte, lo que cumplo hoy con mucho gusto”.

Nos disponemos a “leer” un sublime testamento de amor de nuestro Padre Fundador por sus Religiosas de América. Quisiera publicarla a los cuatro vientos de nuestra geografía y de rodillas, orar, agradecer, compartir el eco filial de lágrimas inquietas, suspiros silenciosos, voces cautelosas, miradas fraternas, abrazos de dolor y fortaleza, augurios de esperanza, fe y amor en nuestro devenir, promesa de supervivencia en el corazón de Dios, de María y del mundo que nos llama a una entrega total por el Evangelio.

Masamagrell, octubre 7 de 1934

Rvma. Madre Comisaria Capitular

Yarumal

Carísima e inolvidable Madre Purificación: El Señor nos dé su paz.

Con el corazón desgarrado por la pena y amargura en que nos ha dejado sumidas la desaparición de nuestro amantísimo y venerado Padre Fundador (q.e.p.d.), le dirijo estas líneas para comunicarle algo de lo que en sus últimos días tuvimos ocasión de recoger de sus benditos labios.  Ante todo reciba una bendición especial suya, así me lo encargó con paternal amor e interés se lo escribiera de su parte, lo que cumplo hoy con mucho gusto.

Él, presintiendo su muerte, no omitió detalles en todos los momentos de la última temporada que estuvo entre nosotras. Pues tuvimos la dicha de tenerlo en esta santa casa desde el 20 de agosto hasta el día 6 de septiembre que fue a Valencia para bendecir el enlace matrimonial de su sobrino Luis Boada Amigó y ese mismo día se lo llevaron nuestros Padres y Hermanos Terciarios Capuchinos a su Convento de Godella por ver si allí se aliviaba por el cambio de aires, pero todo fue inútil: allí falleció,  tocándole a la Rvda. Madre Rosario de Soano y Rvda. Madre Cruz de Beniarjó la incomparable dicha de recoger su último suspiro por haberles tocado a ellas el velarlo aquella noche.  Murió a la una de la madrugada del 1° de octubre teniendo la suerte el R. P. Lauriano de Burriana, Terciario y Superior de la Casa de Godella, de darle la última absolución. 

 

En vano se esforzaban los señores médicos por combatir el mal que minaba tan preciosa vida y por tanto se veían obligados a exclamar: “El Señor Obispo se muere sin enfermedad”.  Y, como se explica esto? Ah!…es que su mal era más íntimo.  La pena moral que devoraba su corazón era muy grande!… y de ahí que iba extinguiéndose con lentitud, orando y sufriendo en silencio ese mal que nos lo ha arrebatado: su Diócesis, sus pobres Sacerdotes necesitados… todo esto lo apenaba pero lo sufría con la resignación de un santo!… Así lo veneran todos, como a un verdadero Siervo de Dios.  Su corazón estaba devorado por la amargura al ver a su Diócesis en la extrema miseria: sus Sacerdotes sin pan y sin hogar casi.  Los suspiros que ahogaban su pecho en sus últimos días eran continuos.  El llanto de sus ojos era también casi continuo.  En fin… que ha sido una víctima de las circunstancias que lamentamos durante tres años.  Últimamente llegó a no apetecer nada.  Estuvo cinco días sin tomar ni agua, solo humedeciéndole con ella los labios.

El Viático lo recibió sentadito en un sillón, con la serenidad y agradecimiento de un santo, el día de la Virgen de las Mercedes y de manos del Señor Obispo Lauzurica, Auxiliar del Arzobispo de Valencia, a quien le ha recomendado sus dos Congregaciones. Sus días de enfermedad fueron de grande edificación a todos cuantos le visitaban.  Qué agradecimiento manifestaba, cómo pedía perdón y qué paz se vislumbraba en tan buen Padre. Murió como mueren los santos: perdonando y bendiciendo a todos.

 

Dos días antes de morir hizo llamar a su presencia, a la una de la madrugada, a todos los Novicios y Profesos para bendecirlos por última vez y darles sus últimos consejos.  Aquí también, durante los días que estuvo. Se fue, dos o tres veces, al Noviciado a dar a las novicias exhortaciones que no olvidarán jamás.  También a nosotras, las Profesas nos hablaba, en los recreos, de la vida de nuestro Seráfico Padre San Francisco, animándonos a tener mucha confianza en la Divina Providencia ya que Dios había prometido al Pobrecillo de Asís que si dos panes solos hubiera en el mundo, uno sería para sus hijos. Nos exhortaba a la guarda de la Santa Regla y Constituciones así como a que procuráramos conservar el espíritu de humildad y pobreza franciscanas en que tanto deseó él siempre se cimentara nuestra amada Congregación.

Roguémosle, pues, amada Madre Comisaria, nos continúe bendiciendo desde el cielo y proteja su obra derramando gracias sobre sus dos amadas congregaciones para que perduren en el corazón de sus hijos e hijas las virtudes que él tanto nos predicó siempre con su ejemplo: mansedumbre, humildad y agradecimiento a Dios y a todos cuantos nos favorecen de obra o de palabra.

 El día 2 hicieron los Funerales en la Comunidad de Godella y por la tarde fue el traslado de su venerado cuerpo hacia la Parroquia de Masamagrell.  No le puedo explicar cuánto fue la asistencia, la veneración y el orden que hubo… Bien se ha visto cuánto lo querían!…El 3 fueron en la Parroquia oficiando el Señor Arzobispo de Valencia, con asistencia del Cabildo de Segorbe y otras dignas autoridades.  A continuación condujeron el cadáver a nuestra Capilla y en el día señalado, de N. P. San Francisco fueron los funerales y sepultura.  Todo ha resultado ordenado y devoto como él era.

Su memoria será reconocida por todos en general en este pueblo donde el Señor Alcalde y Miembros del Ayuntamiento como todas las demás personas y Clero de los pueblos vecinos han acudido a Godella como a esta santa casa a tributarle el homenaje último de su veneración y aprecio.

Descanse en paz el amado Padre cuya memoria será bendecida siempre por sus hijos.

La Reverendísima Madre General la bendice y por su conducto a todas sus amadas hijas colombianas.

Afectísima y apenada Hermana en el Seráfico Padre que se encomienda a sus oraciones.

Su Hermana Josefa de Dabajuro

Después de enumerar Hermanas tan significativas, qué papel juego yo?…Simplemente un medio para darle vuelo a unas alas dispuestas a un viaje planetario y celestial desde aquel 7 de octubre de 1934; para “sacar de mi baúl”, vivencias, experiencias, recuerdos, existencias cada vez más fascinantes, para reconocer en los anaqueles de nuestra historia la riqueza espiritual que subyace, en el silencio orante de una tumba, puro sagrario, donde está la génesis de nuestro ser de Terciarias Capuchinas, de Terciarios Capuchinos, de Familia Amigoniana

Con sentimientos fraternos

Hna. Dora Arboleda Hoyos t.c

Provincia “Nuestra Señora de la Divina Providencia”

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Un icono que habla

Encuentro de Francisco con el Crucifijo de San Damián

Introducción

El icono del crucifijo de san Damián ha tenido gran difusión en la piedad católica, en cualquier almacén o litografía es fácil conseguirlo, seguramente su formato y colorido lo hacen especialmente atractivo, simplemente desde intereses piadosos o estéticos, de repente lo encuentras en la oficina de un gerente de un banco o en la sala de espera de un consultorio médico.

Quiero compartir con ustedes una corta reflexión sobre el encuentro de San Francisco con el Cristo de San Damián en los albores de nuestra caminada espiritual, reflexión que he tenido el atrevimiento de poner el título de “Un icono que habla”.

Los estudiosos del icono de San Damián ubican su origen en los siglos X u XI, muy seguramente pintado por algún monje que vivía en la región de la Umbría. Elaborar un icono requiere de un infinito sentido de contemplación, oración y mística sobre la figura que se ha de pintar.

Un icono está pintado esencialmente para ser contemplado, en este de San Damián, lo primero que salta a la vista es la figura de un Cristo crucificado y al mismo tiempo resucitado, con unos enormes ojos abiertos y gran luminosidad en los colores de los personales que lo acompañan; colores que contrastan con el fondo negro que en la iconografía de la época significa muerte, rojo que indica la divinidad, dorado que representa la eternidad, azul y verde que hacen referencia al mundo y al transcurrir de la historia humana.

Este encuentro de Francisco con un icono que le habla al corazón desde una iglesia cuyo techo se viene abajo, es un acontecimiento fundante del carisma franciscano. Antes ya había tenido dos importantes encuentros, consigo mismo en la enfermedad y la soledad y con el leproso, fuera de las murallas de la ciudad, en el camino.

El orden de los encuentros refleja la evidente centralidad del ser humano en la espiritualidad franciscana situado en contextos de marginación. A propósito de los encuentros cabe anotar la importancia que tiene el tema en el magisterio del Papa Francisco cuando habla de la cultura del encuentro.

Desde la Laudato Si´ y la Fratelli Tutti no cabe la menor duda, según lo expone el Papa que todo está relacionado y que todos somos hermanos y hermanas en esta maravillosa peregrinación que es la vida, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas, amor que une con tierno afecto, al hermano sol, a la

hermana luna, al hermano río y a la madre tierra» (LS, 92). Además con la certeza de que no es posible acentuar un encuentro descuidando o ignorando otro, o lo que sería peor, bloqueándolo, creando una fractura interna que puede llevar a la muerte.

Es evidente en la espiritualidad franciscana la relación entre encuentro, reparación y cuidado, tres temas que reflejan un sentido materno que pone tareas solo realizables desde una verdadera conversión integral, ecológica y pastoral.

Para vivir la vocación franciscana, además de una conversión holística se debe caminar hacia una renovación de sentidos de comprensión, hacia una nueva comprensión de las relaciones en clave de vida de apertura y disponibilidad de corazón, de mente, una apertura que lleve más allá de los estrechos muros institucionales, de la auto referencialidad que empobrece e inmoviliza.

Con urgencia se ha de volver al Jesús del evangelio, al de Emaús, al de los pescadores del puerto, al de la las bodas de Caná, al amigo de los de Betania. Al Jesús orante del desierto, tentado por satanás, al Jesús que llora su amigo muerto, que cura a la mujer enferma. Para que se dé un verdadero encuentro con Jesús de Nazareth se debe hacer el camino que emprendieron Clara, Francisco, Antonio, Buenaventura, Fray Luis Amigó y muchos, muchos otros hombres y mujeres que se atrevieron a dejarlo todo para abrirse al mundo de manera tal que la Cultura del encuentro sea posible.

Solo así se reparará la casa que amenaza ruinas, la casa común, golpeada por el calentamiento global, por la pobreza y la guerra. Es necesario que se conozca y se asuma la identidad franciscana de veras, desde las iniciativas que impulsan la Familias Franciscanas de cada país, las Comisiones de Justicia Paz e Integridad con la Creación JPIC, las redes de Migrantes y de defensores y defensoras de derechos humanos de mujeres, niños y niñas, poblaciones LGBTIQ+, Comunidades ancestrales. Atreverse a tejer con otros, abriendo las instituciones a quienes deseen ser artífices de paz con justicia y dignidad.

Es necesario como lo dice incansablemente el Papa Francisco asumir el deber que como cristianos tenemos de involucrarnos en la política porque ella es una de las formas más altas del amor ya que busca el bien común, Clara y Francisco tenían conciencia de ser ciudadanos y trabajaron por una convivencia en paz y justicia. De esta manera es importante que como franciscanos hagamos sinergia en Naciones Unidas desde la oficina de Franciscans International que hace visible a la comunidad internacional el estado de ruina o de reparación de la casa.

Que sigamos construyendo, animando la “Bendita pertenencia común” que nos hace hermanos y hermanas, dice el Papa Francisco en la FT: “La fraternidad y la amistad social se expresan a través de actos de benevolencia, con formas de ayuda y acciones generosas en tiempos de necesidad. Un afecto desinteresado hacia otros seres humanos, sin importar la diferencia y la pertenencia”.

Juan Rendón Herrera OFM

Fuente: http://www.pasionensalamanca.com/
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Artículos XXIII Capitulo general

Defensa de la vida

Estaba yo un día entreteniéndome con el teléfono móvil ojeando una revista, cuando este artículo llamó mi atención ¿Cuál es el ruido más insoportable del mundo? Cliqué en el link pensando ya en algunos ruidos que me resultan molestos y me encontré con la sorpresa de que “según un estudio científico, el ruido más insoportable del mundo es el llanto de un niño de entre dos años y medio y cuatro años, e inquieta por igual a hombres o mujeres, célibes o casados, adultos o niños” (cf. Rosemarie Sokol Chang y Nicholas Thompson, psicólogos).

Haciendo mi propia relectura me alegré de que, como especie, nos preocupe e inquiete el llanto de un niño, de tener este instinto de protección que nos llama a calmar o satisfacer sus necesidades, formando parte de la gran familia de la humanidad donde todos, de distinta raza, lengua pueblo o nación, tenemos el instinto de cuidar la vida formando esto parte del regalo de Dios Padre que nos ha creado a su imagen y semejanza (cf Gn 1,27).

Y en este tiempo, en que de manera perversa acechan las tinieblas y sombras de muerte en la guerra, la violencia gratuita, el tráfico de personas, las dictaduras políticas, económicas, energéticas y consumistas que junto al cambio climático y la insolidaridad hacen que una de cada nueve personas en el mundo sufra hambre (ONU), es Dios mismo quien sale a nuestro encuentro, quien toma la iniciativa, suscitando en el corazón de cada persona actitudes que generan vida. El Padre ve la aflicción de su pueblo, el clamor que le arrancan sus opresores y conoce sus angustias y nos dice a cada uno de nosotros: “Ve, pues; yo te envío para que saques de la opresión a mi pueblo. Yo estaré contigo” (cf. Gn 3, 7 ss.).

De manera sencilla y profunda, el Papa Francisco con su testimonio misericordioso   afirma que la vida, regalo de Dios, es un don que debe ser defendido y protegido siempre: “Los hombres y las mujeres de oración custodian las verdades fundamentales: repiten a todos que esta vida, a pesar de sus fatigas, sus pruebas y sus días difíciles, está llena de una gracia que maravilla. Y como tal, debe ser defendida y protegida siempre” (cf. Papa Francisco (@Pontifex es) / Twitter).

A cada uno de nosotros nos toca acoger o rechazar esta misión, cultivando la mirada con corazón agradecido, para ver con los ojos de Jesús los pequeños y grandes gestos de tantas personas que a nuestro alrededor cuidan y generan vida. Dejándonos tocar y cuestionar por su testimonio como padres y madres de familia, hijos e hijas, profesionales de la salud, de la educación, de servicios sociales y públicos, empresarios… cada uno de nosotros unidos al que es la fuente de Vida eterna, alimentarla dejando que fluya a mi alrededor con actitudes de servicio, cuidado, bondad, respeto, interés, escucha, alegría, generosidad y perdón.

Bien sabemos que es una gota de agua en un océano inmenso, insignificante en su individualidad, pero necesaria “pues éste es el tiempo favorable, éste el día de la salvación” (cf. 2 Cor 6, 2).

Hna. Eva María Salvador Aspas, Tc

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Escuela amigoniana: “Ve más allá”

La escuela de Amigó, hunde sus raíces en el Evangelio de Jesús, Buena Noticia, que vino preferencialmente para los últimos de la fila, excluidos, puestos a la vera del camino, o como Jesús mismo lo expresa: “Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo…” (cf. Mt 25, 31-46).

Sería atrevido afirmar la originalidad de una propuesta que comienza a construirse a finales del siglo XIX, sin tener en cuenta lo ocurrido en 19 siglos anteriores, y que fue haciéndose en diferentes personas, corrientes y acontecimientos de la historia; una Escuela que nace entre personas consagradas, necesario es admitirlo, cuyo bagaje es la espiritualidad cristiana, porque de ella nace, y concebida en la disciplina de la ascética que regula, da forma, corrige y morigera, para hacer camino hacia la perfección de la mística, como el sueño de la felicidad como el querer de Dios para hombres y mujeres, en especial, para los pequeños del mundo, concebidos en nuestra época como vulnerados, excluidos, víctimas, a quienes les han quitado sus derechos y hasta su voz.

El sueño de la Escuela Amigoniana, toma forma en la vida de un hombre privilegiado de la historia, quien después de vivir en el seno de su familia el dolor materno, unido a las angustias económicas del padre, en la dimensión humano cristiana que bebió en su primer hogar, y luego en la Escuela Franciscana de los frailes Capuchinos, supo levantar vuelo para escuchar a Dios en su proyecto vital y en el proyecto que, concebido en su corazón, involucraba hombres y mujeres consagrados, quienes realizarían la propuesta evangélica, contenida en el mandato testamentario amigoniano: “…Vosotros, mis amados hijos e hijas, a quienes Él ha constituido zagales de su rebaño, sois los que habéis de ir en pos de la oveja descarriada, hasta devolverla al aprisco del Buen Pastor…” (OCLA 1831).

Cuando Luis Amigó, movido por el Espíritu, funda sus dos congregaciones de Terciarias y Terciarios, sueño que albergó su corazón infantil (Cfr. Autobiografía 8-9) al vivir en su hogar y en la sociedad, necesidades sentidas (Cfr. Autobiografía 6-7) fue el mismo Señor quien lo condujo, para que, en la misión carismática que a ellas lega, deje entrever los sentimientos compasivos experimentados en su familia: “dedicándose con toda solicitud y desvelo al socorro de las necesidades espirituales y corporales de sus prójimos…” (Cfr. OCLA 2293) y “estar más dispuestos a servirles en los ministerios a que en especial se consagra esta congregación como son: la instrucción de adultos y párvulos en las Ciencias y Artes; el servicio de los enfermos, en especial a domicilio, y el régimen y dirección de las cárceles y presidios” (Cfr. OCLA 2361).

La Escuela Amigoniana podría tener como inicio el año 1885, cuando el Padre Luis Amigó, en plena epidemia del cólera, dice en su Autobiografía: “En tan aflictiva situación, y considerando yo lo mucho que debía agradar al Señor el progreso siempre creciente de la Tercera Orden, aumentada hacía poco con la Fundación de la Congregación de Religiosas Terciarias Capuchinas, ofrecí al Señor, para aplacar su justicia y que cesase la epidemia del cólera, redoblar mis esfuerzos y trabajos para dilatar más y más la Venerable Orden Tercera de Penitencia; y al momento, pasó por mi mente, y se me fijó la idea (no sé sí por inspiración divina) de completar la obra con la fundación de una Congregación de Religiosos Terciarios Capuchinos, que se dedicasen a los penados y al cuidado y moralización de los presos” (Cfr. OCLA 83).

“Recién fundada la Congregación de Terciarios, el Obispo de Madrid, pide al Padre Fundador para que sus religiosos se encarguen de la dirección de la Escuela de Reforma Santa Rita, en Madrid, España, de la que tomaron posesión, al final de octubre de 1890… esta casa, ha sido siempre la más importante fundación de la Congregación” (Cfr. OCLA 133).

Santa Rita, escuela para díscolos de la época, unos religiosos inexpertos pero con el corazón lleno de sueños morigerados por la disciplina conventual, son lugar privilegiado para el nacimiento de la Escuela Amigoniana, con un proyecto educativo y pedagógico en donde los nombres de los grupos y las actividades realizadas con los chicos, sintieron la mano y el sueño del amado Fundador y sus primeros religiosos, entre ellos, mérito especial al Beato Domingo María de Alboraya, mártir de la Guerra Civil española de 1936.

La Escuela del aprendizaje-error, tuvo cabida en la capacidad de entrega de los religiosos, adobada con su inexperiencia pedagógica, mezcla del abandono en las manos de Dios y del ejercicio de la férrea disciplina exigida para convertirse en hombres nuevos, como respuesta al llamado del Dios que palpitaba en ellos. Lentamente, con la seguridad de la confianza en Dios, el ejercicio educativo de buena voluntad, la superación personal, la credibilidad en el ser y actuar, que es de Dios, fue naciendo una metodología inicial – un camino – el de la Escuela Amigoniana, construido en las bases iniciales de la ascética y la mística cristiana que hoy, como lo describe la experta pluma del P. Juan Antonio Vives, podría definirse como el sentimiento pedagógico, que confiere un sello de identidad a la acción amigoniana y que gira en torno a estos valores esenciales:

  • “Creer ciegamente en la bondad natural de toda persona, y en consecuencia, esperar contra toda esperanza.
  • El horizonte de la realización personal es la felicidad ligada a la libertad.
  • Conocer a la persona vía el corazón y educar desde la afectuosa cercanía y la cordial dedicación.
  • Querer a cada persona en su individualidad, extremando esta compasión con los desfavorecidos, según la misericordia evangélica.
  • Crear en los grupos educativos ambiente de familia, donde el educador desempeña el rol de padre/madre y hermano mayor.
  • Ser fuerte para mantenerse fiel en la determinación de ser educador.
  • Ser vitalmente consecuente con lo que se transmite, adquiriendo así credibilidad” (Cfr. Historia de la Pedagogía Amigoniana, Juan Antonio Vives, pág. XXXIII).

Fray Marino Martínez Pérez, TC